Jorge Pedraza

El sábado 5 de Mayo de este 2012, se cumplen 150 años de la Batalla de Puebla, en la cual el joven General Ignacio Zaragoza y su ejército consiguieron derrotar al ejército francés –uno de los más poderosos del mundo—y así dar una lección a propios y extraños de lo que es capaz el pueblo mexicano.
Si la guerra de Reforma hizo que la Constitución de 1857 se volviera símbolo y bandera, la Batalla del Cinco de Mayo de 1862 logró que los mexicanos creyeran una vez más en su patria y tuvieran el suficiente coraje para defender su soberanía ultrajada por la intervención francesa. Asimismo hizo posible que el mundo se enterara que cuando los pueblos deciden luchar por su independencia y por su libertad una y otra vez derrotarán las fuerzas de intervención. No importa que se enfrenten a los ejércitos más fuertes del mundo. Como hombres y como patriotas supieron responder.
Las repercusiones de la Batalla del Cinco de Mayo se sintieron desde ese mismo día en la vida político de México y del estado de Puebla, en las relaciones internacionales, en las artes y las letras, en la vida de las comunidades y de los pueblos, e incluso allende sus fronteras. Fue el principio ciertamente de una larga lucha, pero que dio finalmente su fruto: la restauración de la República.
Otro militar norteño, el General nuevoleonés Mariano Escobedo, consiguió derrotar en Querétaro al Emperador Maximiliano, quien había sido invitado por los traidores a venir a gobernar a México. Así se confirmó el triunfo de la República y el Presidente Juárez regresó a la ciudad de México.
En diferentes momentos de nuestra historia nacional, los festejos cívicos, culturales y materiales para conmemorar el Centenario del Cinco de Mayo, hasta el día de hoy, han merecido que esos hombres que hicieron posible estampar en los muros de nuestra historia que LAS ARMAS NACIONALES SE HAN CUBIERTO DE GLORIA se les recuerde, se les respete y se les admire.
Por eso, a 150 años de la Batalla del Cinco de Mayo, el Gobierno del Estado de Puebla y la Universidad Autónoma de Puebla invitaron a diecisiete estudiosos de la historia, de las relaciones internacionales, del arte y los estudios políticos a reflexionar bajo las miradas de sus disciplinas ese trascendental hecho histórico.
Deseo agradecer al Gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle y al Rector de la UAP, Enrique Agüera Ibáñez, su invitación para participar en esta magnífica obra, precisamente con un texto que lleva el siguiente título: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”. En particular, agradezco sus atenciones a Alberto Enríquez Perea, coordinador de la obra que lleva por título “A 150 años de la Batalla del Cinco de Mayo de 1862. Revisiones y valoraciones”.
Recorrer esas páginas es encontrarse y reencontrarse con la historia misma de nuestro México.
Los colaboradores, entre los que hemos sido incluidos, son profesores e investigadores universitarios, que publican sus trabajos en reconocidas casas editoriales y revistas nacionales e internacionales. Trabajan, casi todos, en los principales centros de educación superior del país y su pasión es la historia, las relaciones internaciones, el arte y la poesía, el estudio de la política, la biografía y la crónica.
LA LECCIÓN DE ZARAGOZA
Un cinco de mayo, en el año de 1862, un joven militar norteño, el general Ignacio Zaragoza, inscribió su nombre en las páginas de la Historia.
Desde entonces, su figura quedó unida para siempre a México. Zaragoza simboliza para los mexicanos la defensa de la soberanía y la integridad de la Patria. Representa, también, el triunfo de México sobre el invasor.
Es la suya una digna acción que ha quedado grabada en las mentes de todos los mexicanos. Es ejemplo a seguir cada vez que alguien intente pisotear nuestro suelo y nuestras libertades.
A través del tiempo, la figura de Ignacio Zaragoza se ha consolidado como uno de los pilares de la mexicanidad. Supo actuar, sin dudas y con valor, en el momento en que la Patria lo necesitaba.
En esa época, nuestro país pasaba por una gran crisis económica. Liberales y conservadores luchaban entre sí. Por fortuna, estaba al frente de los destinos de México un gran hombre. Me refiero al licenciado don Benito Juárez. Juárez simboliza a la Nación, representa la libertad de conciencia y el respeto al derecho.
Dada la situación económica que vivía el país, hubo necesidad de expedir un Decreto, mediante el cual se suspendía, durante dos años, el pago de la deuda extranjera. Esto incomodó a Francia, Inglaterra y España, países que enviaron a México una expedición militar.
Ante estos acontecimientos, el Presidente Juárez dispuso la defensa del país. Se apoyó en militares como el general Ignacio Zaragoza, quien se encargó de la defensa de Puebla.
Nuestros valientes soldados, al mando de Ignacio Zaragoza, lucharon cuerpo a cuerpo contra los elementos del ejército francés, que era uno de los ejércitos mejor preparados.
Esta gloriosa batalla constituye una de las páginas más brillantes de nuestra historia. Lázaro Garza Ayala, un ameritado nuevoleonés que acompañó al general Zaragoza como su secretario particular, escribió por instrucciones suyas el parte de guerra, cuyas palabras iniciales aun se escuchan en todos los confines de la Patria: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria».
La lección estaba dada. México había sabido responder a la agresión en defensa de su soberanía. A 150 años de esta acción, el general Ignacio Zaragoza continúa muy cerca de nosotros y su vigencia permanente sigue marcando rumbos al destino nacional.
Las actuales generaciones de mexicanos debemos seguir su ejemplo. Debemos mantenernos unidos en la defensa de nuestra Patria. Nuestra historia nos demuestra con acciones como la del 5 de Mayo de 1862, que la unidad hace la fuerza. Seguiremos siendo fuertes si nos mantenemos unidos.
México y el mundo sabrán hacer frente a los problemas críticos de nuestro tiempo. Nosotros mismos labramos nuestro futuro con el uso que le damos al presente. Un presente en el cual, entre todas las empresas que el hombre se propone –y está realizando– no hay empresa más grande, ni más honrosa, ni más gloriosa, que la de construir para todos y cada uno de los pueblos de la tierra, una morada pacífica, digna y generosa.
