Sin autor conocido
Se cuenta que en un pequeño pueblo situado en una abrupta montaña había tres caminos: uno llevaba a la ciudad, otro hacia el mar y del tercero se desconocía el destino, ya que nadie se había atrevido a recorrerlo porque se contaban cosas de horror que en él acontecían.
Por fin, un joven audaz, -como todos los jóvenes- empezó a preguntar con insistencia: ¿a dónde lleva realmente este camino? Y todos a los que hizo esta pregunta, respondían ¡a ninguna parte!
-¿Pero, hasta dónde llega?
-A ninguna parte, le respondían.
-¿Entonces por qué lo hicieron?
-Nadie lo hizo, siempre ha estado allí, le contestaban.
El muchacho dijo para sí: ¡Yo quiero recorrerlo! Y apenas empezó a divulgar su intención, todos trataron de desanimarlo:
-Eres un cabeza dura, ya te hemos dicho que nadie lo conoce.
-Eres un tonto, te vas a morir, le gritaban.
-Nadie ha regresado, le señalaban.
-Te vas a perder, le advertían.
¿Pero si nadie lo ha recorrido y nadie ha regresado, cómo es posible que lo conozcan? insistía el muchacho cada vez más convencido y decidido a recorrer el camino. Un día salió temprano y todavía en la oscuridad inició el recorrido; sorteó barrancos, desfiladeros, matorrales, arroyos y peligros varios, hasta que descubrió frente a él una enorme muralla que protegía un hermoso castillo, al que entró luego de sobreponerse a la emoción de aquel descubrimiento.
Una vez dentro, pudo extasiarse con la belleza, el aroma y las riquezas que aquel castillo guardaba. Tomó cuanto quiso y cuanto pudo, y con este extraordinario cargamento regresó a su pueblo en el que mucho lo habían extrañado. Repartió entre la gente aquellos tesoros y los invitó a que fueran personalmente a conocer el castillo y a tomar de él, la riqueza que guardaba para todos.

