Una pequeña historia

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Gabriel Contreras

Nasrudín

En el Siglo XII, en la ciudad de Bajmahed La Hermosa, Nasrudín el Sabio juntó a muchos niños y jóvenes en la plaza. Les contó esta historia…

Había una vez, en un país muy lejano, un hombre que se creía rey.

Ese hombre tenía las axilas apestosas y miraba a todos en el pueblo con desdén: “admírenme, soy el rey, quiéranme”.

A veces, ese hombre les escupía gargajos a sus vecinos. “Son ustedes unos cobardes, dónde está su espada, los reto a todos, son tontos, son unos tontos muertos de hambre”… Y no, no es que él fuera malo, simplemente tenía su carácter.

El hombre que se creía rey se levantaba siempre muy temprano, se calzaba sus botas de piel de serpiente, cargaba su espada y repartía caprichos aquí y allá: “quiero esto, quiero aquello”… No es que estuviera loco, claro que no, él solo quería ser poderoso, él solo quería… tenerlo todo.

Como el hombre que se creía rey tenía una corte compuesta por lacayos miserables, torpes y débiles a causa del hambre, sus caprichos se convirtieron siempre en instrucciones, las instrucciones en órdenes, y las órdenes en realidades.

Ahora, quiero un viaje a la magna Turquía, con todo mi equipo, no importa el precio; ahora, quiero correr montado en un cerdo adentro de la sala de Palacio, y bailar desnudo en la plaza, en medio del humo del mejor opio que haya existido jamás; ahora, quiero que me hagan una canción y una escultura con mi rostro, y bañarme en miel y en oro”… Todos sus caprichos fueron minuciosamente cumplidos.

Hasta que un día, el hombre que se creía rey amaneció de malas y decidió prohibir el canto de los pájaros.

Odio esos estúpidos cantos, no me gustan, no les entiendo… Ahora, solo quiero escuchar el zumbido de las espadas. No más música, quiero sonidos de guerra”.

En ese momento, un rumor de alas y una amenazante ola de gritos comenzaron a sonar frente a las puertas de Palacio…

 

 

 

 

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