¿Quién sigue?

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José Leal

Sony, CityBank, el Fondo Monetario Internacional (IMF), la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Senado de los Estados Unidos… y la lista crece. Éstos, como muchos otros organismos privados y gubernamentales, han sido obligados a reconocer la vulnerabilidad de sus sistemas de seguridad cibernética por la acción de sofisticadas bandas de hackers como LuzSec y Anonymus, empeñadas en no dejar títere con cabeza. Bases con información de clientes son divulgadas y sitios de Internet “tirados” cotidianamente por ciberpiratas con el sólo propósito de ridiculizar la pretendida seguridad de algunas de las organizaciones más conspicuas y representativas de mundo. Nadie parece estar a salvo.

Hasta el momento las afectadas no han denunciado daños económicos de importancia o la revelación de secretos “de Estado,” vamos, más allá de los sabrosos chismorreos de “Wikileaks” y la bochornosa imposición de banales imágenes sobre los portales de entrada institucionales. Y, aunque en Oriente Medio el hackerismo está convirtiéndose en un poderoso elemento de transformación social, en Occidente ésta nueva forma de disidencia electrónica parece interesada –al menos por ahora- sólo en mantener un asedio permanente con el propósito de demostrar que no hay sistema tan seguro que pueda garantizar la inviolabilidad de su información. El mensaje es claro: cuando de custodiar los secretos de clientes y usuarios se trata -o para el caso los propios- nadie puede llamarse confiable. Ésta, por supuesto, es una afirmación que preocupa a burócratas y empresarios de todo el mundo ya que exhibe sin tregua la fragilidad de las estructuras orgánicas de la nueva economía.

En un mundo cuyo capital social se fundamenta en la aptitud para recavar, procesar y sintetizar información de mercados financieros internacionales, avanzados centros de investigación y desarrollo, etcétera, la seguridad cibernética no es cosa trivial. Datos bancarios, carteras de clientes, patrones de consumo vinculados a segmentos sociales y otros conocimientos vitales son tan valiosos como lo han sido los yacimientos minerales en la era industrial o las tierras de cultivo para las economías agrarias. El que esos grupos clandestinos, revestidos de su peculiar romanticismo socio-electrónico, puedan allanar impunemente tales reservas informáticas es razón suficiente para la aprensión institucional. La importancia histórica de estas escaramuzas virtuales entre los imperios político-económicos del stablishment y las nuevas guerrillas informacionales aun está por verse.

¿Asistimos al derrumbamiento de las estructuras informacionales en que estriba la nueva economía? ¿O, tal vez,  al comienzo de una nueva Historia, quizá la de un mundo más inclusivo, sin barreras ni monopolios informáticos? Del tiempo será el veredicto.

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