Texto Ángela Sánchez Periodista y comunicadora social
El modelo “Medellín, la más educada” ha impulsado programas integrales articulados en torno al concepto de urbanismo social como herramienta de inclusión, bajo un principio revolucionario en Colombia: invertir la mayor cantidad de recursos, con la mejor calidad y excelencia estética, en las zonas más pobres y violentas.
Pacíficos poblados indígenas florecían en las montañas verde esmeralda del Valle de Aburrá en la Cordillera de los Andes hasta el abrupto arribo de los conquistadores españoles a Suramérica en 1541. Tres siglos y muchas guerras de independencia después, se fundaba allí la ciudad de Medellín en 1823 cuando apenas tenía veintiuna calles, cuatro plazas, dos puentes y un puñado de habitantes mestizos con sangre indígena y española. Tardaría un siglo más en convertirse en la segunda ciudad más importante de Colombia y en su capital industrial durante el siglo XX, cuando llegó a tener dos millones de habitantes. Pero bastaron solo unos años para desatar el infierno: durante los ochenta y noventa era sede del emporio mundial del narcotraficante Pablo Escobar y de sangrientos conflictos urbanos que la estigmatizaron como la ciudad más peligrosa del mundo. Al inicio del siglo XXI y hastiada de violencia, Medellín emprendió una reforma urbana y social impulsada por movimientos ciudadanos que lograron destronar a las castas políticas tradicionales. Hoy, avanza en la transformación física y cultural de la ciudad. Mejora sus indicadores de calidad de vida. Disminuye la violencia gradualmente hasta el punto de convertirse en el segundo destino turístico nacional, después de Cartagena de Indias. Y recibió en el último año más de diez premios internacionales de arquitectura, urbanismo, educación y gestión transparente, entre otros.
Entre los reconocimientos figura el Premio City to City Barcelona FAD Award 2009 que otorga la entidad catalana Foment de les Arts Decoratives a las iniciativas urbanas que transforman la ciudad y mejoran la calidad de vida. El modelo “Medellín, la más educada” fue galardonado por haber impulsado un proceso de metamorfosis que en menos de seis años empieza a cambiar la piel de la ciudad y mejorar la convivencia mediante intervenciones estratégicas del espacio público, formación de cultura ciudadana y una ambiciosa red de parques-biblioteca públicos.
“El camino apenas se inicia y la ciudad enfrenta aún problemas estructurales de desigualdad social, deuda histórica acumulada y violencia de raíces profundas”, admite el arquitecto Alejandro Echeverri Restrepo, ex director del Proyecto Integral Urbano y uno de los cerebros protagónicos de la reforma. En ello coinciden tanto los defensores como los escépticos del proceso. Pero ¿cómo se explica que Medellín haya dejado de ser una ciudad fracasada y haya saltado del miedo a la esperanza en tan pocos años?
Joven ciudad con viejas heridas
Pocas ciudades del mundo han padecido crisis tan profundas como las que ha enfrentado esta joven urbe suramericana. Pero también pocas gozan de tan privilegiado patrimonio natural y paisajístico, deleite de nativos y visitantes en épocas de paz. Conocida como “la ciudad de la eterna primavera” por su espléndido clima promedio de veinticuatro grados centígrados, palpita en el corazón de la Cordillera Central Andina, en la zona cafetera noroccidental de Colombia, a 1.480 metros sobre el nivel del mar. Su localización estratégica la ubica en el eje de intercomunicación norte-sur del país, e igualmente en el proyecto de unir al continente americano por una vía que atraviese desde la Patagonia hasta Alaska.
En pleno trópico americano, Colombia figura entre los cinco países del mundo más ricos en biodiversidad. Medellín, como capital del departamento de Antioquía, alberga una alta biodiversidad de flora, y es la región del planeta más rica en orquídeas. La atmósfera de sus parques, plazas y barrios permanece impregnada de colores, aromas, frutas y flores durante todo el año, entre fondos sonoros de tango, salsa, vallenato y guitarras andinas.
De hecho, la Feria de las Flores es la fiesta tradicional de sus dos millones y medio de habitantes, la mayoría jóvenes: el 70% de la población tiene entre 5 y 44 años, y tan solo el 6% es mayor de 65. Los paisas, como se llama en Colombia a la gente de la región cafetera, sobresalen por su espíritu colonizador, negociante, fenicio y competitivo. Algunos dicen que equivalen a los “catalanes de Colombia”. Clásicos exponentes de la raza paisa son el pintor Fernando Botero y el cantante Juanes, así como el 60% de las modelos y reinas nacionales de belleza.
