Por Pierre Delannoy. (Tomado de Paris Match. Traducción de Félix Ramos Gamiño).

Otzi, el cazador de los Alpes, habría sido asesinado con una flecha en la espalda. Los expertos “investigan” cómo.
Otzi habría sido asesinado hace cinco mil 300 años, en los Alpes del Ötztal (de ahí su nombre), en la frontera de Italia y Austria. Su cadáver, perfectamente conservado, fue encontrado hace dos décadas. Hasta 1995, año del descubrimiento, en España, de Rosalía, ligeramente más vieja que él, ésta era la momia natural más antigua que se conocía. Ningún otro deceso en la historia ha sido objeto de tal cantidad de investigaciones. Cientos de científicos se han sucedido a su cabecera de hielo. Para explicar su muerte se han elaborado las más increíbles hipótesis. En 2010, el Instituto Italiano de Bolzano, donde reposan los restos, decidió saber más sobre el particular. Después de las primeras deducciones, elaboradas justamente tras su descubrimiento en un pozo de agua helada, a más de tres mil metros de altitud, las técnicas han mejorado notablemente.
En noviembre del mismo año, el hombre prehistórico, de la Edad del Cobre, fue arrancado de su iglú high-tech, para una nueva y excepcional serie de exámenes. Sería ésta la primera ocasión en que Otzi habría de ser descongelado. Para ello, fueron convocados los más grandes especialistas mundiales –cirujanos, médicos, legistas, microbiólogos… La operación duró nueve horas. Tendrán que transcurrir varios años para llegar a conclusiones con toda la información obtenida.
En el otoño último, el Museo de Arqueología del Sud-Tirol, al cual pertenece el Instituto de las Momias, ha empezado a dar a conocer los primeros resultados. Es una primicia: Otzi no habría sido muerto al término de una persecución para asesinarlo en plena montaña, como se creía hasta ahora, en vista de la flecha clavada en su hombro, y de una herida en su mano, que le habría sido infligida durante una riña, poco tiempo antes.
Por lo contrario, el análisis de los restos de comida contenidos en su estómago prueba que, justamente antes de su muerte, nuestro ancestro se habría dado un soberano comelitón : ganso salvaje y trigo duro. Un verdadero banquete, incompatible con la angustia de un hombre perseguido.
Fue un radiólogo local retirado, Paul Gostner, el responsable de este cambio de escenario, Es el mismo que en 2011, a fuerza de analizar las imágenes obtenidas por los escáneres CT (Tomografía Computarizada), reveló que una punta de flecha había atravesado una arteria mayor de la caja torácica, lo que provocó una hemorragia y la muerte casi instantánea. Los análisis de ADN de la época habían demostrado que “Iceman” era un consumidor de carne roja, pero los investigadores creían que los restos de alimento provenían de su intestino y no de su estómago, donde no habían encontrado nada. El polen encontrado en sus pulmones era el de árboles en flor, por lo que habría sido muerto en la primavera o al empezar el verano.
Esto iba bien con la hipótesis de un pastor que, trashumante con sus bestias, habría sido atacado en la parte baja del valle; se habría defendido, habría sido herido en la mano, y después habría huido hacia las alturas, antes de ser alcanzado y muerto por sus perseguidores, con el vientre vacío.
Paul Gostner pensaba que había algún error. Comprimido por el hielo hasta el estado tórrido que lo ha impulsado hacia la superficie,el cuerpo de Otzi resultó seriamente mutilado y sus órganos desplazados. ¿Y si los restos de su última comida provinieran de su estómago y no de su intestino? La diferencia es notable.
En el primer caso, el tiempo de digestión es de cuatro horas; en el segundo, de diez horas como mínimo. Esto cambia todo. La idea del valeroso pastor que salió con su rebaño después de un desayuno tomado al amanecer, y que trata de huir de esos ladrones todo un día, antes de sucumbir, no se sostiene si ha existido confusión entre los ductos. Si se trata de su estómago y no de su intestino, eso quiere decir que el hombre de los hielos ha sido muerto cuando reposaba tran1quilamente, al sol, de sus últimos alimentos.
Según el decir de Albert Zink, director del Instituto de Momias de Bolzano, Gostner los convenció de realizar nuevos exámenes. Y ya en el caso de turbar una vez más el sueño de Hibernatus, más valía hacerlo en grande y realizar una “investigación de pies a cabeza”.
