Pobreza programada: el despido como fuente de riqueza

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Gabriel Contreras

Escultura de la miseria de 1930 en el Memorial FDR

Veamos esta nota, puesta en circulación en marzo del 2011, en la Red. “Según fuentes internas de la propia compañía en la división de Acciona Energía que se encuentra ubicada en Pamplona, Navarra, se están realizando en el día de hoy una serie de despidos que están afectando a varios departamentos de la compañía”.

No hay rueda de prensa, ni spots de TV, el despido se aplica y ya:

“No existe ningún comunicado oficial ni de Rafael Mateo ni de Carmen Becerril, los máximos dirigentes de la división de Acciona Energía. Además, tampoco ha sido comunicada con anterioridad a ninguno de los empleados por ningún medio, siendo hoy su primera noticia”.

En la parte final de la nota se nos revela lo esencial: el despido está afectando a la casi totalidad de la planta. Pues bien, lo importante de señalar en este caso, es que así como esta empresa en Pamplona, numerosos grupos industriales, por ejemplo CEMEX desde Monterrey y a nivel global, tienen en marcha una ruta de despidos que, más que dañar, parecen fortalecer sus finanzas. Los únicos afectados, en esos casos, son los trabajadores. Es decir, el procedimiento es: para generara más y mejores ingresos, se tira a la basura al empleado, así la empresa vive mejor.

Estas escenas, enlazadas a muchas otras, podían preverse casi desde los años noventa. Se trata de una forma de la pobreza que, paradójicamente, genera riqueza. Eso lo abordó, por cierto, Viviane Forrester hace ya bastantes años. Veamos.

En medio de la globalización y la nueva economía viven no solamente ejemplos de riqueza insospechada, monstruosas formas de la acumulación de bienes y propiedades, sino que también habita la pobreza elevada a su máximo nivel de sufrimiento y deterioro. Y el retrato de estas formas extremas de desigualdad es algo que ya se anticipaba en los libros de Viviane Forrester cuando apenas comenzaba el siglo.

El suyo es un planteamiento inquietante, que en su momento resultó profundamente atractivo, demoledor, explosivo, y por cierto no sólo para el medio intelectual europeo; hoy, su visión sigue latiendo como un referente en materia de reflexión crítica, provocando un acercamiento feroz y decidido al capitalismo en sus días de mayor encono y filo.

“Una extraña dictadura” y “El horror económico” aparecieron como de pronto en un horizonte que parecía la mar en calma. Eran algo así como libros de economía sin barras, sin quesos, sin cifras, prácticamente sin estadísticas, o tal vez libros de política en los que no aparecían celebridades de partido, ni siglas de ONGs, ni constantes fechas de esta o aquella batalla, en fin que estos libros eran y son otra cosa.

Los de Forrester son libros que vinieron a sacudirnos, páginas que perpetran, en suma, ideas económicas y políticas alejándose de los modelos usuales de exposición ensayística, y abriendo al mismo tiempo el debate a los profanos, los plebeyos, los no profesionales, o sea… todos nosotros.

Esos libros son importantes porque abordan, de manera un tanto desparpajada pero eficaz, las grandes cuestiones de nuestro tiempo, como la globalización, la mundialización, el llamado pensamiento único, en fin: el derrumbe de la ilusión de bienestar.

Según Forrester, el concepto de globalización, al que por cierto califica de impreciso y nebuloso, resulta ser una herramienta a través de la cual se frena o se oculta el descontento, sustituyendo la crítica potencial por la conformidad a secas. Es decir, ante la agresión surge la sumisión, la obediencia.

Quizás porque no proviene del ámbito económico, sino de los terrenos de la literatura y la crítica, Viviane Forrester pudo abordar estas cuestiones en forma directa y frontal.

Comenzaba una nueva época para el mundo, se supone, pero, sin jolgorios, las librerías francesas despachaban más y más ejemplares de “Una extraña dictadura”. Así, mientras en la Torre Eiffel se hacía la celebración del nuevo milenio, en las calles varios millones de desempleados franceses, africanos o sudacas parisinos, esperaban la llegada de un llamado que jamás llegaría. Por un lado, la prosperidad de la ganancia se extendía como una gala operística, mientras que por el lado contrario la pobreza asolaba a sectores alarmantes de Francia, Inglaterra, Europa entera. Esa es la coyuntura en la que surgen “El horror económico” y “Una extraña dictadura”. ¿Cuál es la propuesta básica de estos ensayos? Antes que nada, son textos en los que el debate político se saca de sus márgenes acostumbrados para ponerse en manos de todos, es decir de cualquiera. Y sumado a ello tenemos que el objeto económico, en este caso, no es tan abstracto como suele serlo (índices, caídas de la bolsa, estadísticas abrumadoras) sino palpable y contundente: la pregunta es simple: ¿Por qué en medio de tanta riqueza hay tantos desempleados, tantos despidos, tanta miseria, tanta gente que tiene que vivir con un dólar al día?

Forrester nos muestra, en unas cuantas pinceladas, como el recurso del despido masivo

Forrester no evade la cuestión: el despido masivo genera ganancias, estabiliza a numerosas empresas y es, en general, un gran generador de riqueza. Así pues, el despido en masa no es un accidente ni una “desgracia”, es una manera de estimular la economía global, ya que fortalece la producción de utilidades y ganancias. En “Una extraña dictadura”, Forrester nos muestra a las claras cómo Shell, Monoprix, Rover, Volvo, Panasonic, Texaco, Johnson and Johnson, Citigrup y Elf, por ejemplo, alimentan su nivel de competencia, sus ganancias y su lugar en la carrera de la bolsa a través del despido en masa. Mientras más trabajadores despiden, mejor suerte ven cada mañana. Esa es una de las claves principales de los dos libros de Forrester. El otro factor destacable es, precisamente, la idea de que, en el marco de la llamada globalización vivimos una especie de nuevo régimen, una nueva forma de “dictadura” en cuya base radica una invariable: la búsqueda de “beneficio”. De esta manera, independientemente de quien ostente los cargos políticos o la presidencia de tal o cual país, lo que permanece como dominante en el escenario social es la lucha por la acumulación de utilidades, bienes económicos y poderío industrial o postindutrial. La idea fija es la ganancia, Se trata de una “dictadura sin dictador”, en cuya maraña anónima se diluyen los gobernantes, para dejarle su lugar a los empresarios, los hombres del capital. Se trata del triunfo de la economía sobre la política, o prácticamente de la sustitución de una por otra. A todo eso, Forrester lo identifica con una expresión, que parece sencilla y elemental… tal vez lo es: el ascenso del ultraliberalismo.

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