La verdadera historia de la penicilina

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por Denisse E. Bautista Vázquez y C.E. Medina De la Garza

Es lo común que, al hablar sobre la penicilina, el primer nombre con el cual se relaciona es el del médico escocés Alexander Fleming. Antes de él sin embargo,  otros investigadores describieron el poder antibacteriano de productos derivados de diferentes especies del hongo Penicillium. Y después de él, estuvieron aquellos que convirtieron una observación de laboratorio en un arma terapéutica contra la infección.

Históricamente, el primer reporte sobre el efecto de Penicillum sobre el crecimiento de bacterias fue publicado en 1871 por John Scott Burdon-Sanderson. En 1875 John Tyndall publicó sus observaciones sobre este mismo efecto bactericida  de  Penicillium. En 1896, Bartolomeo Gosio aisló el ácido micofenólico, molécula derivada del hongo Penicillium que mostró propiedades antibióticas al inhibir el crecimiento de la bacteria Bacillus anthracis. Un año después, el estudiante de medicina francés Ernest Duchesne, planteó en su tesis recepcional el uso de hongos como tratamiento contra las bacterias, al referir la observación de que Penicillium reducía notablemente la patogenicidad de  bacterias en los seres vivos. Posteriormente en 1913, Carl Alsberg y Otis Black aislaron el ácido penicílico, que mostró algunas propiedades antibióticas. La actividad antibacteriana de cultivos de Penicillium fue reportada por André Gratia y Sarah Dath en 1924. Esta actividad fue también descrita por Fleming en su reporte del año 1929, en el cual nombró “pencilina” a la substancia con el poder de matar bacterias en cultivo y de la cual se pensaba era una enzima.

A pesar de los indicios e informes sobre el poder bactericida de la substancia,no se tuvo éxito al querer aislarlo, purificarlo y producirlo en cantidad suficiente para poder emplearlo en humanos y usarlo en la terapéutica. Entonces ¿A quién se debe verdaderamente este descubrimiento?

El trabajo de hacer de la Penicilina un agente terapéutico útil en el tratamiento de las infecciones correspondió a un grupo de investigadores de la Universidad de Oxford, encabezados por el patólogo australiano Howard Florey, junto con el químico alemán Ernst Chain, el químico ingles Norman Heatley  (fotografía superior) y otros colaboradores. Este grupo trabajo intensamente entre 1938 y 1940 para lograr purificar la penicilina, y probarla experimentalmente. Los primeros ensayos terapéuticos fueron realizados en ratones infectados con Staphylococcus, a los cuales siguieron pruebas terapéuticas clínicas en humanos. En agosto de 1940 Florey y su grupo publicaron sus primeros resultados en la revista médica The Lancet  con el artículo titulado “Penicillin as a Chemotherapeutic agent” (Fotografía abajo)  en donde los nombres de los colaboradores, a petición de Florey, aparecían en orden alfabético. El escritor científico Lennard Bickel en su obra “Rise up to life”  narra que después de la publicación de este artículo, Alexander Fleming “… llamó a la puerta de Florey  en Oxford y preguntó que hacían con “su” penicilina…se le enseñó el laboratorio, los resultados y se le entregó una muestra de penicilina… El visitante (Fleming) regresó a Londres, sin hacer ningún comentario ni expresar un solo  elogio. Nunca más se le volvió a ver por el laboratorio…”.

El resto de lo ocurrido es ya parte de la historia de la Medicina y de la Humanidad. La penicilina, como primer antibiótico derivado de un microorganismo, inició una revolución en la terapéutica de la enfermedad infecciosa. Florey y Chain fueron reconocidos casi inmediatamente por este trabajo con el premio Nobel en 1945.  Esta distinción se hizo extensiva a Fleming, como autor de la descripción de la substancia, mientras el bioquímico Norman Heatley, cuyas importantes modificaciones en procesos clave hicieron posible la producción de las cantidades penicilina necesarias para su uso en humanos, fue el gran olvidado en el reconocimiento.

Conmemorando la obra de los hombres y mujeres que crearon el primer antibiótico, la Fundación Robert y Mary Lasker  abrió un jardín de rosas y colocó una placa en el Jardín Botánico de la Universidad de Oxford para rendir un homenaje de respeto y gratitud a estos protagonistas de la historia, nombrados en la placa, asimismo, en orden alfabético.

Placa conmemorativa, Oxford:

http://www.oxfordhistory.org.uk/streets/inscriptions/central/botanic_garden.html

Fuentes de las fotografías:

 

 

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