Marco Arturo Moreno Corral
Una de nuestras grandes deficiencias culturales como nación, es el desconocimiento que tenemos sobre el pasado colonial mexicano. En la mayoría de los casos, la información que sobre él brindan las escuelas, hace pensar que fue una época oscura, llena de restricciones y amenazas, pero cuando se le analiza objetivamente, sobre la base de sus fuentes documentales originales, se llega a una visión diferente. La astronomía es una disciplina que ejemplifica bien esa situación, pues se nos ha enseñado que durante aquellos trescientos años de dominación, en la Nueva España no se cultivaron las ciencias, siendo que como se mostrará en este trabajo, en ese periodo nuestro país tuvo personajes notables en ese campo, que realizaron observaciones de importancia, que con frecuencia pueden compararse con lo que se hacía en Europa.
La implantación de las concepciones astronómicas de la cultura occidental en nuestro país, comenzó durante el siglo XVI, con los navegantes y exploradores españoles. Es bien sabido que en aquella época, los procedimientos para determinar rutas marítimas y fijar posiciones geográficas en las cartas de navegación y los mapas de los territorios explorados, dependían de la observación de los astros, hechas con instrumentos como la ballestilla, el astrolabio y la brújula. Ese saber práctico se usó para fijar la latitud y longitud de poblaciones como las ciudades de México, Puebla, Guadalajara, Veracruz, Morelia y Monterrey, que fueron conquistadas o fundadas durante el siglo XVI. Para situarlas en los mapas, se realizaron observaciones astronómicas, sobre todo de eclipses lunares, estudiados simultáneamente en Europa y el Nuevo Mundo, lo que permitió fijar la longitud de cada una de ellas. Ese proceso común en la cartografía de aquella centuria, fue realizado por “cosmógrafos reales”, que viajaron a América con instrucciones emanadas directamente de Felipe II. En el caso de la capital novohispana, se sabe que el primer virrey, don Antonio de Mendoza, observó en compañía de su hijo Francisco, diversos sucesos astronómicos, que le permitieron determinar la posición de tan importante población. En la actualidad, el astrolabio que utilizaron, forma parte de la colección del Museo Nacional de Historia y se encuentra en sus instalaciones del Castillo de Chapultepec.
La enseñanza académica de la astronomía, esto es los cursos formales donde se explicaba el modelo geocéntrico del Universo, los comenzó en 1540 fray Alonso de la Veracruz, en el Colegio de Estudios Mayores, anexo al Convento agustino de Tiripetío, Michoacán. Conocemos su contenido, porque entre 1554 y 1557, ese religioso, ya como profesor de la Real Universidad de México, publicó sendos volúmenes para uso de los alumnos universitarios. En particular, en la Physica Speculatio, que fue el texto que escribió para introducir a los estudiantes en las sutilizas de la física aristotélica, además de discutir con amplitud el libro De Caelo, donde Aristóteles plasmó su visión de un cosmos centrado en la Tierra, formado por esferas concéntricas que giraban moviendo los planetas, el Sol entre ellos, así como las llamadas estrellas fijas, agregó como apéndice el Tractatus de Sphaera, escrito en el siglo XIII por el astrónomo italiano Giovanni Campano de Novara, donde tal personaje explicaba, siguiendo el esquema geométrico introducido por Ptolomeo en el siglo II de nuestra era en su Almagesto, el movimiento de los cuerpos celestes y la ocurrencia de fenómenos astronómicos como los eclipses. Sin lugar a dudas, ese texto de Campano tiene el mérito de haber sido el primer libro de astronomía publicado en todo el continente americano, pues como apéndice de la Physica Speculatio, salió de las prensas de la Ciudad de México en 1557.
Pocos años después, los jesuitas mexicanos publicaron el que habría de ser el segundo, surgido de sus prensas del Colegio de San Ildefonso. En esa ocasión se trató del libro De Sphaera Liber unus, escrito por el italiano Francesco Maurolico, que dichos religiosos imprimieron en la capital de la Nueva España, ya que necesitaban obras de ese tipo para los cursos que deban en aquel centro educativo. La demanda de ambas obras, implícita en su producción local, muestra que en efecto los alumnos novohispanos de nivel medio superior, eran instruidos en las ideas cosmogónicas surgidas del geocentrismo, lo que no debe extrañar, pues por aquella época, lo mismo ocurría en los colegios europeos, ya que habrían de pasar muchos años, antes de que el heliocentrismo fuera aceptado.
