por Keith Raniere
El Abuelo era un creador de magia.
Lo que más recuerdo del Abuelo eran sus pantalones: sencillos, simples, a la antigua y prácticos, sostenidos por un simple cinturón. Mis recuerdos probablemente tienen un cierto sesgo debido a que mi percepción, en aquel tiempo, estaba enfocada mas o menos a la altura de la pierna de un adulto (las aventuras y tragedias de un niño de 4 años con frecuencia giran en torno a incidentes que ocurren a la altura de una pierna adulta).
El abuelo era más tieso que mi papá; de algún modo esto me parecía fortaleza. Aunque mi padre siempre parecía altamente competente—y a esa edad, me parecía infalible—mi abuelo de alguna manera parecía aún más confiado e inamovible.
Como si el mundo se moviera para él a donde quiera que fuera y nada le resultara difícil.
Mi abuelo venía de una familia rica de italianos muy selváticos. Mi padre me dijo que nuestra familia era responsable de la construcción de muchos de los edificios en Brooklyn, Nueva York. La casa de mi bisabuelo estaba llena de objetos opulentos, candelabros, un gran piano, y otros accesorios de la vida exitosa.
Mis ancestros italianos eran bastante influyentes y entre las personas con quienes comparto apellido hay un santo—el santo patrono de Pisa—y un ex-cardenal.
Pero algo había pasado durante la juventud de mi abuelo, una especie de problema que lo había separado del resto de la familia. Los detalles de esta historia son vagos y la mayoría de los involucrados no querían hablar de ello. Pero mi abuelo, con una sonrisa honorable, modestamente decía que él quería cosas diferentes de la vida que el resto de la familia, y que no era social ni deseaba cosas materiales. Prefería una vida simple sin tantas ocupaciones.
Así que llegó a haber este cisma en mi linaje. Mis abuelos y algunos de sus hermanos y hermanas no se asociaban mucho con el resto de la familia. De hecho, tengo muchos parientes que jamás he conocido.
La historia continúa con que mi abuelo se retiró del negocio familiar, y los círculos sociales de la familia, y se contentó con hacer trabajos manuales para alimentar a su familia creciente.
Para cuando conocí a mi abuelo, él era un hombre humilde, casi introvertido, y trabajador que había sacado adelante a su esposa y dos hijos a través de una gran depresión y una guerra mundial. No tenía altas aspiraciones ni jamás se le consideraría un soñador.
Es irónico que este hombre simple y sin adornos, de pocas palabras y grandes responsabilidades sería el que traería la magia a mi vida.
Literalmente, eso fue lo que pasó; mi abuelo me enseñó trucos de magia: pero más importante que las sutilezas de su arte era la chispa de verdadera magia en sus ojos mientras me enseñaba. Con mi abuelo, contra su eficiencia directa y sin rodeos, vino la experiencia de lo infinito: de él aprendí a maravillarme y aprendí la belleza del amor.
Se sentía como si experimentar la magia conmigo fuera la alegría de su vida; ahora que soy mayor—casi de la edad qué el tenía cuando yo nací—empiezo a entender que quizás esto era cierto.
La magia es el milagro de experimentar algo que no entendemos: como la sorpresa de un niño frente a los trucos bien practicados de su abuelo—o el re-descubrimiento por parte del Abuelo de la experiencia pura e inocente a través de los ojos de ese mismo niño.
¡La magia es simplemente gozo indescriptible y maravilloso!
¿Por qué ciencia cuando se puede tener magia?
Mi padre era diferente que el Abuelo.
Mi abuelo era un co-experimentador (y un co-conspirador) en mis actividades y vida. A mi siempre me dijeron que los abuelos “chiflaban” a los niños; y era la misión de los padres darles disciplina. Este claramente era el caso en mi niñez: mis abuelos siempre traían regalos, siempre estaban de buen humor y siempre todo salía bien. Yo jamás pude creerle por completo a mi padre cuando me platicaba con orgullo cuan estricto había sido mi abuelo como papá. Simplemente no podía imaginarme a mi abuelo ser otra cosa que sonrisas y ojos tiernos.
Supuestamente, según mi padre en momentos de disciplina, yo provenía de un largo linaje de perfeccionistas de extraordinaria habilidad. Para ganarme los elogios de mi padre tenía yo que desempeñarme a niveles de cada vez mayor exigencia.
Con frecuencia, yo alcanzaría un nuevo nivel de logro en el judo, el béisbol o alguna otra actividad, sólo para ser recibido por la suprema alabanza de mi padre: me miraba y me decía simplemente, “bien”.
