Gabriel Contreras
Recuerdo ahora mismo numerosos manuales y tips de escritura.
Son muchos, quizás demasiados tips, y tienden a entremezclarse sin distingos de épocas ni orígenes, simplemente se revuelven como papeles en un ventarrón.
Algunos escritores y artistas considerables han recomendado llevar siempre una libretita en el bolsillo, otros han apuntado que lo mejor es crear una libreta de sueños, dibujar escenas, cosas así.
Y me consta que la grafomanía existe, al menos recuerdo un caso.
No se trata de un escritor, sino de un dibujante, un gran dibujante. José Luis Cuevas, cuyo destino actual desconozco, no paró nunca de dibujar ni de escribir. Y cuando digo nunca me refiero a nunca.
Cualquier papel que caía en sus manos, desde una libreta hasta un boleto de avión, acababa siendo devorado por sus dibujos. Los monstruos, las mujeres, los vaqueros, brotaban constantemente de su cabeza y de sus manos.
No sé por qué, pero en su imaginación había vaqueros, algo tan raro a su temperamento tan francés.
En fin, Cuevas nunca aprendió a contenerse, y dibujó o dibuja siempre. Y escribe encima de esos dibujos, no para, y eso es para mí la grafomanía.
A mí me gusta escribir siempre. Ignoro si sufro de un daño mental en ese sentido, pero me gusta hacerlo. Y deseo compartir con ustedes este defecto, estas ganas de escribir sin detenerse en el resultado, y sin aspirar a nada, escribir porque hay que hacerlo, a esto lo llamo grafomanía. Va.

