Ismael Vidales Delgado
Hasta hace poco tiempo, era común encontrarse en la Alameda «Mariano Escobedo», en la calle de Morelos, en la del Padre Mier y muy especialmente en la Calzada Madero, a esos personajes que hablaban y hablaban a grupos de personas que curiosos se asomaban a ver que vendían.
Su frase de presentación era «¡Atrás de la raya, que estoy trabajando! Agregando luego un «Chumina, animal del demonio sal a hacer tus gracejadas.»
Estos gritones, llamados comúnmente «Merolicos» eran parte de lo que fue nuestro paisaje urbano, eran muy divertidos, tenían una dotación amplia de buen humor y harta habilidad para hacer chistes y finalmente embaucar a los incautos a quienes vendían desde esqueletitos de muertes de plástico hasta amuletos, polvos y pomadas milagrosas que a su decir, curaban todo los males y todos los padecimientos, incluida la falta de suerte en el amor.
Eso sí, siempre ayudados por un «palero» que fingía ser un paseante común y corriente, pero que en realidad era el encargado de acercarse al merolico como transeúnte muy interesado en los gritos y productos del merolico, además de ser el que manipulaba el casi invisible hilo de nylon que hacía bailar a la muerte de plástico conocida como “La Ciriaca», y también apostando en el juego de “Dónde quedó la bolita” o exigiendo pruebas al merolico de la efectividad de algún mejunje útil para purificar el agua sucia o quitar los barros y las espinillas.
Las voces de los merolicos prácticamente se han ido apagando y ya son aves raras en el paisaje urbano actual. Fueron gente sin maldad mayor, sus fraudes eran cosa menor.
Muchos nos divertimos con «El Merolico que hacía Sergio Corona» que ofrecía el milagroso fosforo vita cal.
Sin embargo, pocos saben cuál es el origen de la palabra merolico.
Hay un libro editado en 1860 titulado «Memorias de Merolico, páginas arrancadas a la historia de su vida» cuyo autor fue el periodista José Negrete que solía firmar sus escritos con el pseudónimo de XYZ.
En este libro se consigna que entre 1864 y 1879, llegó a Veracruz un barco con bandera francesa, procedente de Sudamérica del que desembarcó un ciudadano judío polaco, o tal vez suizo, o tal vez francés de nombre Rafael Meraulyock, que el 29 de febrero de 1879 presentó en la Escuela de Medicina examen para recibir el título de cirujano dentista y después, disfrazado de turco, ejerció esta profesión inicialmente en la calle combinándola con la venta de reliquias y otras baratijas.
El apellido de este personaje pronto fue convertido al mexicanismo «Merolico» que además iba muy bien con este extraño señor de agitada melena rubia, largos mostachos y espesa barba sobre el pecho, además tenía un ojo de vidrio y solía colgarse muchas medallas, usaba una larga túnica y viajaba en una elegante carroza desde donde repartía volantes todos los días de 10 a 11 de la mañana anunciando su negocio.
Este personaje tenía una verborrea especial y una don para atraer gente, pero su poca efectividad dio lugar a que su apellido quedara por siempre asociado con aquellos charlatanes que ofrecen la cura de todas las enfermedades habidas y por haber, con los políticos que hablan y prometen mucho sin cumplir nada. Por eso los niños solían corear “Merolico, Merolico ¿quién te dio tan grande pico?”.
Sin duda el producto que mejores ingresos le dejó fue un bálsamo que “extendía la juventud y la belleza escondida” el precio a pagar era la exorbitante cantidad de tres pesos por frasco.
El Congreso debió poner reglas estrictas a las profesiones para evitar el arribismo de más charlatanes o merolicos, así que de alguna manera Merolico tiene que ver con la creación muchos años después de la Dirección General de Profesiones.
El Dr. Merolico … un día de 1880 simplemente desapareció sin dejar rastro… su existencia quedó envuelta en el misterio.

