Accidente

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Catón (Armando Fuentes Aguirre)

El señor y su esposa recibieron una carta de su hijo, que estaba estudiando en los Estados Unidos.

“Queridos papás:

Seguramente están ustedes preocupados porque desde hace un mes no les escribo ni llamo por teléfono. Quiero que sepan que tuve un accidente. Pero no se inquieten, pues ya estoy bien e la caída que sufrí: con la operación, cerró la fractura del cráneo; soldaron las seis costillas, las cuatro vértebras, las dos clavículas y el fémur, y el pulmón perforado ya está bien.

Se preguntarán ustedes cómo fue esa caída. Tuve que arrojarme desde el segundo piso del hospital en donde me internaron para tratarme de la adicción a la cocaína, vicio que desgraciadamente adquirí en la universidad. El hospital se incendió; fui yo quien le prendió fuego en un arrebato de locura maníaco-depresiva que padezco. Quedó destruido el hospital, y hubo algunos muertos. Si no demuestro que estoy loco seré condenado a prisión perpetua.

Tampoco por eso se preocupen, pues aunque vaya a la cárcel no estaré solo: me acabo de casar con una mujer que  me ama y a la que amo. El hecho de que sea bastante mayor que yo -es la edad de ustedes- no impidió que me enamorara de ella. Es una interna a la que conocí en el hospital, pues también ella es drogadicta, y decidimos unir nuestras vidas cuando supimos que me había transmitido el sida que desde hace varios años le fue contagiado.

Nuestro matrimonio alegró mucho a los seis hijos que ella tiene. Aunque todos son de padres diferentes, y de distintas razas, los chicos son muy unidos entre sí: incluso han formado una banda de asaltantes. Estoy seguro de que hallarán en ustedes a unos abuelitos cariñosos. Digo, eso porque pensamos volver a México: ese será un buen modo de librarme de la justicia americana, y también de la mafia, que me busca para matarme por ciertas deudas de juego.

En el momento en que escribo esta carta dos de sus asesinos a sueldo están acechándome en la esquina. Pero, como les digo, no se preocupen: cuando llegue la hora de escapar ya sabré yo librarme de ellos y de la policía. Mándenme por favor cien mil dólares que necesito para pagar mi fianza y las de los niños, que están ahora detenidos por haber matado a una viejita para robarle el bolso. No habrá problema para acomodarnos: la cochera sería para ustedes dos; ahí gozarían de privacidad, pues no los molestaríamos para nada.

Únicamente, mamá, te pediré que nos hagas de comer todos los días -¡guisas tan sabroso, mmm!- y que te encargues del aseo de la casa y de lavar y planchar nuestra ropita.

Por tu parte, papá, sólo tendrás que mantenernos un par de años mientras los muchachos se organizan. Les he dicho que allá podrán dedicarse a asaltar bancos. Desde luego para eso necesitamos tu automóvil, pero será cuando mucho una vez a la semana. Por lo demás, vuelvo a decirles, no se preocupen. Estoy bien, y contento. Ustedes cuídense mucho.

¡Pronto nos veremos por allá! Los queremos mucho…

P.D. Queridos papás: Nada de lo que puse arriba es cierto. Ni me operaron, ni quemé ningún edificio, ni soy drogadicto, ni tengo sida, ni me he casado, ni hay tal mujer ni tales hijos, ni soy tahúr, ni nada. Soy el mismo muchacho de siempre, con las buenas costumbres y valores que ustedes me inculcaron. Lo que pasa es que reprobé Matemáticas y Física, y pensé que después de leer lo que escribí arriba no tomarán tan mal esta noticia. Nos veremos en Navidad, si Dios quiere. Llegaré solo, claro. Y -espero- con Matemáticas y Física aprobadas en el extraordinario.”

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