Metástasis inquietante
Arq. Abiel Treviño Aldape
Urbanismo defensivo, arquitectura paranoica o del miedo, comunidades enrejadas, ciudad amurallada, son algunas sentencias de corte medieval, que deberíamos considerarlas anacrónicas, pero que seguimos utilizando de forma recurrente entrado ya el siglo XXI, y además forman parte de nuestro léxico diario
El término contemporáneo para estos enclaves es el de fraccionamientos cerrados o fraccionamientos privados, que al tratar de conferir seguridad y privacidad a sus vecinos, generan externalidades negativas en el tejido citadino, al provocar “células urbanas” —que a manera de metástasis—, interrumpen, entorpecen, alteran y trastocan la continuidad espacial, formal, estética, vial, social y cultural, entre otras variables, amén de “privatizar” el espacio público y negar el fin prístino de “hacer ciudad”.
En estos desarrollos, existe una fuerte y marcada estrategia publicitaria, que incluso identificamos como común denominador de promoción de venta, promoviendo la búsqueda exacerbada de seguridad, confort, privacidad y calidad de vida que pueden conseguir, al convertirse en habitantes de estos barrios.
Pero, ¿cuál es el costo que tendremos que pagar como sociedad, porque algunos accedan a estas “bondades»? En materia de sustentabilidad social, al multiplicarse este tipo de desarrollos en áreas urbanas y suburbanas —y ya no sólo en emplazamientos de lujo, pues hasta los de interés social se están construyendo y ofertando bardeados—, se fomenta una fuerte segregación socioeconómica espacio-temporal, por la generación de burbujas residenciales que impiden el libre tránsito de los habitantes por la ciudad, así como la convivencia espontánea, o en otras palabras, una deshumanización estratificada que no busca el mejoramiento equitativo en la calidad de vida de la sociedad, sino para fines netamente individuales.