Al finalizar el siglo XVI, llegó a la Nueva España, vía el Puerto de Veracruz, una remesa de 678 libros para su venta en la capital colonial. El inventario de aquellas obras llegadas en 1600 se conoce, por lo que nos ha sido posible identificar las de tema astronómico, que resultaron ser 31 títulos, entre los que destaca por su importancia, el texto De Revolutionibus orbium coelestium, escrito por Nicolás Copérnico y donde ese autor introdujo las ideas de la astronomía heliocéntrica, por lo que dicha obra se convirtió en uno de los parteaguas de la Revolución Científica.
Durante los primeros años del siglo XVII, en la Nueva España destacó como astrónomo Enrico Martínez, personaje nacido en Hamburgo, que pudo pasar a estas tierras porque en esos años, Alemania formaba parte del Imperio Español. En 1606, publicó en la capital novohispana su libro Repertorio de los Tiempos, donde además de tratar con extensión el modelo geocéntrico, hablar de temas geográficos e históricos, incluyó un Canon de Eclipses, donde reportó todos aquellos, lunares o solares, que ocurrirían en el mundo entre ese año y 1620. Ese conjunto de datos, calculados por él para la posición de la capital novohispana, fue el primero de su tipo hecho en toda América.
En ese periodo, comenzaron a publicarse trabajos sobre observaciones de cometas y eclipses, realizados por diferentes personajes, lo que muestra el interés que ya en esas fechas hubo por la astronomía en diferentes partes de la Nueva España. En 1637, el fraile mercedario Diego Rodríguez, fundó en la Real y Pontificia Universidad de México, la primera cátedra de Astronomía y Matemáticas que hubo en una institución de ese tipo en nuestro continente. En ella se siguió el programa de estudios implantado durante el siglo XV en la Universidad de Salamanca, España, que fue en todo similar al de otras universidades europeas que contaron con esos estudios.
Informaciones diversas como listas de embarque, declaraciones escritas ante funcionarios de la Corona y la Inquisición, testamentos e inventarios de bibliotecas conventuales y particulares, muestran que al mediar el siglo XVII, circulaba una amplia variedad de libros en la Nueva España, entre los que no escaseaban los que cubrían los temas científicos de aquella época. De los astronómicos que se han podido identificar, hubo algunos que ya trataban los nuevos temas que entonces surgían en esa disciplina. Igualmente por esas fechas comienza a existir constancia escrita de la introducción a nuestro país de diferentes instrumentos astronómicos, en particular telescopios destinados explícitamente a trabajos de observación de los astros.
Carlos de Sigüenza y Góngora fue un notable novohispano que en el último tercio de aquel siglo, destacó en varios campos de la cultura. Durante más de veinte años fue profesor de Astronomía y Matemáticas en la universidad mexicana. Se sabe que realizó diversas observaciones de eclipses y cometas, y que escribió varias obras astronómicas, de las que solamente ha sobrevivido su Libra Astronómica y Filosófica, publicada en la ciudad de México en 1690, y donde hizo una defensa de los cometas como cuerpos naturales, despojados de los atributos astrológicos, que incluso importantes pensadores europeos contemporáneos a él, seguían afirmando que tenían.
Durante los primeros años del siglo XVIII, hubo gente de las ciudades de México y Puebla, que estudiaba el firmamento en forma regular, lo que les permitió publicar reportes de observaciones de eclipses y cometas. Muchos de esos documentos todavía estaban inmersos en las ideas astronómico-astrológicas y en el geocentrismo, pero son indicativos del lento cambio que entonces ocurría en la sociedad mexicana en el terreno filosófico, teológico y científico. Al mediar aquella centuria comenzaron a cambiar muchos paradigmas, gracias en parte a que llegó a la Nueva España el fenómeno de la Ilustración, caracterizado por una apertura oficial a las nuevas corrientes de pensamiento.
En 1755, Joaquín Velázquez de León, notable novohispano que entre otros méritos tuvo el de promover la fundación del Real Colegio de Minería en la capital novohispana, realizaba observaciones sistemáticas de los eclipses que sufren los satélites de Júpiter, pero no lo hacía como un ejercicio ocioso, sino como parte de un plan que le permitiría utilizar aquellas observaciones telescópicas, en mediciones geodésicas y cartográficas tendientes a establecer la posición correcta de la ciudad de México. Diez años después, Francisco Javier Clavijero comenzó en el colegio de los jesuitas de Morelia, a explicar en su curso de física las principales ideas del heliocentrismo y continuó haciéndolo al año siguiente en Guadalajara. Esas fueron las primeras enseñanzas públicas de la teoría copernicana sobre la estructura del Universo.
El año de 1769 fue rico en sucesos astronómicos. Hubo tres eclipses solares, ocurridos el 8 de enero, el 4 de junio y el 28 de noviembre, dos lunares, que sucedieron el 19 de junio y 13 de diciembre, un tránsito del planeta Venus por el disco solar, que tuvo verificativo el 3 de junio y otro del planeta Mercurio que sucedió el 9 de diciembre. Por la hora a la que ocurrieron, los solares no fueron visibles desde territorio mexicano, pero si lo fueron los eclipses lunares y los dos tránsitos.
