Cinthya Araiza
La caída del Muro de Berlín significó el triunfo de la “economías de mercado” sobre- el tan odiado por el bloque occidental- el socialismo, marcando así el fin de la Guerra Fría, además de ser el punto de partida de un nuevo paradigma, la Globalización.
En cuestión de horas, martillos y cinceles arrasaron con las enormes placas de hormigón que separaban (de manera simbólica) al mundo en dos; dos sistemas totalmente contrapuestos. Como consecuencia, colapsaron los regímenes de la Europa del Este y sobrevendría la desintegración de la Unión Soviética. Esto trajo consigo, según políticos y expertos, “el triunfo del capitalismo y el fin de la historia”, augurando para el mundo entero, una nueva era en donde la libertad, la democracia y la prosperidad reinarían para todos.
Analógicamente, con la construcción del Muro de Berlín, surgieron dos Alemanias, dos países llamados el Este y el Oeste. Tanto en el oeste (La Republica Federal de Alemania) como en el este (República Democrática Alemana) tenían su propio sistema de gobierno, y no sólo eso, sino que contaban cada una con sistemas económicos, ejércitos y alianzas distintas; los ciudadanos de ambos “Estados” tenían diferentes pasaportes a pesar de que la concepción internacional los consideraba a todos de nacionalidad alemana.
El Muro hizo historia pues permaneció de pie por casi 40 años. En estos 40 años, muchos fueron los que intentaron cruzar las fronteras por que estaban en desacuerdo con régimen que “se les había impuesto”, incluso hubo quienes intentaron escapar de muchas formas, ya sea a través de túneles ó saltando el Muro desde ventanas cercanas a él; muchos lograron salir, otros, murieron ó fueron encarcelados en el intento.
Los ciudadanos alemanes no sólo vivían en constante desacuerdo con sus regímenes, debían cargar con un peso más, pues en la década de los ochenta, la URRSS dio a conocer nuevas reformas socialistas por lo que comenzaba una ola de protestas y movimientos sociales que acabaron por casi desaparecer al mismo bloque socialista. No sólo sus ciudadanos estaban inconformes con dichas reformas, sino que varios países se levantaron en contra de la Republica Federal Alemana, inclusive su más cercano vecino. Gracias a esto, en 1989, con el mundo encima, el gobierno aceptó la apertura (al fin) de las fronteras y el derrumbamiento del “absurdo” bloqueo. Muchas personas volvieron a ver a sus familias después de décadas de permanecer separados por un muro, además de tener la libertad de salir del país que les cerraba la libertad de tránsito. La división política finalizó el 3 de octubre de 1990, sin embargo le llevó 11 meses más desde la caída hasta realmente establecer dicha Reunificación Alemana.
Evidentemente y después de veinte años, el desencanto de este presagio es lo único que ha prevalecido, no sólo en Alemania, sino alrededor del mundo. La fuerza de la democracia a decaído y se ha convertido en las últimas décadas en una utopía. Lo que ocurrió fue que sí hubo prosperidad, pero sólo para unos cuantos y la libertad y democracia se hundieron en sistemas de gobierno dominados por poderes reales y egoístas.
