Doctora Anastacia Rivas Olivo
rivasola@yahoo.com.mx
Si nací para morir, y vivo en la penumbra de la nada, mejor morir de una vez por algo que ya me saque de ahí (aro 2011).
Iniciamos este artículo con un pensamiento que desprende y refleja una serie de carencias humanas, no sólo materiales, sino también morales; pensamiento que pesa y que proyecta ausencia de esa conciencia plena del “yo”, de ese yo tan nombrado por psiquiatras y psicólogos, que, al surgir, inicialmente se percibe indefinido, integrado en una esfera o corpúsculo, en cuyo interior se alberga, quizás, conciencia y moral o inconsciencia y amoralidad.
Y, a medida que se va abriendo hacia el exterior, se va nutriendo, y poco a poco va adquiriendo los rasgos y signos de un contexto social que lo delineará como un humano que respeta la vida y mira en sus congéneres elementos que lo enriquecen, o bien, como dice el poema: “como simple animal insolente que divaga en dilemas y actúa con inclemencia”. (Lyricas 2011).
Así es como se percibe al ser humano en la actualidad: un ser insolente y a la vez abatido, que se desplaza lentamente en el marasmo de la incertidumbre, porque el camino por el que transita se encuentra lleno de escombros, lleno de ironías, de violencia y de hechos que, a la luz del día, se perciben como grotescas aberraciones saturadas de insolencia y desprecio por la vida; aberraciones anunciadas y denunciadas, que llegan y se van acumulando sin sentido, sin orden, sin solución.
ROTAS LAS ALAS DE LA ESPERANZA
Son hechos que hacen temblar, porque se percibe en el aire la pesadez de la muerte; esa muerte que, aún sin llegar, te paraliza y te aniquila a temprana hora, porque desconoces quién es y cómo es; muerte transparente que lacera el alma, que torna la palabra en gemido o en grito que corta el silencio de la inmovilidad forzada, porque se han roto las alas de la esperanza; y, sin poder volar, vuelves la mirada a lo profundo de la conciencia para preguntar: ¿Cuál esperanza? ¿Que acaso no nos hemos dado cuenta de que la acción creativa y transformadora del ser humano se ha agotado? ¿No hemos percibido que prevalece una lamentable debilidad de ideas y de acciones enaltecedoras que privilegiaban el amor, la compasión, el respeto y todos aquellos valores que nutrían al humanismo? ¿Acaso ignoramos que en la otrora inocente y alegre mirada de los niños no sólo se percibe miedo, sino terror por el sonido estrepitoso de las armas que ya invaden nuestro entorno, nuestras casas, nuestras vidas?
¿Cuál esperanza, si lo poco que se tenía y se labró con esfuerzo y en familia, de tajo fue arrebatado? ¿Cuál esperanza? En nuestras vidas ya no queda; ya sólo existe la desesperanza que cierra caminos, y en su lugar quedan abismos de pobreza espiritual y deshumanización; desesperación que nubla el entendimiento y nos mueve a buscar culpables; desesperación que explota en nuestro interior y nos convierte en criaturas desamparadas, o bien, como dicta el poema: “en animales desgarrados por dentro y por fuera, que, sin ciencia ni conciencia, sólo piden venganza sin clemencia”. (Lyricas 2011).
¡Qué fuerte afirmación! ¡Qué nublada se encuentra la razón, al afirmar que la desesperación es la cruz de nuestros días, y con ello nos hemos convertido en simples criaturas del pasado, que, mazo en mano, damos golpes a diestra y siniestra para poder existir, y tan sólo logramos aniquilarnos a nosotros mismos.
LA LUZ DE LA CONCIENCIA NUNCA SE APAGA
Si por un instante nos ponemos a reflexionar, encontraremos que la luz esplendorosa de la conciencia moral que ilumina nuestro interior, traspasando prejuicios e insolvencias, aún se encuentra en nosotros y nos marca las pautas para vivir en armonía, para respetar y amar; que a pesar de los nubarrones que en no pocas ocasiones oscurecieron nuestros cielos y nos tumbaron, la luz de la conciencia nunca se apaga, pues como rayo tenue se escabulle y penetra por la rendija de nuestras vidas, y con energía nos grita: “¡Despierta; en ti se encuentra el alma de la vida; en ti está la fortaleza para cambiar esta existencia. Tienes inteligencia y voluntad; únete a los tuyos y torna la debilidad en fortaleza para cambiar y transformar! ¡Despierta ya!