La importancia que esos sucesos tuvieron para la astronomía de la época fue grande, en especial el tránsito venusino, pues su correcta observación podría ayudar a determinar la distancia absoluta que separa a la Tierra del Sol. Para observarlo, viajó a nuestro país una comisión astronómica Franco-Española, pero también fue estudiado desde la ciudad de México por José Ignacio Bartolache y José Antonio Alzate, y desde el sur de la Baja California por Velázquez de León. Los comisionados franco-españoles enfrentaron grandes dificultades para cumplir su cometido científico, incluso la mayoría murieron después de hacerlo, debido a una epidemia que se desató en San José del Cabo, lugar desde donde lo observaron. Los datos obtenidos por los astrónomos novohispanos, resultaron de igual calidad que los de sus pares europeos, así que en 1772, Cassini, quien era director del Observatorio de París, los publicó, junto con los de observadores situados en otras partes del mundo, dándolos a conocer a la comunidad astronómica internacional. A raíz de ello, trabajos de los astrónomos mexicanos fueron frecuentemente conocidos en Europa, pues la Academia de Ciencias de Francia, llegó a publicar algunos.
Por su parte, Alzate publicó en la ciudad de México a fines de 1769 y principios de 1770, los resultados de sus observaciones de los tránsitos de Venus y Mercurio, así como un folleto sobre el estudio que hizo del eclipse lunar del 13 de diciembre. Esos tres trabajos; el Suplemento a la famosa observación del tránsito de Venus por el disco del Sol, la Observación del paso de Mercurio por el disco del Sol, y el Eclypse de Luna del doce de Diciembre de mil setecientos setenta y nueve, fueron conocidos y apreciados por los europeos.
El sacerdote oratoriano Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos, fue profesor en San Miguel el Alto, Guanajuato. Para uso y guía de sus alumnos, escribió el texto Elementa recentioris Philosophiae, publicado en la capital novohispana en 1774, obra en la que abordó las disciplinas propiamente filosóficas, pero también las ciencias naturales. Ahí trató sobre estática, mecánica, hidrostática, óptica, electrostática, química, biología, geografía y astronomía. Dedicó la quinta parte de su libro a tratar Sobre la composición del mundo, que fue donde presentó y discutió los modelos cósmicos del Universo. En particular se inclinó por el heliocéntrico.
Andrés de Guevara y Basoasabal fue un jesuita mexicano que se radicó en Ferrara, Italia a partir de 1767, cuando fue obligado a salir de los dominios españoles. Exiliado escribió una extensa obra que tituló Pasatiempos de Cosmología, donde expuso con amplitud y sencillez, las ideas copernicanas y otros conceptos físicos que ya son modernos. La parte astronómica de su libro la inició con una extensa presentación sobre aspectos técnicos básicos de astronomía de posición, por lo que habló de los círculos y puntos notables de la esfera celeste y analizó la estructura del cosmos, fundamentalmente desde la perspectiva del modelo de Copérnico, lo que convierte a esa obra en el primer texto heliocéntrico escrito por un mexicano. Los Pasatiempos fueron escritos en español, para que los novohispanos, sobre todo los jóvenes, conocieran las nuevas ideas astronómicas. Dijo que su propósito al escribir esa obra fue que sus paisanos tuvieran material moderno y entretenido sobre temas relativos a la forma y estructura del cosmos. Debe hacerse notar que de los temas tratados en los Pasatiempos de Cosmología, gran parte fue escrito para tratar precisamente sobre el heliocentrismo.
Finalizaremos este resumen sobre la astronomía en el México colonial, señalando que en 1792 comenzó sus cursos el Real Seminario de Minería de la ciudad de México, institución que con mucha propiedad ha sido calificada de La primera casa de las ciencias, pues a partir de esa fecha, ahí se inició la enseñanza de lo que ahora llamamos ciencias exactas. En efecto, fue en esa institución docente, donde se impartieron los primeros cursos regulares de astronomía, física, matemáticas, química y mineralogía, como ahora se entiende estas disciplinas. Por lo que toca a la formación astronómica que recibieron sus alumnos, fue sólida, tanto en el aspecto teórico, como en el terreno práctico, como demostraron sus egresados a lo largo del siglo XIX, ya que fueron algunos de ellos, los que gracias a su labor en ese campo, lograron finalmente que en nuestro país la astronomía dejara de ser una ciencia auxiliar de la geodesia y la cartografía, para convertirse en una disciplina científica cultivada por ella misma y en instituciones expresamente fundadas para hacerlo.
