Ciclistas urbanos: Los imaginarios citadinos

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Indira Kempis

Viajes intermitentes me han impedido usa la bicicleta como medio de transporte en los últimos 3 meses. Este tiempo me ha servido para valorar el riesgo que hacen muchas personas en el mundo de ir en contra de la corriente en ciudades cuya planificación ha convertido en eje rector al uso excesivo del automóvil…. Dejar a un lado la aparente comodidad que el uso de un solo medio de transporte representa, ajustar las agendas para llegar a tiempo, mantenerse saludable para aguantar los ritmos, involucrarse en el tema de manera autodidacta para intentar incidir en la agenda pública o, como diría la voz popular: “sudar la gota gorda” por ser pioneros al andar en bicicleta en este tipo de ciudades.

Sin embargo, a lo lejos del denominado ciclismo urbano, puedo notar la poca relevancia que se le ha dado al tema desde lo que nos es común en nuestras sociedades. Es decir, podemos encontrar argumentos e incentivos en la reinvención de ciudades sustentables y humanas. No obstante, eso nos remite al imaginario creado en la ciudad de las “categorías” de ciclistas. De ahí que, incluso, se haya creado un mercado que hasta hace algunos años se creía obsoleto. Actualmente, basta que piense en adquirir una bicicleta, lo más probable es que encuentre variedad de distribuidoras, marcas, diseñadores e incluso tendencias en la moda de la bicicleta.

Quienes se autodenominan ciclistas urbanos, como lo escribiera Andrés Lajous en su artículo para Nexos La Arrogancia del Ciclista (para leer: http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2099453) han creado, a partir de esos conocimientos o experiencias, “una forma de vivir de la cual el ciclista hace alarde con cierto orgullo (probablemente desmedido) a partir de lo que considera sus medallas: el casco, el candado o cadena, y la bicicleta misma”.

Lo cual representa, en ocasiones, más desventajas que ventajas. Los imaginarios citadinos nos hacen pensar, cuando no utilizamos la bici, que en realidad no es posible andar en ella por la ciudad a menos que tengas la edad, las condiciones físicas y, todavía más importantes, las condiciones económicas mínimas para como cita el autor obtener esas “medallas”.

El lenguaje sofisticado que algunos emplean, la poca atención que se presta a los grupos vulnerables, la creencia sin argumentación de que la bicicleta se convierte en un estandarte que “salva mundos” y la ausencia de programas que combatan la pobreza, esconde lo que debería ser importante y visible para quienes hemos visto en su uso como medio de transporte una manera de incidir en los problemas públicos.

En algún artículo anterior, habíamos hablado de estos programas que se llevan a cabo en África o en Oaxaca y que deben extenderse como un lenguaje común. En donde consideremos ciclista urbano no a aquella persona que sale en las fotografías de las revistas en los suburbios más cotizados de cualquier país con lo que está de “moda” en el ciclismo. Sino todas aquellas personas que a diario usan la bicicleta para ir al trabajo o a la escuela con un motivo simple y, sin embargo, profundo: ahorrarse el costo del transporte público.

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