Jorge Pedraza Salinas
Se ha dicho —y es muy cierto— que recordar es vivir. Echar a volar la imaginación para traer a nuestra memoria los hechos del pasado, es una gran experiencia. La historia se convierte entonces en vehículo que nos permite retornar a nuestras raíces y rescatar los recuerdos de otros tiempos: los remotos tiempos del pasado, entre los cuales figura la propia infancia. Es la constante búsqueda del tiempo perdido, es la nostalgia por el pasado que es posible encontrar en autores como Proust, Novalis, Rousseau, Rilke o Carpentier.
Cómo nos gustaría repetir algunos pasajes de nuestra vida, particularmente los relativos a la niñez. Nada nos haría más felices que vivir de nuevo aquellos momentos y recuperar a quienes perdimos. Soñamos con que el tiempo pudiera ser repetible, cíclico, como lo es el retorno anual de las estaciones en la naturaleza. Soñamos con el eterno retorno.
Nosotros creemos que se desea retornar a tiempos y lugares en los que hemos sido felices. Por ello, nos gustaría hacer un viaje —viajar es también regresar— al pueblo de nuestra infancia.
Evocar el ayer de nuestro pueblo trae consigo la nostalgia del pasado. Muchas cosas han quedado atrapadas en ese lugar, menos el tiempo que se nos ha escapado.
Un día tuve que salir de Los Herreras para ampliar los estudios. El caserío y la arboleda se fueron alejando. A bordo del autobús de don Pepe Escamilla —el que nos traía a Monterrey y nos llevaba de regreso—, mientras más me retiraba del lugar un vacío cada vez más profundo se apoderaba de mí ser.
Un día tuve que salir del pueblo, pero el pueblo nunca salió de nosotros.
Muchas veces he regresado a ese lugar de la infancia. Cuando estoy de nuevo en esa tierra bendita, siento que recupero parte del tiempo y que acudo al reencuentro conmigo mismo. En cada puerta, en cada esquina, hay una mano amiga. Por doquier se respira la limpieza del aire y la bonhomía de su gente.
Percibir y reconocer los aromas del pasado trae a nuestra memoria gratos recuerdos. En algunos aspectos, el pueblo ha cambiado. En otros, por fortuna, no. Ahí permanece su cielo limpio que nos permite admirar la luna y las estrellas y recordar las anécdotas del abuelo.
Sin embargo, los abuelos ya no salen a recibirnos y los padres también están ausentes. Las voces de algunos de nuestros maestros se han apagado, pero nuevos mentores continúan la tarea de eslabonar la cultura de generación en generación.
ANIVERSARIO
Este pueblo del cual les hablo es Los Herreras, Nuevo León. El día de mañana, 20 de noviembre, celebrará el l40 aniversario de su fundación y el 104 aniversario de la Revolución Mexicana.
Está ubicado a l20 kilómetros de Monterrey y a similar distancia de los Estados Unidos de Norteamérica. Ha dado a México y al mundo hijos como el actor y cantante Lalo González “El Piporro”, la anecdótica Tía Melcohora, el maestro Ernesto Guajardo Salinas, quien fuera director de educación primaria de la SEP en el país durante dos sexenios; el economista Eliezer Tijerina (Premio Nacional de Economía) y el abogado Artemio Benavides, galardonado en varias ocasiones como escritor y director del Archivo del Estado. Además, Los Herreras le ha dado a Monterrey varios alcaldes, entre ellos don Félix González, el doctor Eloy Ábrego Salinas y el Dr. Juventino González Benavides, quien por otra parte fue un destacado dermatólogo y Director de la Facultad de Medicina y el Hospital Universitario.
Y si de médicos hablamos, también han vivido en esta tierra doctores como Joaquín Martí, el abuelo de la escritora Carmen Alardin; los hermanos Héctor y Eloy Salinas. En Los Herreras, también, están las raíces de la pintora Martha Chapa. Y que me disculpen tantos y tantos personajes que en esta ocasión se me escapan.
CÓMO ES MI PUEBLO
Pero permítanme que les diga cómo es mi pueblo.
En mi pueblo, la gente es feliz con lo que tiene.
Por supuesto —y como en otros lados— existen carencias. Sin embargo, esto no los ha detenido. Por el contrario, ha servido para ponerlos a prueba y comprobar que el ser humano es capaz de transformar el mundo, su mundo.
No es una gran ciudad, por lo que respecta al número de sus habitantes; pero tiene todo lo necesario para vivir. Su cielo es de un azul limpio y el sol es generoso: está presente la mayor parte del tiempo. Los crepúsculos son hermosos. De noche, en la gran bóveda, las estrellas son tantas las visibles que resulta imposible contarlas. Este es un espectáculo difícil de admirar en la gran ciudad.
Carece de las bravas olas del mar. En cambio, tiene un río de aguas mansas que bañan y fecundan la tierra. En el rumor del río está presente el rumor del tiempo.
Muchos no cuentan con reloj. Consideran que no lo necesitan. Saben perfectamente cuando es hora de dormir y despertar. De trabajar y descansar. De reír y de llorar. De amar y de soñar. De vivir y de morir.
La gente sabe que, con reloj o sin reloj, las citas son puntuales. Hasta con la muerte.
Sus habitantes saben cabalmente, aunque la mayoría no haya acudido a la Universidad, lo que es bueno y lo que es malo. Lo que hay que conservar y lo que se debe cambiar.
RIQUEZA DEL TIEMPO
En sus calles no existen semáforos. En Los Herreras la prisa no es necesaria. Para llegar a cualquier punto del pueblo siempre hay tiempo de sobra. Esa es otra de sus riquezas: el tiempo rinde más.
Y hablando de tesoros: hay uno que se renueva con el tiempo y no se agota. Me refiero a sus hijos. Son gente que tiene el hábito de dar más de lo que recibe. Y si algunos no tienen nada que aportar, acostumbran gratificarnos con lo más valioso: su mano y su amistad.
Así es mi pueblo y así es su gente.

