(Fábula de Esopo, modificada)
Tenía una mujer un hijo que cuando era pequeño, robaba en la escuela cosas de poco valor y se las llevaba a casa. La mamá jamás lo reprendía. A medida que iba creciendo, iba haciendo robos de más consideración, y nunca fue reprendido por su madre. Robó tanto, hasta que una vez fue sorprendido y aumentó a su lista de delitos la muerte de un pobre hombre anciano y sin mayor fortuna que unas monedas antiguas de poca importancia. Fue aprehendido y condenado a morir en la horca.
Cuando lo conducían por la calle, amarrado y vendado hasta el lugar donde sería ahorcado, su madre lo seguía y lloraba, gemía, gritaba a los guardias perdón y misericordia para su hijo. Este les pidió a los guardias permiso para acercarse a su madre y pareciendo que algo le decía al oído, lleno de rabia le arrancó la oreja de un mordisco.
Los guardias lo amonestaron por tan baja acción, y el preso exclamó, lleno de ira: Esta mujer es la causa de mi desgracia, porque si al primer robo que cometí, me hubiese castigado, no iría yo ahora a morir en la horca.
