Monterrey, visión retrospectiva 1596-1821

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Profesor Israel Cavazos Garza / Cronista de Monterrey

Situada en el espléndido valle, abierto hacia el noreste, es Monterrey una de las más importantes ciudades mexicanas, así por su densidad demográfica cuanto por su significación económica. En 1996 cumplió cuatro siglos de existencia. Su origen, sin embargo tiene el antecedente de dos intentos de población.

Uno, con el asentamiento del lugar de Santa Lucía, en 1577, debido a Alberto del Canto; el otro, con la fundación de la Villa de San Luis, en 1582, por Luis de Carvajal. El primero desapareció a la llegada de don Luis, quien traía autorización real; la villa se despobló también cuando don Luis se vio envuelto en un problema jurisdiccional, al principio, e inquistorial más tarde. Compañero de uno y otro, Diego de Montemayor volvió con 12 familias y, el 20 de septiembre de 1596, fundó la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey. De Nuestra Señora, en honor a la Purísima Concepción, su patrona titular; de Monterrey, en homenaje al virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey.

MONTERREY-CERRALVO

Los primeros años fueron de pobreza extrema. A ello vinieron a sumarse dos desgracias: la muerte del fundador en 1611, y la inundación que casi arrasó con la ciudad en el mismo año. Fue necesario trasladarla a la parte alta, hacia el sur; señalar de nuevo solares a vecinos, edificar el convento de San Francisco; improvisar con un cobertizo la nueva parroquia y construir las casas reales. Fuera del magnífico marco de sus montañas, la paupérrima vista ofrecida por la ciudad debió haber sido decepcionante para el gobernador Martín de Zavala, a su llegada en agosto de 1626. Tan fue así que en la “vista de ojos” realizada por él en esos días, no la llama Monterrey. Comprometido a fundar dos villas, le pareció establecer la primera mudándole el nombre por el de: villa de Cerralvo. Los vecinos antiguos protestaron pero, en ires y venires a México, se llamó Cerralvo durante dos años. De acuerdo a la “vista de ojos” empezada del convento hacia el norte, había entonces por el lado poniente nueve casas. Algunas con torrecilla. Por el lado oriente había cinco y un jacal. Cruzando río de Santa Lucía hacia el norte, en la ciudad antigua, había cinco casas y algunas paredes viejas. Además de las casas se hallaban a uno y otro lado varios jacales de carrizo. Pero todo sin orden ni contigüidad unas de otras, sin calles ni policía, ni comercio ni modo de él, ni de república.

ALGÚN PROGRESO

Sólo había estas casas porque otros vecinos tenían las suyas en sus estancias y haciendas cercanas a la ciudad. En la década de 1640 el gobernador dictó auto ordenando que las tuviesen en Monterrey, pero sólo algunos las construyeron. Después de 1664, año en que murió don Martín de Zavala, Monterrey alcanzó cierto adelanto. Uno de los gobernantes, don Nicolás de Azcárraga, consiguió que la reina doña Mariana de Austria honrara a la ciudad concediéndole escudo de armas, en 1672. En el último tercio del Siglo XVII se observó un relativo progreso urbano. Contribuyó a ello el descubrimiento en esos años del mineral de San Pedro de la Boca de Leones (Villaldama). La afluencia de nuevos pobladores y el beneficio económico del registro de los metales, dio cierto auge a la ciudad.

ALBORES DEL XVIII

En el orden cultural, el avance había sido punto menos que nulo. Los frailes franciscanos enseñaban a los niños y adultos a leer y escribir y a tañer algún instrumento. Fue en 1702 cuando un religioso de los padres oblatos de Guadalajara, Jerónimo López Prieto, abrió un colegio que, al tomarlo la Compañía de Jesús, se convirtió diez años más tarde en Seminario. Tuvo rectores y se enseñaba filosofía. Algunos estudiantes llegaron a ser ordenados sacerdotes. Lamentablemente, el colegio fue cerrado en la década de 1740.Monterrey había sufrido varias desgracias. En 1709 se incendió la parroquia (actual catedral). Diez años después, una creciente del río Santa Catarina destruyó varios edificios. Fue entonces cuando Antonia Teresa, tlaxcalteca residente al poniente de la ciudad, llevó una pequeña escultura de la Purísima hasta las embravecidas aguas que -¡oh fe de entonces!- se calmaron. Esto habría de originar la duplicidad del culto a la Inmaculada. Al serle erigida una capilla, se propició el crecimiento urbano hacia aquel rumbo.

SEGUNDA MITAD DEL XVIII

Mediado el siglo XVIII, la ciudad sufrió una nueva inundación (1751). La impetuosa corriente echó abajo la iglesia de San Francisco, cuya reconstrucción fue necesario empezar. Por otra parte, la población decreció de manera alarmante. De casi tres mil habitantes que tenía Monterrey en la década de 1740, había bajado a menos de 600. El motivo: la arbitrariedad de José Escandón, quien en 1748 emprendió la colonización de Nuevo Santander (Tamaulipas). Nuevo León perdió entonces no sólo gran parte de su territorio, que llegaba hasta la costa, pero también más de quinientas familias de sus pueblos. La recuperación de la ciudad fue lenta y difícil. Algunos factores contribuyeron a ello. En primer lugar, otra vez el descubrimiento de yacimientos mineros en el norte del Nuevo Reino. El de la Iguana en 1757 y el de Vallecillo en 1760. Esta prosperidad económica atrajo a muchos pobladores. Otra circunstancia para el avance fue el restablecimiento de algunos de los presidios o destacamentos militares, como fueron el de Rinconada y el de Boca de Leones.

