Gabriel Contreras
Hace algún tiempo, por aquellos días en los que las candidaturas de Felipe Calderón Hinojosa y Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México se medían diariamente a través de las encuestas y las apariciones en las portadas, la posibilidad de reflexionar en torno al futuro –y el proyecto posible- de la cultura a nivel institucional era cuando menos una tentación, un leve intento.
Por cierto, de aquellos embates se derivó, por decir algo, un libro que fue importante en aquella coyuntura y lo sigue siendo hoy, muchos años después.
Sabina Berman y Lucina Jiménez aportarían, en esos días que comentamos, su visión de la “democracia cultural” como un documento que no aspiraba a dictar, sino precisamente a colaborar con un debate potencial y esperado.
Al cabo, la inercia puso lo suyo, el calor del debate no llego a tal y, si acaso, vimos como las transformaciones institucionales en materia de difusión y promoción de la cultura acabarían siendo no solamente discretas, sino casi invisibles.
Hoy, la coyuntura de relevo electoral ha adquirido una violencia inusitada, que se despliega en escándalos, acusaciones de fraude, sospechas de lavado de dinero, señalamientos de difamación y otras gracias por el estilo, relegando a un espacio insignificante la posibilidad de debatir el factor cultura.
Es un hecho, la cultura no estuvo presente como tema de interés en los debates que condujeron a las elecciones presidenciales, y tampoco formó parte de los programas (listas de promesas en algún caso) ofertados por los candidatos a la silla del águila o a la legislatura. Simplemente, la cultura no les resultó prioritaria.
Sin embargo, hoy el factor cultura (normalmente identificado con la difusión y promoción de las artes) sigue generándonos una comezón social que no es pasajera, ¿por qué?
Hagamos historia. Uno de los episodios de mayor fuerza en el camino al relevo gubernamental, fue la aparición de Enrique Peña Nieto, candidato del PRI a la Presidencia, en la Feria Internacional del Libro. Su dificultad para responder en torno a tres libros que lo hayan marcado, se transformaría en un escándalo y fuente de burlas en el circuito de las redes sociales. Y a eso vendría a sumarse la reacción del escritor Carlos Fuentes, quien señaló al aspirante como un personaje pequeño ante las dimensiones de su reto político. De esos dos puntos, agregados al penoso capitulo de “La Ibero” y la oposición al priismo manifestada por escritores como Elena Poniatowska, Paco Ignacio Taibo y Juan Villoro, no se tendría otra sumatoria que el rotundo divorcio entre el contendiente priista y el medio intelectual mexicano.
El escarnio, la crítica frontal, el rechazo y el humor mas brutal y cruel, enmarcan hoy la distancia entre la, llamémosla así, aristocracia cutural mexicana y la clase política allegada al PRI.
El equipo de Peña Nieto carece, en estos momentos, de aliados capaces de generar una propuesta cultural interesante, inquietante, digna de ser atendida, y no sólo eso, sino que al parecer ese mismo equipo no cuenta con focos de atención al respecto. Ok. ¿Qué sigue?
