Correo político

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Aboga Víctor Hugo ante Juárez, por la vida de Maximiliano

El brillante escritor francés Víctor Hugo escribió, el 27 de junio de 1867, una carta dirigida al presidente de México, Benito Juárez, para interceder por la vida de Maximiliano. Desde luego, Víctor Hugo ignoraba que Maximiliano ya había sido ejecutado en la mañana del 19 de junio de ese mismo año, en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, junto con sus generales Miramón y Mejía. Sin embargo, esa carta, consignada en la sección del Correo Político, del diario Le Figaro (El Fígaro) constituye un valioso documento histórico, que se reproduce a continuación:

(El Fígaro, jueves 27 de junio de 1867). Traducción del francés de Félix Ramos Gamiño

Víctor Hugo acaba de escribir a Juárez una carta que nos trae a la memoria su elocuente intervención en favor de John Brown y Burke. He aquí ese curioso texto, tal como lo publicó ayer “La Libertad”; es decir, con los cortes que la prudencia exige:

Al Presidente de la República Mexicana.

Juárez, usted ha emulado a John Brown.

La América de nuestros días tiene dos héroes: John Brown, por quien ha muerto la esclavitud, y usted, por quien ha vivido la libertad.

México se ha salvado por un principio y por un hombre. Ese hombre es usted.

. . . Por una parte, dos imperios; por la otra, un hombre; un hombre acompañado por un puñado de otros hombres; un hombre perseguido de aldea en aldea, de pueblo en pueblo, de floresta en floresta; acosado, errante, confinado en las cavernas como una fiera salvaje, lanzado al desierto, con la cabeza puesta a precio. Por generales, algunos desesperados; por soldados, algunos desharrapados. Sin dinero, sin pan, sin pólvora, sin cañones. Por ciudadela, los matorrales. Aquí, la usurpación, llamada legitimidad. Allá, el derecho, llamado bandido. La usurpación, con la vanguardia de todas las legiones de la fuerza; el derecho, solo y desnudo. Usted -el derecho-, usted ha aceptado el combate.

La batalla de Uno contra Todos ha durado cinco años. A falta de hombres, usted ha tomado los elementos como armas. El clima, terrible, le ha socorrido. Usted ha tenido su sol como apoyo. Usted ha tenido como defensores los lagos infranqueables, los torrentes infestados de caimanes, los pantanos invadidos por las fiebres; la vegetación malsana, el vómito prieto de la tierra caliente, la soledad del desierto; esos inmensos arenales sin agua y sin hierba, donde los caballos mueren de sed y de hambre; la  gran meseta de Anáhuac, que se protege con su propia desnudez, como Castilla; las planicies bordeadas por abismos, siempre con la emoción del trepidar de los volcanes, desde el de Colima, hasta el Nevado de Toluca.

Usted ha implorado el auxilio de sus barreras naturales: la aspereza de sus cordilleras, los majestuosos diques de basalto, las colosales rocas de pórfido. Usted ha hecho la guerra de los gigantes, combatiendo a golpes de montaña.

Y un día, después de cinco años de humo, de polvo, de ceguera, los nubarrones se han disipado: y hemos visto dos imperios por tierra. Ya no hay monarquía. Ya no hay ejército. No queda sino la enormidad de la usurpación en ruinas. Y, sobre este montón informe, un hombre permanece de pie: Juárez, y, al lado de este hombre: ¡La Libertad!

Usted ha hecho eso, Juárez. Y eso es grandioso. Pero lo que le queda por hacer es más grandioso todavía.

Ponga atención, ciudadano presidente de la República Mexicana.

Usted acaba de demostrar el poder de la democracia. Ahora, muéstrenos cuán bella es. Muéstrenos la aurora después de la tormenta. A los bárbaros, enséñeles la civilización. A los déspotas, muéstreles los principios.

Déles a los reyes, ante el pueblo, la humillación del aniquilamiento.

Acabe con ellos por medio de la piedad.

Nuestros principios se fortalecen principalmente por la magnanimidad que mostramos hacia nuestros enemigos. La grandeza de los principios radica en ignorar. Ante los principios, los hombres no tienen nombres. Los hombres son el hombre. Los principios no reconocen a nadie, sino a sí mismos. En su estupidez augusta, no saben sino esto: La vida humana es sagrada. ¡Oh, venerable imparcialidad de la verdad! El derecho, sin capacidad de discernimiento, preocupado solamente por ser el Derecho. ¡Qué belleza!

Y, precisamente ante aquéllos que, legalmente, habrían merecido la muerte, destaca la importancia de renunciar a esta vía de hecho. La más espectacular demolición del patíbulo se realiza en presencia del culpable.

¡Que el violador de los principios deba su salvación a un principio! ¡Que tenga esta dicha y esta vergüenza! ¡Que el perseguidor del derecho sea protegido por el derecho mismo! Al despojarlo de su falsa inviolabilidad, la inviolabilidad real, usted pone al descubierto la inviolabilidad verdadera: la inviolabilidad humana.

Que se quede atónito al contemplar que el motivo por el cual es sagrado, es el motivo por el cual no es emperador. Que este príncipe, que no se sabía hombre, sepa que en él existe una miseria: el príncipe; y una majestad: el hombre.

Nunca antes se había presentado tan magnífica oportunidad…

Juárez, haga usted que la civilización dé este paso inmenso. Juárez, eche usted por tierra la pena de muerte. Que el mundo sea testigo de este hecho prodigioso: La Nación, en el momento de aplastar a su enemigo vencido, se da cuenta de que se trata de un hombre, lo libera y le dice: “Tú, como los demás, eres pueblo. ¡Vete!”

Juárez, ésta será su segunda victoria. La primera: vencer a la usurpación, es soberbia; la segunda: perdonar al usurpador, será sublime.

. . . Sí, a este príncipe, a quien obedecen los jueces; a esos jueces, a quienes obedecen los verdugos; a esos verdugos, a quienes obedece la muerte, muéstreles cómo se perdona la cabeza de un emperador.

Por encima de todos los códigos de la monarquía, de donde caen gotas de sangre, abra usted la ley de la luz, y, en el centro de la página más santa del libro supremo, ¡que se vea el dedo de la República posado sobre esta orden de Dios!:

No matarás.

En estas palabras está contenido el deber.

El deber lo cumplirá usted.

¡El usurpador será salvado!  ¡El liberador no pudo, desgraciadamente, ser salvado también!

Hace ya ocho años, el 2 de diciembre de 1859, con el derecho del recién llegado, tomé la palabra en nombre de la democracia, y pedí a los Estados Unidos la vida de John Brown. No la obtuve. Ahora pido a México la vida de Maximiliano. ¿La obtendré?

¡Sí! Es más, tal vez para este momento sea ya un hecho.

Maximiliano le deberá la vida a Juárez.

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