Sin autor conocido
Dos ermitaños vivían solitarios cada uno en un islote. Uno de ellos, el joven, se había hecho muy famoso y gozaba de gran reputación; en tanto que su vecino, el anciano, era un perfecto desconocido.
Un día, el ermitaño anciano subió a su barca y navegó rumbo al islote de su famoso vecino. Cuando estuvo frente al joven, le rindió honores haciéndole caravanas y le pidió que le diera instrucción espiritual. El muchacho le dio un Libro muy especial y las instrucciones necesarias para repetirlo.
Agradecido el anciano abordó su frágil embarcación y volvió a su islote. Mientras tanto, el joven ermitaño se sentía orgulloso de que alguien de tan avanzada edad le hubiera solicitado enseñanza.
El anciano se sentía feliz repitiendo lo que decía el libro. Como era una persona humilde y de corazón puro, en la vida no había hecho otra cosa que ser un hombre bien intencionado y, ahora que estaba en la ancianidad, quería superarse con el apoyo del joven maestro.
Una tarde, cuando el joven ermitaño leía los textos sagrados, llegó de nuevo el anciano y, nervioso y compungido, le dijo:
-Venerable maestro: soy un pobre ignorante. He olvidado las sílabas exactas del verso principal del libro que me diste. ¿Puedes decírmelo otra vez para repetirlo según tus instrucciones?
El joven miró al anciano con bondad y pronunció varias veces el verso con detenimiento y claridad.
-Poco podrá avanzar por el sendero este pobre hombre -dijo lleno de orgullo para su interior el muchacho- ni siquiera es capaz de retener un verso.
Pero grande fue su sorpresa cuando vio que el anciano volvía a su islote caminando sobre las aguas.
