Cinco de Mayo (poesía)

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Francisco M. de Olaguibel

 

De la noche de ayer un viento airado,

Raudo y evocador como un conjuro,

Nos trae una gran voz, soplo sagrado,

Que es como una promesa del pasado

Para las amenazas del futuro.

 

Revive la epopeya.  El grave coro

De los redobles del tambor se escucha;

Y responde el clarín notas de oro

Que pasan, como un frémito sonoro,

Por el revuelto campo de la lucha.

 

Desfilan los invictos batallones:

Rompe en lluvia de fuego la metralla;

Se desatan en truenos los cañones,

Y ondulan los soberbios pabellones

Sobre el ronco fragor de la batalla.

 

En el crespón de la tiniebla yerta

Despunta el sol de Mayo; a nuestra vista

rasga con su esplendor la sombra incierta…

Mirad: ¡es la victoria que despierta!…

¡Héroes, en pié! ¡La Patria pasa lista!

 

Quiénes eran… La madre que moría,

En la artera invasión los ojos fijos,

Recibió el juramento, en su agonía,

Del sacrificio estoico, que le hacía

¡Un sublime puñado de sus hijos!

 

Y cifrando en el cielo su confianza,

Vio que al combate desigual partieron

Sin un solo presagio de esperanza…

¡Oh, justiciero Dios de la venganza,

A la hecatombe iban y vencieron!

 

Que en alabanza de su afán fecundo

Preludie el himno y se estremezca y vibre,

Dieron su sangre con desdén profundo

Por el orgullo de enseñar al mundo

¡Cómo sabe morir un pueblo libre!

 

¿Y qué es morir al alma noble y fuerte,

Si ve flotar, sobre la pugna fiera,

Sobre las emboscadas de la suerte

Y sobre las traiciones de la muerte

El harapo triunfal de una bandera?

 

¿Qué es sucumbir en la primera fila

Vengando de la patria los agravios,

Con la conciencia impávida y tranquila,

Un rayo de coraje en la pupila

Y un augusto anatema entre los labios?

 

Caer cuando se rinde el cuerpo exhausto,

Pero aún vigor el ánima condensa

Es poder ofrecer ¡destino fausto!

De la vida el espléndido holocausto

¡Y de la muerte la oblación inmensa!

 

Oh, bravas huestes de inmortal memoria,

Por el respeto y la piedad ungidas,

morir por el deber y por la gloria,

¡Es arrancar el fallo de la historia

El austero epitafio de Leonidas!

 

Mas no están muertos. Como en blando nido

La gratitud radiosa los ampara

en el amor del pueblo redimido,

Sus nombres triunfan del culpable olvido

Y cada tumba de ellos es una ara.

 

Que resuene la épica llamada

De honor y surgirán, vivos, despiertos;

Blandiendo aún la formidable espada;

Serenos; en lo alto la mirada

Y el corazón… ¡Mentira no están muertos!

 

¡Que calle la cobarde y plañidera

Elegía que llora y que contrista!

¡Vuele la estrofa rauda y altanera!

¡cante el peón y ondule la bandera!

¡Héroes, en pié!…¡La Patria pasa lista!…

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