Niveles de contaminación más bajos, conectados con los peores huracanes

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Por Tim Radford, para Climate News Network, Parte de Guardian Environment Network (Traducción de Félix Ramos Gamiño)

huracanfondoSi los huracanes son más destructivos o más frecuentes en el Atlántico Norte, esto puede tener relación directa con los niveles más bajos de contaminación atmosférica. Fotógrafo: Scott Eisen/Reuters. 

En su intento por resolver el misterio de las tormentas tropicales, científicos de la Oficina Británica de Meteorología han señalado un nuevo sospechoso. Se trata, inesperadamente, de la calidad del aire.

Si los huracanes en el Atlántico Norte son más destructivos o más frecuentes, esto puede estar relacionado con niveles más bajos de polución atmosférica. Contrariamente, el sulfato de los aerosoles y otras partículas de las chimeneas fabriles, los escapes de los automóviles, los fuegos domésticos, las plantas de energía y otros avances económicos de la humanidad pueden haber jugado un papel para tener a las tormentas tropicales bajo control –un poco por lo menos- en el siglo XX.

El científico Nick Dunstone y sus colegas investigadores en el Centro Hadley, de la Oficina Meteorológica de Exeter, Devon, reportan en el periódico Nature Geoscience, que existe evidencia, por lo menos circunstancial, de que en el ciclo de las tempestades, los aerosoles juegan un papel mucho más significativo de lo que nadie se había imaginado.

La razón de que haya sido difícil separar el efecto es sencilla: cuando los humanos quemamos combustibles fósiles, estos despiden gases de efecto invernadero que, lenta, pero inexorablemente, tibian la atmósfera y, por consecuencia, los océanos. La atmósfera y los océanos constituyen un sistema climático: inyéctale más energía, e irá a alguna parte. Las consecuencias probables, la mayor parte de la gente así lo piensa, son extremos de viento y lluvias.

Sin embargo, en la mayor parte del siglo XX, los humanos emitieron gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo. toda clase de otros desperdicios, entre otros: sulfatos de aerosol, que, como humo urbano, ennegrecieron edificios, incrementaron la acidez de la lluvia, dañaron las estructuras de piedra caliza, y condenaron a cientos de miles a enfermedades bronquiales y, en última instancia, a tumbas tempranas. No se veía alguna posibilidad de separar los efectos; por lo menos no hasta que Inglaterra, países de Europa Occidental y Estados Unidos introdujeron, de manera creciente, severas leyes para limpiar el aire.

Esto empezó a dar a los científicos y a los modeladores del clima la oportunidad de distinguir los diferentes efectos de los dos contaminantes. Los aerosoles absorben, de manera importante, la luz solar, y también son importantes en la química de las nubes –las gotas de vapor de agua se tienen que concentrar en algo. Pero, ¿en qué forma son importantes? ¿Las nubes reflejan la luz del sol y refrescan la región? ¿O concentran prodigiosas cantidades de agua en movimiento y las transforman en el frenesí de una tormenta tropical? ¿O, sobre todo, los sulfatos enfrían un poco la atmósfera y contraatacan el calentamiento global? ¿Y, si es así, en qué condiciones?

De hecho, dado que un gas de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, permanece en la atmósfera durante ocho décadas, en tanto que el hollín y el sulfato de los aerosoles permanecen en ella cuando mucho por dos semanas, Dunstone y sus colegas pudieron hacer uso de datos históricos que les ayudaron a identificar un patrón en el comportamiento de las tormentas. En el siglo XX se aceleraron las emisiones de gases de efecto invernadero, y dichos gases permanecieron en la atmósfera; pero las emisiones antropogénicas de aerosol variaron.

Antes de la Primera Guerra Mundial había mucho esmog y hollín, pero después hubo un descenso en las emisiones. Las emisiones de las fábricas descendieron durante la gran depresión de 1930, pero después se volvieron a incrementar, antes de volver a proliferar en todas partes, y nuevamente disminuir, cuando el gobierno y los electores empezaron a protestar por las ciudades sucias y el humo asfixiante.

Mediante simuladores climáticos, los científicos fueron capaces de lograr registros y predicciones de 1860 a 2050, con los niveles registrados y previstos de polución atmosférica, y de identificar un efecto.

Durante gran parte del siglo XX, sugiere el periódico Nature Geoscience, los aerosoles restaron fuerza a los huracanes mediante el calentamiento de las aguas de los océanos. No fue posible comparar tormentas específicas con un nivel particular de polución por aerosol; pero, en lo general, parece que hubo menos tormentas tropicales durante los períodos de mayor descarga de aerosoles.

El descubrimiento es consistente con otra investigación reciente. El esmog y otras descargas en el Hemisferio Norte, a mediados del siglo XX, fueron relacionados, recientemente, con la sequía en la región del Sahel, con la desecación de gran parte del lago Chad y con un debilitamiento del Monzón de la India.

Sin embargo, nadie piensa que todo haya quedado resuelto con los descubrimientos de la Oficina Meteorológica. Lo que realmente ocurre en un sistema climático, y con qué frecuencia, depende de muchos factores. Desde luego que la temperatura y la polución atmosférica son factores, pero no son los únicos. El polvo, transportado en grandes nubes sobre los océanos, también debe jugar un papel. Y los humanos no somos la única fuente de aerosoles: de manera impredecible, también los volcanes inyectan enormes cantidades, en niveles casi estratosféricos.

El nexo es simplemente una asociación; como ocurre generalmente, la respuesta nos la dan los modelos del clima. No es posible conducir un experimento controlado, a ciegas por partida doble, con el clima de un océano. A los aerosoles se les implica solo por asociación. Los investigadores concluyen: “Nuestros resultados sugieren que progresos posteriores se pueden acelerar mediante un esfuerzo internacional, a fin de minimizar las dudas sobre el impacto de los aerosoles en el clima.

Climate News Network.

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