La ciudad rota
No obstante, la inequidad social, la concentración de riqueza en una minoría, el crecimiento de pobreza y desempleo y la ausencia de un Estado eficiente fueron el caldo de cultivo para que los marginados recurrieran a la ilegalidad como medio de subsistencia: el narcotráfico y fenómenos asociados de grupos paramilitares de extrema derecha, guerrilla urbana y delincuentes comunes infectaron la ciudad en los años ochenta y noventa.
“Fueron años terribles: masacres, bombas en centros comerciales, secuestros, extorsiones, miedo galopante y estadísticas de guerra: en 1991 se llegó a la cifra macabra de más de 6.500 homicidios. Todo el país sufrió esta crisis, pero en Medellín tuvo su máxima expresión. La sexta fortuna del mundo en manos del capo Pablo Escobar se puso al servicio de la destrucción”, recuerda Echeverri.
La ciudad se rompió. Las clases medias y altas se encerraron en sus barrios presas del miedo, barrotes metálicos y vigilantes privados. Sostenían el ritmo económico divorciados del resto de la ciudad en una aparente “normalidad”. Entre tanto, las familias marginadas apiñadas en barrios subnormales de laderas montañosas, conocidas como “comunas”, eran víctimas del fuego cruzado de pandillas juveniles o “milicias urbanas” que se disputaban el poder territorial a sangre y fuego y ejercían la autoridad absoluta. En algunos barrios, nadie podía salir después de las seis de la tarde, estaba prohibido cruzar ciertas calles, transitar ciertos sectores, pronunciar ciertos nombres…
Creció el reino de la desesperanza y del no futuro, particularmente entre los jóvenes. A falta de opciones, muchos se convirtieron en “sicarios”, asesinos a sueldo. No nacimos pa’ semilla fue el título del libro que retrató sus miserias, escrito en ese entonces por el escritor y sociólogo paisa Alonso Salazar, hoy alcalde de Medellín y uno de los principales promotores de la reforma.
Hubo tantos muertos, la mayoría jóvenes no identificados (nn), que en aquellos años Medellín se convirtió en el principal proveedor mundial de órganos para trasplantes, no del mercado clandestino, sino del oficial. Desde entonces, el sector médico se especializó y hoy es líder latinoamericano en medicina de trasplantes, otro indicador del “talante paisa” que aprende de las crisis.
Durante los años infernales, la sociedad civil emprendió aisladamente numerosas iniciativas ciudadanas en el intento de dar respuesta a la crisis desde organizaciones no gubernamentales (ONG), universidades, fundaciones culturales, ambientales, de género, derechos humanos, entre muchas otras. Pero estaban dispersas y no encontraban eco en autoridades ni políticos locales.
Entre ellos figuraba el matemático y profesor universitario Sergio Fajardo, quien trabajaba desde sectores académicos en posibles soluciones. Lo mismo hacía por su parte la ONG Corporación Región, dirigida por el sociólogo Alonso Salazar, también ajeno a la maquinaria política. A la postre, Fajardo y Salazar se convertirían en los líderes visibles de un gran movimiento ciudadano que logró converger en la organización cívica Compromiso Ciudadano para ganar las elecciones a la alcaldía en dos periodos consecutivos. “Las masivas votaciones por ‘dos ilustres desconocidos’ dieron una bofetada a los partidos políticos históricamente anquilosados en el poder: el Partido Conservador y el Partido Liberal. A este último pertenece el actual presidente de Colombia, de tendencia derechista, Álvaro Uribe”, explica la politóloga Claudia Monroy.
Así, entre 2003 y 2007 Fajardo fue alcalde y Salazar su secretario de Gobierno. Y desde el año 2007 y hasta el 2011, Salazar ha subido a la alcaldía, mientras Fajardo se ha lanzado a las elecciones presidenciales en un intento de oponerse a la segunda reelección y tercer mandato de Uribe en 2010.
El hecho es que el nuevo poder político logró convocar y canalizar iniciativas ciudadanas antes dispersas y represadas, y establecer alianzas entre la sociedad civil y el Gobierno municipal con el norte común de rescatar a Medellín del infierno y construir colectivamente la ciudad soñada, bajo el lema: “La transformación de Medellín: del miedo a la esperanza”.
Educación, urbanismo social e inclusión
El nuevo Gobierno puso la educación, en el sentido más amplio del concepto, como columna vertebral de la política y motor de transformación social para enfrentar tres problemas prioritarios: desigualdad social, deuda histórica acumulada y violencia.
