A Juárez (Celedonio Junco de la Vega)

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Celedonio Junco de la Vega

 

Para cantar al héroe de legendaria pompa

no lúgubres acentos, sino la voz que rompa

los aires en un himno de estrépito marcial.

Para abarcar el radio de su grandeza augusta

las formidables alas del águila robusta

que hiende los espacios en vuelo colosal,

 

¿Que verbo no ha vibrado su cláusula sonora

por el prestigio excelso de aquel a quien traidora

un día la calumnia clavóle su aguijón?

¿Qué lira no ha cantado la majestad serena

del cíclope que erguido sobre la ardiente arena

impávido resiste la furia del turbión?

 

Su fe de gran demócrata le alienta prodigiosa,

y a destruir le lleva con mano vigorosa

odiosos privilegios de un fuero anti – social.

Para luchar tenía la ley por sola espada;

y siempre hacia lo alto tendiendo la mirada,

paseó por la República la Enseña Nacional.

 

Todo era en aquel indio, titánico y soberbio.

De su virtud estoica, de su pujante nervio,

de su vidente espíritu, de su indomable fe,

para la patria hizo como ferrada cota

donde en inútil golpe su duro acero embota

lo que traición y afrentas y despotismo fue.

 

Del rayo de la guerra fatídico al vislumbre,

mirada como enarbola su lábaro en la cumbre,

ante el rugir potente del mar en Veracruz.

Mirad cómo atraviesa con su leal cohorte,

hasta llegar al linde de la frontera Norte,

sin doblegarse al peso de su opresora cruz.

 

Tras de la pugna épica, sobre el revuelto campo,

el sol de la República doró con ígneo lampo

la mole de granito y el bosque secular.

Y el soñador altivo cuya imperial corona,

de la justicia de hierro derrumba y desmorona,

en féretro sombrío retorna a Miramar.

 

No desmayó en la brega; su espíritu alto y noble

se irguió como en la cima de la montaña el roble

batido inútilmente por recia tempestad.

La obra consumada por su virtud austera,

para su pueblo heroico, para la patria entera,

se llama democracia, se llama Libertad.

 

Con su labor olímpica, sobre la historia

traza un cielo que agiganta la fuerza de su raza;

su nombre es alma y símbolo del credo liberal.

La cima de los andes rebasa con  su gloria;

inunda un Continente la luz de su victoria

y América le erige soberbio pedestal.

 

Para quien supo alzarse con talla de coloso

rompiendo audaz el férreo grillete ignominioso,

no el sollozar doliente, ni el llanto femenil.

La Patria no le llora, lanzando la elegíaca

salmodia por los muertos.  El indio de Oaxaca

recibe en apoteosis un cántico viril.

 

Aquí para su nombre los himnos y las palmas

y el vítor fervoroso que surge de las almas

rendidas al civismo del bravo luchador.

La pompa de los lauros en su broncínea frente,

y ante su augusta imagen el redoblar potente

de las guerreras cajas en honra al triunfador.

 

No el túmulo imponente, sino el marcial trofeo;

no la enlutada gasa, sino el joyante arreo;

no a la sordina el toque del bélico clarín;

no a la mitad del asta la tricolor bandera,

sino tendida al viento, con su águila altanera,

como dosel glorioso del muerto paladín.

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