Obesidad y diabetes infantil

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Licenciada en Nutrición Laura Isabel Cruz Ángeles

Doctor Diego Benavides Hernández Doctor Euardo García Luna Martínez

boteroninaflorLa obesidad, definida como un exceso de tejido adiposo en el cuerpo, es actualmente considerada un problema de salud pública en el mundo (James et al., 2001; Anderson y Butcher, 2006). En América Latina, la prevalencia de este desorden coexiste con problemas asociados a la desnutrición, y se ha incrementado en las dos últimas décadas, fundamentalmente en poblaciones de nivel socioeconómico bajo, mujeres en edad reproductiva y escolares (Albala y Vío, 2000; Olaiz et al., 2006).

En México, la tendencia en la prevalencia de sobrepeso y obesidad en escolares ha sido evaluada por la Encuesta Nacional de Nutrición (ENN), cuyos resultados se publicaron en 1999 (Rivera-Dommarco et al., 2001) y por la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENSANUT) publicada en 2006 (Olaiz et al., 2006). Los resultados de dichas encuestas muestran que en los niños mayores de cinco y hasta once años, la prevalencia de sobrepeso aumentó de un 18.6 por ciento, a 26.8 por ciento, entre 1999 y 2006. Asimismo, de acuerdo a la ENSANUT, la población de la región norte del país tiene uno de los mayores índices.

Este aumento en la prevalencia de sobrepeso y obesidad en los niños  constituye un serio problema por sus implicaciones a futuro. Al respecto, diversos estudios han mostrado que el desarrollo de sobrepeso u obesidad en la infancia aumenta el riesgo de presentar males crónicos, tales como enfermedades cardiovasculares, hipertensión, diabetes mellitus tipo 2 (DM2) y dislipidemia, entre otras (Dietz, 1998; Reilly, et al., 2003; Barquera, et al., 2007). 

SERIAS IMPLICACIONES DE LA DIBAETES

Lo anterior resulta por demás importante de considerar, ya que la DM2 y sus complicaciones se encuentran entre las principales causas de muerte entre los mexicanos (Olaiz-Fernández, et al., 2007). Además, el desarrollo de diabetes en la infancia y adolescencia aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, insuficiencia renal, deficiencia visual y amputaciones de las extremidades en la adultez temprana (Dietz, 1998; Reilly, et al., 2003).

Por otra parte, es bien conocido también que la obesidad en niños y adolescentes tiene consecuencias inmediatas en los ámbitos psicológico y social. Al respecto, se ha documentado que los niños y adolescentes con obesidad son estigmatizados, y que 50 por ciento de los casos de “bullying” escolar ocurre entre este grupo de la población (Puhl y Latner, 2007; Mclean, et al., 2009; Wang y Veugelers, 2008).

La complicación emocional puede ser tan seria, que inclusive trae como consecuencia que los niños se aíslen y dejen de convivir con otras personas, para estar permanentemente en su habitación con actividades individuales y sedentarias, como lo son los videojuegos y la computadora (Geier, et al., 2007).

 

ESTRATEGIAS DE PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO

En la actualidad, la mayor parte de las estrategias de prevención y tratamiento de sobrepeso y obesidad en la infancia consideran que ambas patologías tienen estrecha relación con el consumo de energía y macronutrimentos, y con los niveles de actividad física (Rolland-Cachera et al., 1995; Deheeger et al., 1997; Davison y Birch 2001; NOM-043-SSA2-2005; NOM-174-SSA1-1998), por lo que se centran en la modificación de los hábitos y las conductas de los niños.

Sin embargo, dichas estrategias tienen eficacia limitada (Golan y Weizman, 2001; Dehghan et al., 2005) ya que al centrarse sólo en los hábitos y las conductas de los niños, se resta importancia al contexto social que las determina (Ortiz, 2002). Al respecto, el enfoque de investigaciones recientes se ha centrado en las conductas maternas relacionadas con la alimentación y la formación de los hábitos alimentarios en la infancia, como factores determinantes en el desarrollo de sobrepeso y obesidad infantil (Birch y Fisher, 1998; Birch, 1999; Fisher et al., 2000).

Las preferencias alimentarias y los patrones de selección de alimentos son conductas fenotípicas, que resultan de la interacción entre los genes y el ambiente (Birch y Fisher, 1998). En este sentido, es importante considerar que si bien los padres proveen los genes, también, especialmente durante los primeros años de vida, proveen el ambiente en el que éstos son expresados. Es así que, durante la infancia, uno de los ambientes más importantes en donde se desarrollan los hábitos relacionados con la alimentación es el del hogar, a través de la convivencia con la familia, en especial a través de las relaciones que se establecen con los padres.

Un fenómeno que se ha observado con respecto al desarrollo del sobrepeso y obesidad en las familias es la agregación familiar de la obesidad, el cual consiste en el mayor riesgo que tienen los hijos de padres obesos de sufrir obesidad (Birch y Fisher, 1998). Al respecto, Flores et al. (2005), observaron que los escolares hijos de madres con obesidad tienen 3.4 veces más riesgo de ser obesos (IC95% 2.96-4.00), en comparación con los niños cuyas madres tienen un IMC normal. Estos resultados fueron ajustados por edad, sexo, escolaridad y talla de la madre, condiciones socioeconómicas e indigenismo.

