Indira Kempis

La estética de una ciudad es un tema que no debe pasarse por alto. Si bien es cierto que la infraestructura desde los presupuestos hasta la toma de decisiones es lo más importante, también lo es que una ciudad que cuenta con elementos visibles de su exterior, es deseable a la vista y el tacto.
Ciudades en el mundo como Barcelona o París han entendido que no basta con administrar servicios y productos de las grandes obras para la población. Las calles, el transporte público, las zonas comerciales se convierten en el lenguaje semiótico de la ciudad para que los habitantes y visitantes puedan crear sus propios significados.
La configuración de la estética se debe originar a partir de principios básicos que respeten la historia, los barrios, los micrositios de las ciudades, pero que mezclen a la vez los elementos que se derivan de las migraciones, la pluralidad, los nuevos hábitos, entre otras cosas.
El Dr. Gustavo Bureau Roquet en su artículo Criterios de determinación de estética urbana en México establece que lo que reconocemos como estética urbana no puede ser algo que imponga desde los tomadores de decisión. Porque “una ciudad es un proceso continuo donde los factores socioeconómicos, políticos y comerciales, interactúan e influyen sobremanera en la expresión de su imagen urbana”. Por esa razón, la calidad estética deberá estar determinada por aquellos elementos que sean reconocidos por la sociedad como propios y con los cuales establezca un lazo de identidad colectiva.
Por tanto, los criterios tienen que primero satisfacer a la población residente para generar esa apropiación del embellecimiento de los espacios, en esa medida una ciudad que se concibe como estéticamente bella crea la percepción propia y ajena de que es humana, habitable, confiable no sólo para vivirla, sino para visitarla.