¡Para mi eso era lo máximo!
De mi padre aprendí que era realmente posible acercarse a la perfección: mientras más trabajaba uno, más podía lograr y esto podía continuar casi ilimitadamente. Ciertamente, siempre había algo que mejorar una vez alcanzado cierto nivel de logro.
A través de mi padre, obtuve una mente científica y autoestima.
Supongo que la lucha humana es muy parecida a tener tanto a mi abuelo como a mi padre: nacemos con el asombro por la vida, una experiencia del amor, y la magia de la existencia. Esto nos lleva a explorar (esa es la parte del Abuelo). Para vivir, necesitamos desempeñarnos así que desarrollamos nuestra ciencia para construir nuestras vidas en el mundo físico (he ahí papá). Pero si sólo logramos sin conservar nuestro asombro, o si perdemos nuestra experiencia al desempeñar nuestras vidas, perdemos todo.
¿Qué es eso?
Al principio, todo era magia—incluso si no hubo principio, eso, en sí, es magia.
Luego, conforme las funciones de la memoria humana, el pensamiento, y el concepto del tiempo fueron desarrollándose, surgió la descripción humana.
La tendencias naturales de los humanos a comparar y contrastar—en base a mecanismos fisiológicos necesarios para la supervivencia—son las bases del proceso descriptivo.
Cuando describimos una cosa, decimos que tenemos conocimiento de—y que por lo tanto podemos predecir a—la cosa y atribuirle propiedades por inferencia.
Por ejemplo, supongamos que yo describo una toalla diciendo que es “roja”. Con la palabra “roja” viene un concepto de “rojez”. Así que al describir la toalla como roja le he impartido propiedades de predicción aún no observadas a la toalla: a un toro le enfurecería, un espectrómetro registraría ciertas lecturas, y una persona con cierto tipo de ceguera de color no podría distinguirla de otros objetos a los que nosotros llamamos verdes. La lista puede extenderse fácilmente.
Hay aquí una buena cantidad de supuestos en base a una sola descripción.
En un sentido muy fantástico, toda la historia humana ha moldeado y acumulado los supuestos detrás del término “rojo”. ¡Imagínese! La rojez de la antigua Grecia era muy diferente que la rojez de hoy: todos esos miles de millones de personas que usaron, refinaron y profundizaron el concepto de la rojez, sólo para que nosotros casualmente se lo otorguemos a una toalla.
Cuando le aplicamos este término a la toalla, y observamos el desempeño de la misma, nosotros también ayudamos a progresar y cambiar el significado de “rojo”.
Usar una descripción, le añade y la modifica; así que no puede Ud. describir cosa alguna con precisión.
Para los humanos, la ciencia es descripción.
La pared
El abuelo tenía un nuevo acertijo que quería mostrarme. Vera Ud., para el Abuelo, los acertijos y la magia eran diferentes maneras de hacerme la misma pregunta, “¿cómo?”
El abuelo me puso de frente a una pared como a un metro de distancia. Cuidadosamente me indicó, “Quiero que toques la pared con la punta de tu pié, pero aquí está el problema: cada paso que tomes hacia la pared deberá cubrir exactamente la mitad de la distancia restante.” Empezó a demostrarme tomando los primeros tres pasos y luego añadió, casi retándome como si él fuera un niño, “A que no puedes!”
Rápido entendí lo que había que hacer y luego REALMENTE entendí: ¿Cómo era posible que tocáramos cosa alguna? Cada vez que se aventura Ud. a hacer contacto con una superficie debe de pasar a través de todos los puntos intermedios, igual que con el ejercicio de caminar hacia la pared. Es como si tomara pasos cada vez más y más rápidos pero ¿qué sucede durnate ese último instante cuando de alguna manera da el último brinco que lo lleva hasta la pared?
¡No se puede! ¡Buen acertijo Abuelo!
La voz de mi padre retumbaba en mi cabeza, “Por supuesto que si tocamos cosas, así que debe haber una manera.” Así se dio en mi vida el conflicto metafórico entre lo práctico y lo desconocido, la ciencia y la magia.
Por un tiempo, le estuve preguntando a mi padres—y a mi abuelo—“¿Cómo es que se puede tocar algo?”
Nadie me contestaba; sospecho que muy pocos REALMENTE entendían, o a muy pocos les importaba, el dilema.
Mi persistencia perfeccionista, heredada ya sea genética o psicológicamente de mi padre, estaba a punto de complicar mi problema.
