La mejor maestra

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Sin autor conocido

El primer día de clases, la maestra del 5º  grado de primaria, les dijo a sus nuevos alumnos que a todos los quería por igual. Pero eso era una mentira, porque en la fila de adelante se encontraba hundido en su asiento David, a quien la profesora  conocía desde el año anterior y había observado que él era un niño que no jugaba bien con los otros, que sus ropas estaban desaliñadas y constantemente necesitaba un baño. Con el paso del tiempo, la relación entre la profesora y David se volvió desagradable, a tal punto que ésta sentía mucho gusto al marcarle sus tareas con grandes taches en color rojo y poner un gran «5» en el encabezado.

Un día la escuela le pidió a la maestra que revisara los expedientes anteriores de cada niño de su grupo y ella puso el de David hasta el  final. Sin embargo, cuando revisó su archivo, se llevó una gran sorpresa.

La maestra de primer grado de David escribió: «David es un niño brillante con una sonrisa espontánea. Hace sus tareas limpiamente y tiene buenos modales; es un deleite tenerlo cerca».

Su maestra de segundo grado escribió: «David es un excelente alumno, apreciado por sus compañeros pero tiene problemas debido a que su madre tiene una enfermedad incurable y su vida en casa debe ser una constante lucha”.

Su maestra de tercer grado escribió: «La muerte de su madre ha sido dura para él. Trató de hacer su máximo esfuerzo pero su padre no mostró mucho interés y su vida en casa le afectará pronto si no se toman algunas acciones».

Su maestra de cuarto escribió: «David es descuidado y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones se duerme en clase».

En este momento la maestra de Quinto se dio cuenta del problema y se sintió apenada consigo misma. Se sintió todavía peor cuando al llegar la Navidad, todos los alumnos le llevaron sus regalos envueltos cada uno de ellos en papeles brillantes y con preciosos listones, excepto David, su regalo estaba torpemente envuelto en un pedazo de papel café que tomó de una bolsa del súper.

Algunos niños comenzaron a reír cuando ella encontró dentro de ese papel un brazalete de piedras al que le faltaban algunas y la cuarta parte de un frasco de perfume. Pero ella minimizó las risas de los niños cuando exclamó: – ¡Que brazalete tan bonito, poniéndoselo y rociando un poco de perfume en su muñeca!

David se quedó ese día después de clases solo para decir: – «Maestra, hoy usted olió como olía mi mamá». Después de que los niños se fueron, ella lloró por lo menos durante una hora.

Desde ese día ella renunció a enseñar solo lectura, escritura y aritmética. En su lugar, ella comenzó a enseñar valores, sentimientos y principios a los niños. La maestra le tomó especial atención a David. A medida que trabajaba con él, su mente parecía volver a la vida. Mientras más lo motivaba, más rápido respondía. Al final del año, David se había convertido en uno de los niños más listos de la clase y a pesar de que ella decía que quería

a todos los niños por igual, David se volvió su consentido. Un año después, ella encontró una nota de David debajo de la puerta del salón, diciéndole que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasaron seis años antes de que recibiera otra nota de David. Él entonces le escribió que ya había terminado la preparatoria, había obtenido el tercer lugar en su clase, y que ella todavía era la mejor maestra que había tenido en su vida.

Cuatro años después, recibió otra carta, diciéndole que no importando que en ocasiones las cosas hubieran estado duras, él había permanecido en la escuela y pronto se graduaría de la Universidad con los máximos honores. Y le aseguró a la maestra que ella era aun la mejor maestra que él había tenido en toda su vida.

Luego pasaron otros cuatro años, y llegó otra carta. Esta vez le explicó que después de haber recibido su titulo universitario, él decidió ir un poco más allá. Y le volvió a reiterar que ella era aun la mejor maestra que él había tenido en toda su vida. Solo que ahora su nombre era más largo y la carta estaba firmada por el Dr. David, Máster en Bioquímica, Egresado de la Universidad.

El tiempo siguió su marcha y en una carta posterior David le decía que había conocido a una chica y que se iba a casar. Le explicó que su padre había muerto hacia 2 años y le preguntó si accedía a sentarse en el lugar que normalmente esta reservado para la mamá del novio. Por supuesto que ella accedió.

Para el día de la boda usó aquel brazalete con varias piedras faltantes y se aseguró de usar el mismo perfume que le recordó a David a su mamá la última Navidad. Ellos se abrazaron y el Dr. David susurró al oído de su maestra: – «Gracias mamá por creer en mi. Muchas gracias por hacerme sentir importante y por enseñarme que yo podía hacer la diferencia». La maestra, con lágrimas en sus ojos, le susurró de vuelta diciéndole: – «David, tú estás equivocado. Tú fuiste el que me enseñó a enseñar hasta que te conocí».

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