Estamos ciertos de que existe la desesperanza, porque nos fuimos alejando de aquellas cosas simples y sencillas que gozábamos en familia: comer juntos, ir de compras al mercado, asistir a misa los domingos, ir al cine con toda la familia, unirnos con los amigos para ir a un día de campo, hacer un pastel o empanadas en casa y compartirlos con los vecinos, leer un cuento a los niños; en fin, hechos que nos hacían reír y también nos hacían llorar, pero que de ellos tomábamos ejemplos y nutríamos nuestra mente, nuestro corazón; cosas sencillas que fuimos abandonando, porque quedamos sumergidos en el ancho océano de la modernidad, dejando en el olvido lo invaluable, lo vital, dictado por el mandamiento primario: respetar la vida y amar al prójimo como a uno mismo.
Resulta difícil e inaceptable hablar de una esperanza agotada, débil, devastada, convertida en desesperación, porque la misma palabra “esperanza” abraza los sentidos y despierta los sentimientos humanistas que permanecen adormilados; la misma palabra permite que aquél que en agonía se encuentra, busque alternativas para encaminarse a una nueva vida; la misma palabra nos anima a buscar la brújula de la razón, para que rescatemos el eslabón, no el “perdido”, sino el eslabón roto que dejó escapar los grandes valores éticos y morales asumidos y vividos en familia, en la escuela, en la sociedad; valores que eran defendidos, y por ellos hervía nuestra sangre en momentos especiales, avivando el fuego del humanismo; valores no denostados, sino apreciados, que nos daban seguridad, identidad, permanencia y amor al terruño.
Alguien afirmó: “En un mundo en el que prevalecen el egoísmo, la inequidad, la intolerancia, el abuso en todos los órdenes, la deshonestidad, la inseguridad y el derrotismo puro, sólo puede existir desesperación, o bien, la inconsciencia, para actuar sin sentido común, igual que los demás, a fin de preservar y conservar los bienes y la vida”.
BIENES Y VIDA A CAMBIO DE CORROMPER EL ALMA
¡Qué ironía preservar y conservar los bienes y la vida a cambio de corromper el alma! ¡Qué equivocación, qué ceguera, qué inmoralidad!, pues al actuar “sin ver, sin pensar, sin sentir y sin saber, nos torna en entes inmersos en la necrofilia, ésa que corrompe lo humano del humano, y ya sin moral y sin conciencia, sólo queda lo que dicta el poema: “simples animales insolentes que divagan en dilemas y actúan con inclemencia, y al hacerlo dejan que los niños se pierdan, que su sonrisa muera, que vaguen y divaguen en la nada, y ya perdidos, ni quien reclame su alma”. (Lyricas 2011).
Pero no es así, el ser humano no debe vivir así; tiene en su haber las normas básicas de convivencia y el proceso de socialización que le inculcan el respeto de dichas normas, socialización que inicia en la familia, que debe conservarse y preservarse. Pero, ¿cómo están socializando las familias a las generaciones del siglo XXI? ¿Acaso ese sentido de socialización basado en la convivencia y la armonía se tornó vacío, o acaso existe una nueva socialización basada en el autismo agresivo y despiadado, unido a un monólogo colectivo y desmesurado en el que todos gritan y nadie se escucha? ¿Cuál es la socialización que los padres y madres de familia han fomentado? ¿Acaso entramos a la época de la socialización deshumanizada y narcisista en la que no existe el otro, y con ello vienen el ataque, la desconfianza y la inseguridad?