Después de lo que parecieron años de contemplar este problema, sin una fuente u hoja de instrucciones para ayudarme a obtener mi respuesta, descubrí por mi padre que mientras más caliente estuviera un objeto más rápido se enfriaba. Esto me puso a pensar acerca del enfriamiento, y de cómo cada objeto, recién puesto en el refrigerador, necesitaba enfriarse más y más cerca (¿empieza Ud. a ver mi problema?) de su temperatura final. ¿Cómo es que estos objetos llegaban alguna vez a alcanzar su estado final frío?
Afortunadamente, en este punto de mi infancia, yo tenía un perro, y había experimentado que mi perro tuviera pulgas. Después de colocar adecuadamente el collar protector, las pulgas parecían brincar del perro hasta que ya no quedaba ninguna.
¿Brincaba el calor de la lata de refresco en la hielera como las pulgas de mi perro?
Me imaginé una nube de mini-gotas de calor saltando de la lata, cada vez en menor cantidad, hasta que la última saltara.
Una idea muy fresca (disculpe el juego de palabras). Así que hasta que aprendí más ciencia para ampliar mis teorías, pensé que el calor era más como un rocío que un vapor. También razoné que el tiempo en el universo estaba prendiéndose y apagándose, como una luz estroboscópica. Esto era quizás lo que nos permitía tocar objetos, al cruzar la distancia final durante el estado “apagado”.
Yo me sé ese truco Abuelo
¿La ciencia destruye a la magia?
He aquí un bocado: hasta donde podemos describir, la descripción de un objeto no es el objeto. Si eventualmente describiéramos el universo por completo, profunda y precisamente, no sólo eliminaríamos el libre albedrío (haciendo inútil toda descripción), sino que también eliminaríamos la aleatoriedad, creatividad y posiblemente la auto-conciencia. Todo esto asume, por supuesto, que podemos cruzar el abismo entre la descripción de una cosa y la cosa en sí—una especie de descripción profunda, que sería no sólo sombra, sino esencia.
Mi abuelo era muy inteligente, pero no muy intelectual. Disfrutaba ampliamente mi gimnasia cerebral y, una vez terminado todo, podía reírse y decir, “Ah, todas esas cosas Keith, te estás complicando mucho—¡pero sí que disfrutas un buen acertijo!”
Para él, mi disfrute era un factor importante—la experiencia superaba al desempeño.
Para el Abuelo, saber el truco o la respuesta no era tan importante como usarla para ayudar a otros a sentir asombro—usaba la ciencia del desempeño para crear más magia. Pienso de la ciencia lo siguiente: no destruye a la magia; la magia es nuestra naturaleza, la magia es de donde venimos. La ciencia nos ayuda a descubrir magia más profunda.
Al principio existía la magia, porque no había humanos que la describieran. Era, y es, el alfa y el omega, probablemente para siempre fuera de nuestro alcance, para sólo ser aproximada mediante la descripción.
Sin importar qué tan bien describamos cosa alguna, no podemos causar a la cosa, y no sabemos si nuestra descripción es acertada. Aún si plena y consistentemente describiéramos al universo entero, a fin de cuentas no tendríamos prueba alguna de estar en lo correcto. En todo momento, hasta donde sabemos, la gravedad misma podría desaparecer y jamás sabríamos de hecho por qué; sólo podríamos crear una descripción plausible. La causa esencial de cualquier cosa, por lo tanto, es mágica para siempre—probablemente más allá de nuestra cognición humana.
Misticismo
Es desafortunado que algunas personas usen al misticismo como una fuerza adversaria contra, o un impostor de, la ciencia. Esta de hecho no es la naturaleza del misticismo. Ni mi padre ni mi abuelo habrían permitido esto—ambos respetaban demasiado tanto a la magia (la esencia del asombro) como a la ciencia.
El misticismo no es para usarse. Sólo es. El misticismo es experimentar una verdad personal mediante un mecanismo más allá de la descripción. Cuando se convierte al misticismo, que es experiencia, en una herramienta de descripción, le volvemos impostor de la ciencia. En realidad, es el misticismo descriptivo el que caerá ante el progreso de la ciencia.
De forma muy opuesta, la magia y la ciencia, van de la mano como compañeras de la humanidad; la magia es la inspiración, y la ciencia el desempeño, abuelo y padre, a través de los siglos.
Ahora que mi abuelo ya no está en este mundo, estoy tan contento de haberlo conocido como un creador de magia porque ahora, lo que es la más grande de las proezas, él está en todo para mi.
Traducción del inglés por Farouk Rojas
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