El modelo “Medellín, la más educada” impulsó programas integrales articulados en torno al concepto de urbanismo social como herramienta de inclusión, bajo un principio sencillo pero revolucionario en Colombia: invertir la mayor cantidad de recursos, con la mejor calidad y excelencia estética, en las zonas más pobres y violentas. Por regla matemática, en Colombia se había hecho hasta entonces exactamente todo lo contrario.
“Decidimos cambiar la piel de la ciudad. Emprendimos la política de transformación e intervención mediante una gran inversión en la esfera de lo público, construyendo nuevos referentes simbólicos de alto impacto en las áreas más deprimidas”, dice Echeverri.
En palabras de Fajardo, la consigna fue “lo más bello para los más humildes, de modo que el orgullo de lo público nos irradie a todos. La belleza de la arquitectura es esencial: donde antes hubo muerte, temor, desencuentro, hoy tenemos los edificios más imponentes, de la mejor calidad para que todos podamos encontrarnos alrededor de la cultura, la educación y la convivencia pacífica. Así mandamos un mensaje político sobre la dignidad del espacio para toda la ciudadanía sin excepción, lo que supone un reconocimiento, reafirma la autoestima y crea sentido de pertenencia. Nuestros edificios, parques y paseos peatonales son hermosos y modernos. Acá o en cualquier ciudad del planeta”.
Para el alcalde Alonso Salazar se trata de “activar la fuerza de la estética como motor de cambio social y cultural”. Y destaca entre las obras más visibles:
–Cinco gigantescos parques-biblioteca en las comunas más abandonadas.
–Un innovador sistema de transporte público que acortó las distancias de manera exponencial entre los antiguos guetos urbanos, mediante un sistema de metrocables y alimentadores y con la consolidación del metro de Medellín, el único del país.
–Un gran centro cultural, herencia del maestro de la arquitectura colombiana, Rogelio Salmona, sobre el antiguo basurero de Moravia. Allí sobrevivían en extrema pobreza dos mil familias que fueron reubicadas en barrios dignos.
–El Parque Explora de Ciencia y Tecnología con pedagogía interactiva y los acuarios de agua dulce y marina más grandes de Suramérica.
–Un exuberante Orquideorama y un ampliado jardín botánico con especies representativas del bosque húmedo tropical que florecen en el lugar más peligroso de la antigua ciudad.
–Recuperación de espacios públicos y nuevos paseos peatonales como el de Carabobo.
–Diez nuevos y modernos colegios públicos, nuevos estadios deportivos, parques lineales y coliseos preparativos de la sede de los Juegos Olímpicos Panamericanos del año 2010.
–La Casa de Lectura Infantil en una antigua casona restaurada y el Teatro Lido, símbolos del nuevo centro urbano.
El componente estelar del modelo son los cinco parques biblioteca, obras monumentales diseñadas por los mejores arquitectos del país en los barrios antes catalogados como los más peligrosos, pobres y desprestigiados de la ciudad.
Un nuevo hito urbano
Más que bibliotecas, en realidad se trata de enormes centros culturales, ágoras, lugares de encuentro rodeados de zonas verdes, que ofrecen acceso gratuito a salas de Internet, lectura, música, arte, exposiciones, ludoteca o salón de juegos, galerías para artistas de los barrios vecinos, auditorios cerrados y al aire libre, espacio para niños, para la tercera edad, cafeterías, papelerías y locales comerciales. Cuentan, además, con un Centro de Desarrollo Empresarial Zonal que ofrece asesoría en actividades productivas y tramitación de créditos para la comunidad.
En conjunto, los cinco parques biblioteca cubren 50.000 metros cuadrados de espacio público, zonas verdes y recreativas, más otros 17.000 de área construida. Ofrecen 56.000 libros y 512 computadores. Se conectan a los sistemas de transporte público y a la red de colegios públicos.
La afluencia popular a estos centros va en aumento. Cerca de 68.000 personas los visitan semanalmente, lo que equivale a llenar los dos estadios de fútbol, otra pasión que moviliza a la ciudad. “Estos lugares se han convertido en hitos urbanos para Medellín, Colombia y Latinoamérica por la majestuosidad de su arquitectura, la integralidad de sus servicios, la participación comunitaria y su aporte a la educación y convivencia”, dice Claudia Monroy.