El análisis de estas últimas preguntas nos mueve a expresar aquello en lo que han insistido, a lo largo de la historia, pensadores como Platón, Santo Tomás de Aquino, Marx, entre otros: “La necesidad de controlar a la familia para asegurar la supervivencia de sus respectivos modelos de sociedad, porque sabido es que cuando se producen comportamientos antisociales, la familia ha fallado en su deber de socialización”. (Charlas Platónicas, 2003).
Por lo anterior, podemos expresar contundentemente que ayer, hoy y siempre, la familia ha sido considerada como la principal promotora del crecimiento y desarrollo integral de las personas; o bien, la que origina la simiente de la delincuencia, puesto que valores o antivalores, humanización o deshumanización, clemencia o inclemencia, esperanza o desesperanza, se aprenden y promueven en familia.
LÍNEA INICIADORA DE LA DELINCUENCIA
Necesitamos reconsiderar y reflexionar a profundidad que, por regla general, un ser humano convive con sus padres durante los primeros años de su vida, y en consecuencia recibe de ellos su formación elemental primaria, en la que van inmersos signos y señales de la conciencia ética, cívica y moral de su personalidad, la cual proyectará en sociedad a través de sus actitudes, y cuando esas actitudes oscilan entre el rechazo y la falta de respeto a la autoridad, es cuando se inician la conductas disociales y antisociales, que son línea iniciadora de la delincuencia.
Resulta entonces importante que como sociedad nos preguntemos ¿Cómo están integradas las familias del siglo XXI? ¿Se perdió su génesis y razón de ser? ¿Son las características y tribulaciones del siglo XXI lo que orienta a su desintegración? ¿Es esa desintegración familiar la causa de la violencia e inseguridad sociales? ¿Acaso se está gestando un nuevo arquetipo de familia que tiende a desaparecer la conciencia solidaria que busca el bien común y la paz social?
Estas preguntas y muchas otras son las que emergen en este tiempo de desazón y zozobra, porque evidentemente el conglomerado busca justificaciones, busca explicaciones sin obtenerlas, busca culpables sin encontrarlos, y al palpar y sentir el silencio social, se hunde en el vacio de la incertidumbre y se encierra en la soledad.
Ante esta realidad, la razón nos debe cimbrar, y así como el volcán, antes de arrojar lava que calcina, expulsa cenizas como antesala de ese fenómeno alucinante, de igual modo la familia, antes de desintegrarse, deberá reencontrarse, deberá reconstituirse como símbolo de amor, de esperanza en el futuro, de esfuerzo, de unidad y solidaridad; deberá volver a ser el ícono social que muestra el camino, que enseña, instruye y corrige, que da confianza y paz.
Hurguemos en las heridas sociales para cicatrizarlas; y del análisis objetivo, rescatemos lo necesario para vivir confiados y transitar con libertad y seguridad por todas las calles y caminos de nuestra patria, porque, como dicta el poema:
“Esos niños que, convertidos en indigentes por las fuertes pisadas de los hombres inclementes, no se esconden, no se gritan, no se matan, porque son los niños resilientes, niños que duermen con hambre, pero que nunca pierden la esperanza.
“Niños que esperan con ansia el amanecer que les dará fortaleza para seguir defendiendo su vida con entereza”. (Lyricas 2011).
Así es o debe ser nuestra sociedad, una sociedad resiliente, con esperanza, que se sobrepone actuando. Revivamos las cosas sencillas en familia; si hay pérdidas, es porque esas cosas sencillas las borramos de nuestras vidas y con ello dejamos vacíos los lugares sagrados que poco a poco, y sin sentirlo, fueron ocupados por esos “animales inclementes”; espacios que correspondían y corresponden a los formadores de conciencia social: padres y madres de familia, maestros y maestras que, unidos, forman lazos irrompibles y firmes que orientan, que forman.
Ahora; sí, ahora, es el preciso momento de actuar; reconozcamos cuáles son nuestras debilidades; pongamos en juego nuestras fortalezas y vayamos unidos adelante, porque, de lo contrario, quedaremos pendiendo en el hilo del futuro, hilo que se puede romper por falta de decisión, y caeremos al vacío de la inconsciencia y la sinrazón.