PREDISPOSICIÓN GENÉTICA

A pesar de que sigue discutiéndose si la similitud en la dieta y la agregación familiar de la obesidad son producto de factores genéticos o influencias ambientales, los estudios tienden a dar más peso a estas últimas (Vauthier et al., 1996; Kromeyer-Hauschild et al., 1999). Bouchard y Perusse (1998) sugieren que los factores genéticos operan en un contexto ambiental particular para producir fenotipos, y que la predisposición genética a la obesidad es expresada cuando los individuos son expuestos a ambientes específicos.

Entre los mecanismos que se han propuesto para explicar la similitud de la dieta entre padres e hijos y la agregación familiar de la obesidad, se encuentran el control materno y el modelaje. Los padres influencian los patrones de alimentación de los niños, no sólo a través de la comida que les preparan, sino también a través de las estrategias que utilizan para asegurar un consumo adecuado y balanceado de alimentos (Jonhson y Birch, 1994).

Al respecto, los padres ejercen control en la alimentación de sus hijos, cuando deciden qué alimentos deben consumir, en qué cantidades y cuándo. Entre las estrategias que utilizan para controlar, se encuentra la restricción o prohibición de ciertos alimentos, así como ofrecimiento o imposición de otros. También se reconoce el uso de amenazas y recompensas para que consuman algunos alimentos y la utilización de éstos como castigo o recompensa, por realizar ciertas actividades o conductas (Birch y Fisher, 1998).

CAUSAS DEL CONTROL

Con respecto al por qué los padres controlan la alimentación de sus hijos, se han identificado tres situaciones que originan dichas conductas. La primera son los problemas para regular su propia conducta alimentaria. La segunda es la percepción de que sus hijos están en riesgo o tienen algún tipo de problema con su peso corporal. La tercera es que los niños muestran falta de regulación en su consumo (Birch y Fisher, 1998). Así, los padres controlan la alimentación de sus hijos, con la creencia de que, al restringir el consumo de ciertos alimentos, sobre todo aquellos de alta densidad energética, pueden reducir la preferencia que tienen sus hijos por ellos y piensan que al promover u obligarlos a consumir otros, como frutas y verduras, pueden hacer que los consuman más.

Sin embargo, Fisher y Birch (1998 y  1999), observaron que restringir el acceso a los alimentos aumenta el deseo de obtenerlos y consumirlos y concluyen que restringir el acceso a los alimentos apetitosos para los niños no es efectivo para promover su consumo moderado. Por otra parte, el control materno puede tener efectos negativos en el mecanismo de autorregulación de consumo de energía del niño.

Al respecto, se ha observado que los niños pueden ajustar natural y adecuadamente su consumo de energía en relación con la densidad energética de los alimentos y las actividades físicas que llevan a cabo (Johnson, 2000). Dicho ajuste está mediado por un complejo sistema fisiológico, en el que están implicadas respuestas mecánicas, metabólicas y hormonales (Birch y Fisher, 1998; Spruijt et al., 2002).

DESINHIBICIÓN ALIMENTARIA

Se sugiere que el control materno deteriora el mecanismo de autorregulación, dado que altera la sensibilidad de los niños para detectar sus señales internas de hambre y saciamiento (Birch y Fisher, 1998). Esto trae como resultado desinhibición alimentaria en el niño. Es decir, el consumo de alimentos, en lugar de estar regulado por señales de hambre y saciamiento, depende de factores externos. Éstos pueden ser disponibilidad de alimentos sabrosos, estado de ánimo o contexto social en el que el niño se encuentre (Stunkard y Messick, 1985; Birch y Fisher, 1998; Towsend et al., 2001).

Otro fenómeno relacionado con la alimentación en el núcleo familiar, y que pudiera representar un factor de riesgo para el desarrollo de sobrepeso y obesidad, es la similitud en la dieta entre padres e hijos. Este fenómeno hace referencia a la correlación positiva entre consumo de energía y macronutrimentos de padres e hijos (Fisher y Birch, 1995; Nguyen et al., 1996; Vauthier et al., 1996). Como parte de los resultados del estudio Framingham, Oliveria et al. (1992) concluyeron que los hábitos alimentarios de los padres afectan la calidad nutrimental de la dieta de los niños en edad preescolar. Krahnstoever y Lipps (2002), observaron que los miembros de una misma familia, en el ámbito del hogar, comparten preferencias y consumo de ciertos alimentos.

Actualmente, el problema de sobrepeso y obesidad infantil va en aumento (Olaiz, et al., 2006), por lo que se están proponiendo paradigmas emergentes que hacen hincapié en los procesos ambientales que influyen las conductas relacionadas con la salud. Si bien las causas del sobrepeso y obesidad en la infancia son numerosas, los resultados observados en diversos estudios ya mencionados previamente, muestran la importancia de considerar el ambiente en el que el niño se desarrolla, para poder elucidar los factores determinantes de la obesidad infantil y sus complicaciones. Sobre todo, la importancia de considerar las decisiones que los padres toman con respecto a la alimentación de sus hijos durante los primeros años de vida, ya que éstas van a afectar el desarrollo de hábitos alimentarios que persistirán a lo largo de toda la vida.

En ese sentido, es muy importante no perder de vista que los padres tienen la capacidad de moldear las preferencias de sus hijos, a través de los alimentos que ellos mismos consumen, de los alimentos que les ofrecen y de las estrategias que utilizan para asegurar el consumo de los alimentos que ellos consideran saludables. Considerar la reeducación de los padres, especialmente en los nuevos padres, se convierte en un asunto relevante para el control de este fenómeno multifactorial.

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