Doctor José María Infante
Profesor e investigador Miembro de la International Society of Political Psychology, de la World Association for Public Opinion Research y de la International Sociological Association Universidad Autónoma de Nuevo León / Instituto de Investigaciones Sociales
joseminfante@gmail.com
Quizá el primer sociólogo de la política fue Aristóteles, mucho antes de que existiera la palabra sociología. Aristóteles, además, fue un consejero de los poderosos, también en parte algo de lo que suele esperarse de los intelectuales.
Aristóteles elaboró sus ideas políticas a partir de la experiencia ateniense de su época, y las contrastó con las de los estados o ciudades vecinas, tratando de contestar a los dilemas de la organización política y el ejercicio del poder. Veinticinco siglos después, los sociólogos de la política siguen preguntándose quién debe gobernar y cuál es el mejor sistema de gobierno.
La diferencia entre un sociólogo como científico y un sociólogo como intelectual, es que mientras el científico indaga sobre las condiciones reales de los gobernantes y los sistemas, los intelectuales dicen cómo debe ser un gobernante y cuál debe ser el sistema de gobierno. Esta tentación entre el explicar el ser y determinar el deber ser, sigue presente, sin que quienes adoptan una posición, en especial la segunda, demuestren tener una clara conciencia de ello.
RETO DE LA SOCIOLOGÍA POLÍTICA
Y ese sigue siendo el principal desafío de la sociología política: cómo explicar el ser, sin adoptar posiciones predeterminadas a favor de una solución y, sobre todo, sin tratar de imponerlas a los demás, moviéndose en una delgada línea entre dos espacios de imposibilidad; el de un sistema valorativamente neutro, que es epistemológicamente imposible, y el de una performatividad para la cual no se cuenta con ninguna legitimidad ni tampoco con autorización. Y no se trata de no evaluar las condiciones institucionales, sino de comparar los sistemas políticos, para señalar virtudes y defectos y las ventajas comparativas, tarea que siempre contendrá juicios de valor.
¿Qué hacer frente a una opción siempre muy tentadora y otra de difícil cumplimiento? El fundador de la moderna teoría política, Nicolò Machiavelli, lo tenía claro: tan tentador es ser consejero del príncipe como para éste recibir las lisonjas de sus consejeros.
Debemos reconocer que vivimos en un sistema político, vulgarmente conocido como democracia, que muestra severos síntomas de desarticulación y de incapacidad para satisfacer las demandas de los gobernados o, como también se dice, del pueblo. La idea de un sistema de gobierno del pueblo y para el pueblo no tiene ningún valor real, salvo el de complacernos con un imaginario que nos oculta por una parte la verdadera realidad y, por otra, nos exime de asumir las responsabilidades que nos corresponderían.
La difusa idea de pueblo no ha permitido la elaboración de propuestas eficaces a la hora de diseñar las instituciones sociales; si bien éstas se desenvuelven ajenas a la voluntad individual de sus integrantes, los seres humanos somos agentes de las sociedades en las que vivimos.
ALTERNATIVAS DE ACCIÓN
Ante esto, me parece que el primer desafío que debemos enfrentar en la ciencia social es el de evaluar adecuadamente los logros de nuestros sistemas de gobierno y sus condiciones reales de existencia, a fin de proponer las alternativas de acción que corrijan los defectos notorios o, ¿por qué no?, proponer un sistema de gobierno diferente que, al menos en lo imaginario, constituya una mejor alternativa.
Las constituciones de todos los países son propuestas imaginarias, en cierto sentido utópicas, sobre las formas en que deberíamos establecer las relaciones sociales de intercambio, y su concreción depende de la forma en que cada uno de los ciudadanos asume su responsabilidad al respecto.
El problema es cómo proponerlos y ante quién. En este punto, la sociología, y cualquier sociología, no sólo la política, tiene como cliente a la sociedad donde se desenvuelve el sociólogo. Pero llegar a ese cliente depende en gran medida de los medios de comunicación, que suelen estar controlados por grupos con intereses particulares en el campo.
En los últimos tiempos, la internet permite diversas vías de comunicación para hacer llegar a públicos cada vez más grandes y heterónomos, las reflexiones y propuestas, pero tiene a su vez el peligro de que a veces sus destinatarios no poseen los elementos para distinguir entre un discurso científico y una propuesta demagógica, que era uno de los peligros por los cuales Platón repudiaba la democracia (sin que por ello su propuesta para evitarlo o corregirlo fuese la más correcta).
