Ismael Vidales Delgado
Ayer sentí pena. Vi a una chica -o lo que quedaba de ella- morir en vida. La vi consumiéndose poco a poco, lentamente, como un leño que alimenta el fuego de la chimenea, que tiene su momento de brillantez pero al final termina, muere.
Más le valía seguir siendo árbol, seguir siendo vida. Por desgracia el leño no puede elegir su suerte, pero tú sí.
¿Cómo se habría iniciado? Tal vez por curiosidad, después, la dulce embriaguez de su alucinación la convirtió sutilmente en una esclava hasta que llegó su fin, no sé si en la mitad de la calle debajo de las ruedas de un camión, tal vez en un muladar oscuro o en el sueño profundo de la sobredosis, no lo se, pero su fin ocurrió antes de lo esperado.
Eso pasó hace un año Andrea. Amiga, ¿recuerdas cómo fue?. Estábamos en una fiesta, tu sentada en un sillón cuando el chico aquél se te acercó. Charlaron un rato, simpatizaron, te ofreció un refresco…creo que así empezó todo. Luego, la esclavitud, las instituciones, los hospitales, promesas, recuperación, recaídas…un círculo sin fin, un abismo.
Tu escribías poemas, lo recuerdo, eran buenos poemas, tú misma eras como un poema. Te moriste Andrea. Antes de morir ya estabas muerta, de viaje en viaje te perdiste dentro tu propio cuerpo, de tu envenenado cuerpo, te moriste amiga Andrea.
Ahora estás medida por una cama de hospital, nos falta tu presencia, Te fuiste. Dicen que fue una sobredosis. Dicen que fue lo mejor, que por fin conseguiste lo que querías: ser libre. ¡Vaya forma de entender la libertad!
Te extrañamos Andrea, y aunque lo dudes, tu muerte nos infundió vida a todo el Colegio, lloramos tu ausencia y nos sirves de ejemplo de lo que no debe ser.
Te abrazo con cariño pequeña y extraña poeta.