Juan Luis Mejía Arango, rector de la Universidad EAFIT, opina que “la virtud de estas obras es que están reescribiendo la ciudad. Lugares que antes tenían una connotación nefasta adquieren un nuevo sentido: el Parque Biblioteca San Javier se levanta en ese “no lugar” que ayer permanecía estigmatizado por la presencia de una prisión y un cementerio. La Biblioteca de Belén alojaba antes temidos calabozos. El nuevo sentido lo dan el libro y la libertad. La nueva puerta del sector es una biblioteca, o mejor aún, un inmenso portal de acceso al conocimiento acumulado de la humanidad”.
Además del galardón del FAD, estos proyectos han recibido numerosos más: Premio Internacional de Hábitat Dubai para las Mejores Prácticas 2008; Premio HOLCIM 2008 para el Proyecto Integral Urbano de la Comuna 13; premios a las mejores obras de arquitectura para la Biblioteca España y el Orquideorama en la Bienal Iberoamericana 2088 de Arquitectura y Urbanismo en Portugal; Premio Global Knowledge Partnership 2007 para la red de bibliotecas y Primer Premio en Diseño Urbano en la XVI Bienal Panamericana de Quito, entre muchos otros.
¿Y de dónde sale el dinero para tanta belleza? Salazar y Fajardo responden: la inversión global supera el billón de pesos (cerca de 500 millones de dólares) mediante un esquema de financiación compartida entre los gobiernos municipal y nacional, las cajas de compensación familiar, otras entidades y recursos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La confianza ciudadana se reflejó en un aumento del recaudo de impuestos y una reducción de la corrupción estatal. La transparencia en la administración de las finanzas de la ciudad fue premiada con la calificación Triple A por Duff and Phelps en los años 2006, 2007 y 2008.
Disminuye la violencia, pero…
Este proceso, sumado a factores del contexto nacional e internacional, ha coadyuvado a una reducción de la violencia en más de un 60%, según cifras oficiales. Mientras en 1991 se llegó a 6.500 homicidios al año, en años recientes ha descendido a menos de la mitad, asegura la Alcaldía. Y destaca otro indicador: de 380 homicidios por cada cien mil habitantes registrados en los peores años del conflicto en 1997, la cifra bajó a veintisiete en el 2006. Sin embargo, es preocupante que en el último año haya subido a 41.
“La seguridad no es un asunto ideológico ni patrimonio de la izquierda o la derecha. Es un bien fundamental de las democracias. Pero no puede basarse solo en represión, sino también en agenda social”, dice el alcalde Salazar.
“Los índices de violencia son todavía muy altos y nos falta mucho camino por recorrer. La percepción de la seguridad es relativa. Para otras ciudades mil muertes al año podrían desatar el pánico, pero después de lo que vivimos en Medellín, para nosotros es casi el cielo”, afirma Echeverri. “La meta es brindar nuevas opciones y referentes positivos para la gente, especialmente para los jóvenes de estrato bajo, cuyo único espejo social y proyecto de vida ha sido convertirse en narcotraficante, delincuente o jefe de milicias. Intentamos dotar a la ciudad de nuevas herramientas urbanas, socioeconómicas y educativas para que esta no sea su única alternativa”.
No todos en Colombia son tan optimistas. Organizaciones de derechos humanos, aunque reconocen las mejoras ciudadanas, dudan de que las cifras oficiales reflejen la realidad de violencia, pobreza y desempleo imperantes. Al igual que en el resto del país, ven con preocupación el poder territorial alcanzado por grupos paramilitares de extrema derecha, generalmente aliados con el narcotráfico (narcoparamilitares), bajo la mirada tolerante y a veces cómplice de poderosos intereses públicos y privados. Fenómeno generalizado durante el gobierno de Uribe, al que no escapa Medellín.
En el otro extremo, sectores conservadores critican “el derroche de recursos en obras faraónicas en lugar de aumentar los efectivos militares para contener a los violentos”. Los escépticos temen que esta nueva fuerza política sea cooptada por los partidos tradicionales o que sucumba ante las presiones del paramilitarismo. Otros califican el proceso de narcisista. Fajardo responde: “Quienes dicen que un edificio bonito no mejora la calidad de la educación, no entienden un asunto crítico. Tenemos que construir los edificios más hermosos en los lugares donde la presencia del Estado ha sido mínima. El primer paso hacia la calidad de la educación es la dignidad del espacio. Cuando el niño más pobre de Medellín llega al mejor “salón de clases” de la ciudad, enviamos un poderoso mensaje de inclusión social. Ese niño tiene una autoestima renovada, aprende más fácilmente, y seguramente no soñará en convertirse en delincuente cuando sea adulto. Es un mensaje profundo de transformación social. Esa es nuestra revolución”.