Los medios de comunicación nos presentan todos los días la opinión de analistas (a veces mal llamados editorialistas) con mayor o menor competencia para ello: un buen analista de cualquier sistema (no sólo el político, sino, por ejemplo, el de la estructura de un átomo y muchas otras cosas), debe poseer un sólido bagaje de conocimientos, que le permita realizar la tarea de modo efectivo y eficaz. Pero en el campo de lo político, los medios de comunicación nos presentan analistas que no superan la capacidad de cualquier ciudadano común, dicho sea con todo respeto para los ciudadanos comunes de cualquier sociedad.
Todo ciudadano, todo agente social, es un sociólogo aficionado, pero la diferencia entre el aficionado y el profesional en cualquier rama del saber o de la actividad humana, debe ser evidenciable o evaluable, aunque pueda ocurrir como con ciertos deportes, donde a veces es difícil decidir cuál de los jugadores es el mejor, y entonces esa tarea aparezca como indefinida y casi imposible. La sociología política se presenta así, ante la consideración de la misma sociedad que la cobija, como producto indiferenciado de sus productores, pero hay diferencias entre uno y otro tipo de discurso, para las cuales los receptores no disponen a veces de las categorías analíticas de evaluación.
CAPACIDAD DE DISCERNIMIENTO
La sociedad en su conjunto y en particular los gobernantes o quienes pueden incidir en el curso de los acontecimientos de la vida política, están siempre deseosos de encontrar el conocimiento que les permita obtener sus objetivos. Por eso, el consejero del príncipe, diría Machiavelli, debe tener capacidad para discernir aquello que sea más conveniente, según la situación; tarea que puede ser peligrosa en ocasiones, porque generalmente los intereses de los gobernantes difieren de los de la población, y éste es otro desafío importante para un sociólogo de la política, porque la sociedad cliente no paga y el gobernante cliente es a veces muy generoso.
Pero quizá el principal desafío para los sociólogos y en especial para los de la política, difícil de explicar pero más difícil todavía de sortear exitosamente, es el de objetivar la objetivación, para decirlo con palabras de Bourdieu. Al producir conocimiento de ciencia social, el producto debe presentarse como prescindente de las condiciones subjetivas del productor (como cualquier otro tipo de producción, quizá).
Cuando, en sociología política, categorizamos los objetos, no siempre explicitamos las condiciones de la construcción epistemológica de los conceptos categorizadores (a veces porque ni los mismos sociólogos tenemos conciencia de ello). La tarea reflexiva se vuelve aquí imperiosa, pero la reflexividad también puede sucumbir a las condiciones narcisistas; en algunos casos, nos colocamos en el campo del supuesto saber y eliminamos todas las controversias por un acto de autoridad, aunque el conocimiento científico ha demostrado una y otra vez la inutilidad de esa operación.
Si vemos muchos de los libros que se publican en sociología política, podemos ver cómo esta condición de objetivación no se cumple: los pensadores recurren a racionalizaciones (en el sentido psicoanalítico) que no son racionales, lógicamente hablando. Esto puede tratar de corregirse, en primer lugar, cuando el investigador puede tomar distancia de lo observado y revisar cuidadosamente sus puntos de partida o prejuicios epistemológicos, aunque no es esa la condición habitual del trabajo intelectual. El sociólogo de la política debe intentar exponer sus ideas con pretensión de universalidad, aunque en numerosas ocasiones no pueda trascender su experiencia cotidiana. Si puede superar ese desafío, su aporte a la construcción de un mundo más vivible será de gran valor.
La distancia a veces puede traducirse en un sesgo que debe ser evitado: la de señalar los problemas particulares de la sociología política a partir de la visión de la comunidad científica y no de las demandas o necesidades de la gente. Se debe partir de esas demandas para, una vez problematizadas y criticadas, devolver a los demandantes, en este caso los ciudadanos, la posibilidad de comprender mejor las líneas de acción que deberían adoptarse.
FALTA DE INTERÉS O PARTICIPACIÓN
Un desafío que encontramos en la condición de la política del México actual es dejar de achacar la falta de interés o de participación en la política a un defecto de la población, en lugar de tratar de entender por qué la ciudadanía no toma un papel más activo en la búsqueda de soluciones a los problemas políticos. No debe olvidarse que en el espíritu de la democracia está el principio de procurar la igualdad real de los ciudadanos, y que la diferente forma de participación en la política es una de las desigualdades que hay que combatir.