OBISPADO DE LINARES

Pero lo que más hizo progresar a la ciudad fue la erección, en 1777, del Obispado de Linares. Por conveniencia geográfica fue escogida aquella ciudad; los primeros prelados, sin embargo, decidieron permanecer en Monterrey. El segundo obispo, fray Rafael Verger, tuvo la intención de mudar el asiento de la ciudad hacia el poniente, por ser más saludable. No logró su propósito, pero sí el de construir el palacio del Obispado sobre la loma llamada entonces Chepe Vera. El tercer obispo, don Andrés Ambrosio de Llanos y Valdés, fue más visionario. Una de sus primeras obras fue la fundación del Seminario (1792). Esta institución educativa, existente en nuestros días, dio gran relieve cultural a Monterrey. Este ilustre prelado, personificación genuina de la ilustración y enciclopedismo de su tiempo, vio que la ciudad no progresaría en el sitio en que estaba. Dispuso entonces una nueva traza en la parte plana, hacia el norte. Habiendo traído consigo al arquitecto Juan Crousset, no sólo la planificó, sino que procedió a la construcción de varias grandes obras; una nueva catedral, neoclásica, “tan grande como la de México”, un convento para monjas capuchinas, y el vasto edificio para el hospital (actual Colegio Civil). A fin de unir lo nuevo con lo antiguo, abrió la calle que por muchos años se llamó de la Catedral Nueva y que luego llevó el nombre del Roble, hasta que en 1906 le fue impuesto el de Juárez. Lamentablemente todo quedó inconcluso, a causa de la incomprensión de las autoridades civiles, que llegaron hasta a dudar del equilibrio mental del prelado, quien murió durante su visita pastoral en el Nuevo Santander.Otras expresiones de progreso se observaron en ese tiempo. El gobernador Herrera y Leyva dio impulso a una industria incipiente: el curtido de pieles. En la transición de los siglos XVIII y XIX fueron abiertos algunos de estos talleres al oriente de la ciudad: mala ubicación por ser el rumbo de los vientos. Para mover estas fábricas, fue construida la Presa Grande. Ello dio origen a la calle de ese nombre (ahora de Diego de Montemayor), así como al barrio de las Tenerías. Fue construido también un puente, en el cual se erigió una estatua a la Purísima, patrona de la ciudad. Fue abierta asimismo una alameda con un canal, en el que las familias paseaban en pequeñas embarcaciones. Este sitio dio nombre a la entonces recién abierta calle de la Alameda (actual del 15 de Mayo).

VIDA ECONÓMICA

Al finalizar la época virreinal, Monterrey seguía siendo una comunidad agropecuaria. La trashumancia ganados menores había sido la principal fuente económica durante las dos centurias transcurridas. El beneficio de la lana propició la apertura de algunos obrajes, en los cuales sólo era permitido fabricar jergas o mantas. Hubo también la fabricación, de carácter doméstico, de jorongos, sarapes, y de las colchas llamadas “del reino”. En cuanto a la agricultura, uno de los cultivos más importantes fue el de la caña de azúcar. Generalizada esta siembra, desde los primeros años abundaban los trapiches que industrializaban la caña con la fabricación de piloncillo. Concentrada en Monterrey la producción de todos los demás pueblos, era conducida a los mercados de Saltillo, Zacatecas y de otros lugares lejanos. Por lo que hace al comercio, durante casi dos siglos no había sido muy floreciente. Una vez al año entraban mercaderes con productos del interior de la Nueva España: loza, jarciería, chocolate, etcétera.

Las tiendas de la ciudad apenas eran tres o cuatro. Nunca hubo alhóndiga por falta de propios para sostenerla. Tampoco fueron redactadas ordenanzas de comercio, por no haber sido necesarias.

ALBORES DEL XIX

La prosperidad de Monterrey, aunque lenta, al comenzar el Siglo XIX, iba en aumento. En el aspecto demográfico la cifra de habitantes en 1803 había ascendido a 6,412. En 1824 el número de pobladores se había elevado a 12,282. Esta halagadora duplicación obedecía, en gran medida, a la afluencia de familias de las zonas en conflicto por la guerra de Independencia de cuyo escenario Monterrey estaba muy alejada. Ello no quiere decir que aquí no hubiese tenido eco el movimiento iniciado en Dolores por el padre Hidalgo. Recibida la noticia fueron organizadas fuerzas a fin de contrarrestar cualquier amenaza insurgente. Cuando en enero de 1811 Hidalgo ocupó Saltillo, destinó a Monterrey a los brigadieres Juan Bautista Carrasco e Ignacio Camargo. El 26 del mismo mes entró a la ciudad Mariano Jiménez, encontrando la adhesión no sólo a nivel popular, pero aun del cabildo eclesiástico de la Catedral. Dos años más tarde, en 1813, guerrillas insurgentes luchaban en la región. El 2 de julio de ese año, la que acaudillaba José Herrera asaltó la ciudad. En la plaza del Mercado (Hidalgo) fueron fusilados varios militantes de la causa libertaria. Ese año fue notable por cuanto por primera vez se conoció aquí la imprenta. Se trataba de una pequeña prensa, capturada en la batalla de Medina, en Texas. En 1814 la ciudad cobró notoria relevancia por la instalación de la Junta Provincial Legislativa, así como por el establecimiento de la Comandancia de las Provincias Internas de Oriente, por el brigadier, Joaquín de Arredondo. Este militar marchó a Soto la Marina a resistir la expedición de Javier Mina. Fue entonces cuando hizo prisionero al personaje más importante dado por Monterrey a la causa de la Independencia: fray Servando Teresa de Mier (1763- 1827). Capturó también la prensa que éste trajo de Londres, segunda que hubo en Monterrey. La Independencia fue jurada aquí el 3 de julio de 1821.

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