Jorge Pedraza
Tomado del El Porvenir
La vida puede ser vista a través de varios planos, de diversos cristales, de distintos espejos y de infinitas ventanas. Los modernos medios de comunicación, nos muestran una misma imagen desde varios ángulos. Es así como un mismo acontecimiento se nos presenta en distintas facetas.
Así es la vida. Vivimos el mismo instante, pero cada quien tiene su propia visión del momento. Sin embargo, estamos de acuerdo en que sembrar un árbol se incluya entre las tres actividades más importantes en la vida de un ser humano, junto con escribir un libro y tener un hijo.
Hay personas que cortan los árboles, porque les estorban. Hay quienes se molestan porque caen las hojas. A nosotros nos agradan los árboles por su sombra, por sus frutos y por la forma en que adornan nuestro mundo y nos ayudan a vivir mejor.
Este viernes 28 de junio se celebra –en un par de días más–, en México y en el mundo, el Día Mundial del Árbol. Los árboles son fundamentales para la vida de nuestro planeta ya que, entre otras cosas, purifican el ambiente, oxigenan el aire, proporcionan sombra, alimentos y otros recursos.
Miles de árboles se han cruzado en nuestro camino a lo largo de la existencia. Ahora mismo recuerdo los bosques de San Petesburgo, de Austria y Alemania, de Inglaterra y Suecia, de Finlandia y Suiza, de Canadá y Colorado; de Chiapas y Tabasco, los naranjos de Montemorelos y Terán, así como las hermosas arboledas de Chipinque, de Aramberri y de Zaragoza, en Nuevo León; los pinares en Arteaga y los nogales de Parras de la Fuente, en un oasis de Coahuila.
Hay un árbol en particular que jamás olvido. Fue el primero que conocí. Estaba en el pueblo de la infancia: Los Herreras, Nuevo León. En el patio de la que fue nuestra casa –el hogar de mis abuelos— encontré de nuevo a un gran amigo.
Me habían dicho que estaba muerto, pero por fortuna no fue así. Varias veces intentaron acabar con su vida, pero ahí siguió de pie.
De niño me gustaba jugar con él. Era mayor que yo, no sé cuantos años. Sería difícil precisarlo. Cuando los abuelos llegaron a la casa, ya estaba ahí. Cuántas veces nos brindó su sombra. Creció orgulloso y sus ramas sirvieron para acariciar y ser acariciado por el viento y la lluvia. Soportó intensos fríos y heladas, así como severos calores y sequías.
Aquel árbol fue un magnífico nido de pájaros y de sueños.
Sus raíces fueron creciendo, sus ramas también. Su sombra constituía un gran alivio en los días calurosos.
Hace unos años, alguien lo consideró una amenaza. Se optó entonces por acabar con él. Cortaron rama por rama. Eliminaron el tronco. Todo pareció venirse abajo. Nada quedó de aquel árbol sobre la tierra. Cuando los pájaros, las luciérnagas y las mariposas llegaron de nuevo, el árbol ya no estaba en su lugar. Tuvieron que emigrar hacia los patios vecinos y establecer sus nidos en otras ramas.
Sin embargo, sus raíces seguían vivas.
La raíz es origen, causa, principio, motivo, fundamento, base y razón de ser. Lo que un árbol es se lo debe fundamentalmente a sus raíces.
Cuando todos pensaron que el árbol había muerto, las verdes ramas brotaron de nuevo en busca de las alturas.
Una vez más fue cortado. Una vez más brotó. La historia se ha repetido en varias ocasiones. Lo cortan y surge de nuevo.
En el regreso a la casa que fue de los abuelos, la nostalgia me invadió. Hace 60 años jugábamos en ese patio que era nuestro mundo.
En ese lugar, el abuelo acostumbraba platicar con nosotros. Tenía una gran imaginación. En aquellas noches en que la energía eléctrica no había llegado a las calles y a las casas del pueblo, la luna y las estrellas brillaban con gran intensidad iluminando el pueblo.
Cómo no recordar aquellas hermosas noches en que llenamos el alma de estrellas.
El abuelo se llamaba Francisco Salinas Salinas. Era un hombre bueno que nació el mismo año en que surgió el pueblo de Los Herreras (1874), gustaba de levantarse muy temprano –a las cuatro de la mañana– para sacarle el mayor jugo a la vida. Él nos enseñó que hay que llevar las ilusiones a la realidad. Que son necesarios los valores y los principios. Que debemos amar y tener una razón –o más— para vivir.
Qué tiempos aquellos en que deseábamos crecer de prisa y que una excursión a la loma del pueblo nos parecía el más grande y emocionante de los viajes.
El momento del reencuentro me hizo recordar historias de viejos tiempos. La abuela preparando en la chimenea la comida hecha a base de las recetas que heredó de sus ancestros y que enseñó a mi madre. Tiempos felices aquellos en que todavía no teníamos noticia de la presencia de la muerte entre los nuestros.
A menos de un kilómetro estaban la estación del ferrocarril y el río Pesquería en el que la luna y las estrellas bajaban a bañarse. Muchos días y noches han transcurrido desde entonces. Sus aguas ya no son las mismas. Las estaciones se suceden. La primavera siempre sustituye al invierno y el sol sigue brillando con gran intensidad.
Muchas cosas han ocurrido. Ya no están los abuelos, ni los padres; tampoco los maestros. Sin embargo, ahora nos acompañan los hijos, los nietos y los amigos.
No cabe duda. La vida da y quita. Hay pérdidas, pero también ganancias. Como dijera nuestro amigo Raúl Rangel Frías: “la vida es término y también principio. Cada día es un eterno comienzo”.
Mientras tanto, en el patio de la casa donde transcurrió nuestra infancia, el viejo árbol volvió a brotar y de nuevo renació la esperanza. Regresaron los cantos de los pájaros y los colores de las mariposas.
Cada día brota de nuevo la vida y muchos sueños se convierten en realidad.
