Nada es para siempre

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Jorge Pedraza

Nada es para siempre. Ni los triunfos ni las derrotas. Ni las alegrías ni las tristezas. Hay tiempos de calma y tiempos de tormenta. La rueda de la fortuna gira día y noche y en todas las épocas del año. No siempre es posible estar arriba.

En torno a la derrota se han acuñado numerosas frases. Algunas de ellas son muy interesantes, como estas que a continuación consignamos:

· La victoria tiene un centenar de padres, pero la derrota es huérfana, de John F. Kennedy.

· Un hombre puede ser destruido pero no derrotado, de Ernest Hemingway,

· Hay éxitos que rebajan y derrotas que engrandecen, de Nicolae Iorga, y

· Aquellos que no se arriesgan no sufrirán derrotas, sin embargo, nunca tendrán victorias. Richard Nixon

Estas expresiones vienen a nuestra memoria ahora que recordamos dos grandes derrotas que han sido registradas a través del tiempo. Sus principales protagonistas llegaron al llanto: 1.- La Noche Triste, de Hernán Cortés y 2.- La Batalla de Icamole, de Porfirio Díaz, a quien le llamaron el llorón de Icamole. Sin embargo, con el tiempo, tanto Díaz como Cortés se sobrepusieron a la derrota y consiguieron el triunfo.

Un 30 de Junio, en el año de 1520 –hace 494 años–, se registró el acontecimiento conocido como «La Noche Triste». Después de una semana de combates entre españoles y mexicas, los primeros estaban acorralados en el Palacio de Axayácatl. Ya casi no tenían alimentos. Entonces decidieron huir esa noche. Discretamente salieron, pero al llegar al canal Tolteca Acaloco fueron vistos por una anciana indígena que había salido a recolectar agua.

De inmediato avisó a los guerreros aztecas. Sonó el tambor de piel de serpiente del templo de Huitzilopochtli convocando a la lucha y de inmediato los españoles fueron rodeados por los guerreros aztecas, quienes a bordo de canoas y armados con flechas y lanzas infringieron una gran derrota a los españoles. De más de mil tlaxcaltecas aliados sólo quedó un centenar, la mitad de los españoles murieron y otros quedaron heridos.

Para salvarse, los soldados españoles tuvieron que deshacerse de las joyas y el oro que llevaban consigo. Quienes no lo hicieron murieron ricos, pero murieron; con su armadura de acero, las joyas y las barras de acero. Aquello fue una masacre. Esa noche los mexicas ganaron la batalla. Los españoles escaparon y se refugiaron en Tlaxcala, en donde tenían grandes aliados y prepararon un plan para reconquistar Tenochtitlán.

LA NOCHE TRISTE

Fue triste la noche para los españoles invasores que fueron masacrados en esa instancia más allá de que algunas leyendas señalan que algunos se pudieron salvar y que miles fueron muertos en batalla. Lograron sobrevivir los que escaparon sin tesoros, mientras que los más ambiciosos murieron ricos allí mismo.

En su «Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España», el cronista Bernal Díaz del Castillo relata la tristeza de Hernán Cortés al ver la ciudad y los puentes por donde salieron huyendo: «…Acuérdome que entonces le dijo un soldado que se decía el bachiller Alonso Pérez (que después de ganada la Nueva España fue fiscal y vecino en México): «Señor capitán, no esté vuestra merced tan triste, que en las guerras estas cosas suelen acaecer».. y Cortés le dijo que ya veía cuántas veces había enviado a México a rogarles con la paz; y que la tristeza no la tenía por una sola cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habíamos de ver hasta tornarla a señorear…»

Por su parte Francisco López de Gómara, señala en su «Historia General de las Indias» lo siguiente : «.Cortés a esto se paró, y aun se sentó, y no a descansar, sino a hacer duelo sobre los muertos y que vivos quedaban, y pensar y decir el baque que la fortuna le daba con perder tantos amigos, tanto tesoro, tanto mando, tan grande ciudad y reino; y no solamente lloraba la desventura presente, más temía la venidera, por estar todos heridos, por no saber adónde ir, y por no tener cierta la guardia y amistad en Tlaxcala; y ¿quién no llorara viendo la muerte y estrago de aquellos que con tanto triunfo, pompa y regocijo entrado habían?…»

Sin embargo, después de esta derrota Cortés planeó la estrategia para los siguientes combates y fue así como masacraron al pueblo de Calacoayan y después se enfrentaron de nuevo a los guerreros mexicas en la Batalla de Otumba, la cual terminó con la muerte del capitán mexica que iba al mando. Transcurrió más de un año para poder conquistar la ciudad de México-Tenochtitlan.

EL LLORÓN DE ICAMOLE

El otro acontecimiento al que habremos de referirnos en esta ocasión, es el que se registró en Icamole, población del Estado de Nuevo León, lugar donde se libró una batalla el 20 de mayo de 1876. Esta lucha fue comandada por las fuerzas lerdistas de Mariano Escobedo y Carlos Fuero, así como por las tropas de Porfirio Díaz. Después de más de dos horas de batalla, Díaz ordenó la retirada de sus fuerzas ante el inminente triunfo de los lerdistas federales.[] Se dice que al ver el desastre producido, Díaz rompió en llanto. Por esta razón se le conoce como el Llorón de Icamole.

Icamole es una población del estado de Nuevo León, ubicada en el municipio de García. Se localiza a unos 40 kilómetros al noroeste de la ciudad de Monterrey, Se comunica con ésta y con la Villa de García, por medio de una carretera estatal que también la conecta con el estado de Coahuila de Zaragoza. Se ubica en las faldas de la Sierra Madre Oriental.

Como hemos dicho, el 20 de mayo de 1876 se enfrentaron en Icamole el ejército comandado por Porfirio Díaz sublevado en la Revolución de Tuxtepec y las fuerzas gubernamentales encabezadas por Mariano Escobedo. Los sublevados se vieron obligados a retirarse en medio de enormes pérdidas. Ante el desastre, Porfirio Díaz rompió públicamente en llanto, dándosele desde entonces el apodo de El llorón de Icamole.

A la postre, Porfirio Díaz los vencería a todos y llegaría a ocupar la Presidencia de la República.

Al igual que Hernán Cortes después de la Noche Triste, Díaz se repuso luego de la derrota de Icamole. Ambos conocieron el triunfo y la derrota. Cortés conquistó Tenochtitlan y Díaz llegó a la Presidencia de la República, sitio donde permaneció durante tres décadas hasta que lo derrocó la Revolución, encabezada por don Francisco I. Madero.

Durante mucho tiempo –demasiado— Díaz gobernó al país. Hubo en su administración aciertos y errores. El mayor de estos últimos fue el de haberse perpetuado en el poder. En los inicios del siglo XX, el gobierno de Porfirio Díaz se fue debilitando, tenía poca credibilidad y muchos opositores.

Se recrudecieron los actos de represalia contra campesinos y trabajadores, como las matanzas de Río Blanco (1905) y Cananea (1906). El movimiento que encabezó don Francisco I. Madero, motivó que Porfirio Díaz eligiera el exilio y se trasladara a París, donde murió el 3 de febrero de 1915.

Porfirio Díaz es sin duda una de las figuras más polémicas de nuestra Patria. Ha sido –y es– atacado por unos y defendido por otros. Igual sucede con Hernán Cortés.

Sin embargo, ambos tienen un sitio en las páginas de la Historia.

 

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