Rodrigo Soto
En una colaboración anterior tocamos el tema relacionado con la necesidad de diferir el placer. Esto al mencionar los trabajos del psicólogo Walter Mischel, a quien se le reconoce particularmente por el Experimento de los Malvaviscos de Stanford.
Siendo éste muy simple, pues se tiene a un niño en un cuarto y enfrente de él se pone un plato con un malvavisco, pero se le advierte al niño que si puede contenerse por unos cuantos minutos, no solamente se puede comer un malvavisco, sino dos. Aquí los científicos, liderados por Mischel, analizaron la capacidad de los niños en cuanto diferir el placer y la correlación de esto con su éxito futuro.
Contando alrededor de 600 niños que participaron en el experimento, de acuerdo a los datos de Alanna Mitchell, unos pocos se comieron el malvavisco de forma inmediata, mientras el resto que intentó diferir el placer, y solamente una tercera parte (200 niños) fue capaz de contenerse hasta el tiempo en que se les ofreció un segundo malvavisco. Aquí Mitchell aclara que la edad del niño fue un fuerte determinante en el tiempo de aguante.
En este tenor, curiosamente se ha podido demostrar que efectivamente existe cierta correlación de éxito futuro ligada al diferir el placer, pues los niños en preescolar que eran capaces de aplazar el placer, fueron descritos 10 años después por sus padres, como más competentes que el resto de sus compañeros. Además otro estudio señaló que la habilidad de prorrogar el placer estaba correlacionado con mejores resultados en el examen SAT.
Sin embargo, nuevas investigaciones ponen en tela de juicio a lo anteriormente descrito. Esto sustentado con los trabajos realizados por Simon Makin, quien en su artículo titulado: “A Marshmallow in the Hand”, publicado en Scientific American Mind de Marzo y Abril de 2013, nos señala que el diferir una gratificación no siempre resulta ser la opción más razonable.
Según investigaciones de Celeste Kidd, candidata a doctora en ciencias cognitivas, por la Universidad de Rochester, e investigadora líder de un nuevo estudio en este tema, comenta que el esperar no resulta ser siempre la decisión correcta. Pues de acuerdo a estudios con familias de escasos recursos, cuando a los niños en el estudio, se les dejaba el malvavisco, éstos no vacilaban en comerlo de inmediato, pues dentro de su medio ambiente cualquier cosa puede ser quitada o arrebatada, de ahí que el esperar no es opción.
Según la candidata a doctor, Kidd, el diferir una gratificación o placer, es la opción racional, para un niño que efectivamente está seguro en que va a obtener un segundo malvavisco si espera o se contiene lo suficiente. Es decir, un niño, dentro de cierto ambiente donde se le promete algo y no se le cumple es más probable que coma el malvavisco casi de inmediato, porque ya tiene la experiencia previa que aquello prometido es raramente cumplido.
Por ejemplo, en cierto experimento, teniendo a dos grupos de niños, con una edad promedio de 4 años, en donde al primer grupo se le cumplió siempre lo dicho, se logró un tiempo de espera de 12 minutos antes de comer el malvavisco, pero en cambio al segundo grupo que nunca se le cumplió lo prometido, estos tardaron únicamente 3 minutos en degustar el alimento.
Los resultados de la investigadora Kidd arrojan que el tiempo de espera y por ende el aguante para diferir el placer, se encuentra relacionado con variables como nivel socioeconómico, calidad del trato parental, así como otros factores ambientales, como el nivel de seguridad en la promesa de un premio mayor con los dos malvaviscos.
Al final la moraleja es tener cuidado en las promesas que hagamos a nuestros hijos, pues ese viejo y malicioso dicho de político de que “prometer no empobrece”, puede tener serias repercusiones en el nivel de confianza de un individuo, además de que siempre pensará en tomar lo que pueda, es decir adquirir su premio, porque ya sabe que no vendrá una recompensa mayor en el futuro próximo.
