Leales y traidores, a cada quien su lugar

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Jorge Pedraza

RanayEscorpionHabía una vez una rana sentada en la orilla de un río, cuando se le acercó un escorpión que le dijo: —Amiga rana, necesito cruzar el río. ¿Podrías llevarme en tu espalda? —No. Si te llevo en mi espalda, me picarás y me matarás. —No seas tonta —le respondió entonces el escorpión—. Si te picase, me hundiría contigo y me ahogaría. Ante esta respuesta, la rana accedió. El escorpión se colocó sobre la espalda de la rana y empezaron a cruzar el río. Cuando habían llegado a la mitad del trayecto, el escorpión picó a la rana. La rana, al sentir el picotazo y darse cuenta de que iba a morir, le preguntó al escorpión: —¿Por qué me has picado, escorpión? ¿No te das cuenta de que tú también vas a morir? A lo que el escorpión respondió: —Lo siento, rana. Es mi naturaleza.

La traición la encontramos no sólo las fábulas; también –y con más frecuencia–en la vida real. A través de la Historia, hemos visto como los grandes hombres se han equivocado al confiar en seres detestables e inferiores, que aprovecharon esa confianza depositada en ellos para traicionar. Así le sucedió a Cristo con Judas, a Julio César con Bruto. Así les pasó a Hidalgo y Allende con Ignacio Elizondo; a Vicente Guerrero con Picaluga, a Francisco I. Madero con Victoriano Huerta, a Emiliano Zapata con Jesús Guajardo y a Venustiano Carranza con Rodolfo Herrero.

Estas traiciones –que por supuesto no son las únicas– vienen a la memoria precisamente en una fecha como la del día de hoy, en que se recuerda el 94 aniversario del asesinato de Emiliano Zapata. En efecto, el 10 de abril de 1919 ocurrió el reprobable atentado de Emiliano Zapata, obra de la traición y el engaño, que llevó a cabo Jesús Guajardo.

Zapata odiaba la traición. En una ocasión se refirió así a los traidores: “Muchos de ellos, por complacer a tiranos, por un puñado de monedas, o por cohecho o soborno están traicionando y derramando la sangre de sus hermanos”.

En opinión del Barón De Holbach, “la traición supone una cobardía y una depravación detestable”. Por otra parte, a la traición se le define como la falta que comete una persona que no es fiel y no es firme en sus afectos o ideas o no cumple su palabra… o todas juntas.

El caudillo del sur fue, fundamentalmente, un líder agrarista que se levantó en armas con la intención de devolverle la tierra a la gente que la trabajaba. Pensaba que la tierra es de quien la trabaja y su lema era “Tierra y Libertad”.

Emiliano nació en 1879 en Anenecuilco, Morelos. En ese Estado transcurrió buena parte de su vida. En 1911 se levantó en armas contra el gobierno de Díaz, respondiendo al llamado de Francisco I. Madero. Tras la caída de Díaz, Zapata intentó que el gobierno de Madero devolviese a los pueblos las tierras que los hacendados habían adquirido durante el gobierno de Porfirio Díaz. El 28 de noviembre de 1911 proclamó el Plan de Ayala.

Al frente del Ejército Libertador del Sur se enfrentó al gobierno de Francisco I. Madero; después luchó contra el gobierno de Victoriano Huerta y posteriormente, en unión de Francisco Villa, combatió a Venustiano Carranza.

Después de que los villistas fueron derrotados, el ejército entró al territorio de Morelos, con el objetivo de acabar con Zapata. Se trazó un plan y el coronel Jesús Guajardo fingió pasarse a las filas zapatistas.

De buena fe, Zapata se confió en la palabra de Guajardo y aceptó reunirse con él para pasar revista a la tropa y para brindar con Guajardo su paso a las fuerzas zapatistas en rebeldía. El 10 de abril llegó Zapata a la hacienda de Chinameca escoltado por sólo diez hombres, y cuando entró al casco de la hacienda, fue asesinado por los hombres que creía formados en guardia de honor.

Igual le sucedió a Hidalgo y Allende cuando creyeron que las tropas de Ignacio Elizondo les brindaban un cálido recibimiento en Acatita de Baján, en Coahuila y era todo lo contrario. Se habían confiado y cayeron en una trampa que habría de llevarlos a la muerte.

Sin embargo, tanto Elizondo como Guajardo no cantarían victoria por mucho tiempo, pues poco después pagaron su traición con sus vidas. En el caso de Elizondo, su traición fue celebrada por los realistas. Félix María Calleja le envió una felicitación a este tipo y una carta al rey sobre la victoria de Elizondo. Sin embargo, su acción traería una reacción negativa contra su persona. Durante una expedición en Texas, Ignacio Elizondo fue asesinado por el teniente Miguel Serrano, mientras dormía en su campamento a orillas del río Río San Marcos en Texas.[

Por lo que respecta a Jesús María Guajardo Martínez, quien traicionó a Zapata, desde el año de 1913 se unió a las fuerzas del General Pablo González Garza ante la usurpación de la presidencia de Victoriano Huerta. Guajardo invitó a Zapata a la Hacienda de Chinameca, en donde le había ofrecido unírsele y dar la espalda al gobierno. En ese lugar, el caudillo del sur fue asesinado el 10 de abril de 1919.

Zapata cometió el error de confiar en la palabra de Guajardo, quien le había ofrecido con una sonrisa unirse a su causa. Bien dice Shakespeare que “Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos”. Su traición le valió a Guajardo un ascenso y un premio en monedas de oro. Su condición lo llevaría a traicionar también a don Venustiano Carranza y poco después, el 2 de julio de 1920 se rebelaría en la región de La Laguna contra Adolfo de la Huerta,

Fue aprehendido poco después en Monterrey y fusilado en esta ciudad en 1920. También en Monterrey murió, el 24 de enero de 1964, el traidor Rodolfo Herrero, quien engañó a don Venustiano Carranza y lo llevó hasta un modesto jacal en Tlaxcalantongo, Puebla, cuando el Presidente buscaba salvar su vida y este individuo, después de ofrecerle lealtad y protección, lo asesinó mientras el Varón de Cuatrociénegas descansaba en ese lugar. Esto sucedió el 21 de mayo 1920.

De estas acciones –tanto en el asesinato de Zapata como en el de Carranza—estuvo enterado el General Álvaro Obregón, a quien se le señala como el más interesado en la muerte de estos dos personajes y quien también habría de ser asesinado por José de León Toral, el 17 de julio de 1928, en el restaurante «La Bombilla», de la Ciudad de México.

Por lo general, los traidores actúan con las agravantes de premeditación, alevosía, ventaja y perjurio. La traición merece el repudio y la condena de todos los hombres de bien. Poco antes de morir,

Salvador Allende expresó: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

Aunque aparentemente los traidores triunfan, esto es sólo de momento; finalmente la Historia pone a cada quien en su lugar.

Como dijera el dramaturgo y poeta español Pedro Calderón de la Barca “Siempre el traidor es el vencido y el leal es el que vence”.

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