Justo antes de su muerte, Otzi se dio un verdadero banquete: ganso salvaje y trigo duro
Mientras que el profesor Peter Malfertheiner, de la Universidad de Magdeburg, intentaba en vano introducir un endoscopio en la garganta fosilizada de Otzi, un médico local, Egarter Vigl, apasionado por el asunto, y denominado “el médico familiar del Iceman, logro aislar el estómago, de donde, con una cuchara sopera, extrajo dos grandes trozos de alimentos que no habían sido digeridos.
Los resultados del ADN son formales: Otzi acababa de dar buena cuenta de una abundante colación, cuando una flecha, disparada desde unos treinta metros, lo abatió. A raíz de esta autopsia “en caliente”, se han tomado cerca de 150 muestras biológicas. Después, Otzi regresó a su helada recámara.
El Museo de Arqueología de Sud-Tirol ha solicitado a dos artistas holandeses “darle vida”, en función de los conocimientos científicos de que actualmente disponemos: 45 años, 1.60 metros, cabellos largos y barba abundante. Por otra parte, se trata de un verdadero astro, surgido del fondo de los tiempos, que se podrá tocar, en ocasión de la exposición especial que le será dedicada en enero de 2013.
Pero, ¿quién era en fin ese moreno fornido, de ojos color marrón? ¿Un pastor, dado su calzado de cuero? No se ha encontrado la menor traza –ni física ni genética- de la presencia de animales, ni en sus ropas ni en los alrededores del lugar del drama.
¿Un chamán? Sus pertenencias no incluían ningún hábito sacerdotal. ¿Un jefe de clan, como lo sugería su hacha de cuero? Es la gran pregunta. El comercio es floreciente. No se mata por tan poco. Entonces, ¿prospector Otzi? No tiene los instrumentos que se requieren para esta tarea. En vista de este misterio del neolítico, se habla muy a la ligera de la “maldición” de Otzi.
Uno de los paseantes que lo descubrieron, Helmut Imon, murió en 2004, durante una excursión; el guía de alta montaña, que partió en su búsqueda, sucumbió víctima de una crisis cardíaca; Konrad Spindler, el primer arqueólogo que lo examinó, fue víctima, a los 55 años, de esclerosis múltiple.
El primer jefe de la misión científica dedicada a “Iceman”, falleció en un accidente automovilístico, cuando se dirigía a dictar una conferencia sobre el tema; Tom Loy, especialista en química molecular, desapareció, víctima de una infección de la sangre, cuando acababa de escribir un libro sobre Otzi. Para la directora del Museo de Bolzano, “esta historia de la maldición nos habla muy claramente de la dificultad que tienen nuestras sociedades para mirar la muerte de frente”.
Con mucha facilidad, a falta de explicaciones satisfactorias, la leyenda hace de Otzi un excluido, un paria romántico que hubiera huido de su clan, y pagado su audacia con una muerte extraña, dedicada a la eternidad.
Empero, de manera más prosaica, los análisis bioquímicos y genéticos dicen que era un hombre cansado, afectado por serios problemas cardio-vasculares y por un intenso estrés, debido a crisis regulares, provocadas por un parásito intestinal. Entre las pertenencias de Otzi, se encontraron rastros de un champiñón, Piptoporus betulinus, conocido por su facultad para luchar contra esta infección. Sufría también la enfermedad de Lyme.
En pocas palabras, Otzi era, tal vez, un viejo lobo solitario –45 años, para esa época, eran muchos– que puso fin a sus días o que se desplomó con el rostro en tierra, después de una última caminata, víctima de un cuerpo que no aguantaba más. Tendinitis, cálculos biliares, atheroesclerosis: el estado de salud del hombre de los hielos, según quedó establecido al término de esta autopsia extraordinaria, no era brillante.
Queda el problema de esa punta de flecha que los investigadores no pudieron extraer. Pero, pese a todos los sofisticados exámenes, no pudo ser la respoonsable de la muerte de nuestro hombre. Es posible que se la hayan clavado con anterioridad. Albert Zink, patrón de esta sesión de autopsia neolítica, lo reconoce: “Se auscultó su cuerpo totalmente; su intimidad fue totalmente violada. Esta flecha, que sigue en su cuerpo, es su último secreto”.
