Jorge Pedraza
Tomado del El Porvenir
Un 16 de mayo, en el año de 1918, nació Juan Rulfo, creador de “Pedro Páramo” y “El Llano en Llamas”, dos obras clásicas de la literatura mexicana, las cuales han sido traducidas a varios idiomas y han influido profundamente en destacados escritores contemporáneos, entre ellos Gabriel García Márquez.
Juan Rulfo, cuyo nombre completo era Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, es el autor de una breve obra literaria, que no por breve deja de ser grande. Pudiera afirmarse, sin temor a equivocarnos, que Rulfo prefirió la calidad a la cantidad. Originario de Sayula, Jalisco, donde nació el 16 de marzo de 1918, Rulfo vivió los momentos trágicos de la rebelión cristera entre los años 1926 a 1929. Era niño aún cuando despertó su amor por la literatura. Esto sucedió en el momento en que el párroco del pueblo le encargó a la abuela de Rulfo el cuidado de la biblioteca del curato. En esos libros, Rulfo bebió las más bellas páginas de la literatura del mundo, lo cual habría de ser definitivo en su formación de escritor. Se trasladó luego a la Ciudad de Guadalajara, en donde intentó ingresar a la Universidad. Esto no fue posible, debido a que la institución se encontraba en huelga, movimiento que duró alrededor de un año y medio. De esa época data su primera aparición en un medio impreso: la Revista que dirigía Juan José Arreola. Para entonces tenía 16 años de edad.
Posteriormente viajó a la capital de la República en donde radicaba su abuelo que era abogado. La familia deseaba que siguiera los pasos de su antecesor y se convirtiera en licenciado en derecho, pero lamentablemente ?o tal vez afortunadamente? no pudo ser.
Tenía que obtener recursos para vivir y logra conseguir un trabajo en la Secretaría de Gobernación como agente de inmigración. Tenía entonces 18 años de edad. Este empleo le permitió recorrer diversos lugares del País, lo cual fue de gran ayuda en su formación como escritor.
Años más tarde, aparece como becario del Centro Mexicano de Escritores. En 1953 –hace 60 años– escribe su libro de cuentos bajo título de “El Llano en Llamas” en el cual se incluyen una serie de narraciones, todas ellas de una gran calidad y de las cuales mencionaremos las siguientes: “Es que somos muy Pobres”, “El Hombre”, “Talpa”, “El Llano en Llamas”, “¡Diles que no me Maten!”, “Anacleto Morones”, y otros.
Dos años más tarde, en 1955, publica la novela “Pedro Páramo”, la cual le había llevado varios años escribir. Cuando esta obra cumplió sus primeros 30 años, el Gobierno de Nuevo León llevó a cabo una ceremonia que se efectuó en el Teatro de la Ciudad a finales de 1985, ante la presencia de destacadas personalidades. No fue posible contar entonces con la presencia de Rulfo debido a que para entonces ya estaba enfermo.
Escribió poco, es cierto. Algunos críticos comentaron que después del éxito obtenido en sus dos obras, Rulfo no deseaba publicar más por temor al fracaso. Lo cierto es que con estas dos obras Juan Rulfo logró colocarse en un lugar de honor en las páginas de la historia de la literatura mexicana y la universal.
¿Cuál es la razón del éxito de estas dos obras? La respuesta es sencilla: independientemente de la maestría con que maneja el lenguaje, la realidad mexicana no puede ser mejor pintada.
En sus páginas es posible observar el paisaje mexicano con los problemas característicos de un pueblo, de su gente, sus pasiones y muchas cosas más, sin olvidar ?por supuesto? al cacique. Comala, “Lugar sobre las brasas”, es el nombre del pueblo donde Rulfo ubica su obra y sus personajes; es un pueblo como muchos otros de nuestro País y de la América Latina, un pueblo que según comentaba el propio autor “va muriendo por sí mismo”. No lo mata nada. No lo mata nadie”.
Tanto en “Pedro Páramo” como en “El Llano en Llamas”, dibuja con maestría la vida rural de México, penetrando en la entraña misma de la tierra y recogiendo los secretos de su gente. Así se inicia la novela: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo», me recomendó. «Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte». Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas”. Su obra, que fuera calificada como regionalista, ha traspasado las fronteras de México y al internacionalizarse ha logrado influir en importantes escritores, entre ellos el propio Gabriel García Márquez, autor de “Cien años de Soledad”, quien el jueves 18 de septiembre del 2003 –en el 50 aniversario de “El llano en llamas”—terminó diciendo que “el escrutinio a fondo de la obra de Juan Rulfo me dio por fin el camino que buscaba para continuar mis libros, y que por eso me era imposible escribir sobre él, sin que todo esto pareciera sobre mí mismo; ahora quiero decir, también, que he vuelto a releerlo completo para escribir estas breves nostalgias y que he vuelto a ser la víctima inocente del mismo asombro de la primera vez; no son más de 300 páginas, pero son casi tantas y creo que tan perdurables como las que conocemos de Sófocles”.
Lo cierto es que Juan Rulfo no necesitó de muchos libros para conseguir trascender. Le bastaron dos: una novela y un libro de cuentos para ocupar un lugar de privilegio dentro de las letras hispanoamericanas. El llano en llamas (1953), libro de cuentos y la novela Pedro Páramo (1955) Juan Rulfo escribió también para el cine. Algunas de las cintas basadas en sus obras son: “El Gallo de Oro”, “La Fórmula Secreta”, “Pedro Páramo”, “El rincón de las Vírgenes”, “No Oyes Ladrar los Perros” y “La Media Luna”. Rulfo acostumbraba decir que “la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación…” En otra ocasión y sobre el mismo tema dijo lo siguiente: “Se trabaja con imaginación, intuición y una verdad aparente; cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar”.
