Crónicas del tercer mundo

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Indira Kempis

Si le parece despectivo el título, probablemente, tenga razón. No es para menos que aunque por el lenguaje nos han reinventado el rumbo (ahora somos países en vías de desarrollo), la década de los ochenta nos dejó marcados como el tercer mundo, caracterizado por economías inestables, poco o nulo desarrollo social, usencia o poca presencia de relación con otros países, entre otras cosas.

Ayer, esa palabra no dejó de escucharse en mi cabeza. Pensé que podríamos retomarla cada vez que regresáramos de nuevo al punto de “barbarie”, ese en el que usted como yo se pregunta por qué no suceden las cosas o el típico “cómo es posible”. Entonces, el tercer mundo se hace presente como una pesadilla. Más en la urbe, la ciudad en donde difícilmente se pueden esconder las desventajas, los defectos y conflictos. Aquí una pequeña crónica.

Por la noche, realizamos un recorrido colectivo en bicicleta, de repente una patrulla se nos acerca para indicarnos que estamos detenidos y que hemos cometido una infracción. De inmediato, mi compañero y yo (qué vamos a la cabeza) le decimos al policía que si quiere lo hablamos en un lugar seguro, es decir, donde pudiera estacionarse sin provocar molestias. También expresamos que no estábamos infringiendo el reglamento, sencillamente, porque en el reglamento no está especificado ni siquiera su uso como transporte, trabajo que no sobra decir, hemos estado haciendo con la Dirección de Tránsito y otras instituciones.

El policía, todo esto en movimiento, no aceptó y nos dijo que teníamos que detenernos.  Lo hicimos. A los tres o cinco minutos había 4 patrullas en el lugar. Le confieso que nunca antes me había visto rodeada (creo que ni siquiera algunos delincuentes). La respuesta a nuestra inquietud sobre cuál era el problema o cuál “artículo” habíamos echado por la borda, fue: “las calles son para los vehículos (autos)”, ¿no es al revés?, ¿las calles no deberían ser para los habitantes de una ciudad? Increíble, pero cierto.

Posteriormente, el argumento fue que estábamos ocasionando tráfico porque había quejas al respecto, ¿no es al revés?, ¿no son los autos los que han creado su gran estacionamiento llamado tráfico?, ¿de plano a este punto ha llegado la paranoia para creer que la bicicleta es un peligro? El “argumento” otro fue que no habíamos avisado, ¿tendríamos que avisar para hacer uso de una bicicleta? Además, nos han visto en otras ocasiones sin decirnos nada.

Hasta eso los oficiales fueron amables conforme pasó el tiempo. Se acordó la presentación de un oficio para que conozcan de qué se trata, obviamente, con mayor razón necesitamos: a) un reglamento de tránsito incluyente, b) carriles exclusivos. Porque la calle no tendría por qué ser para los vehículos. Aunque todo esté hecho para pensar que así es, ¿ahora entiende por qué más de uno nos sentimos en el tercer mundo? Porque ciudades como París, Barcelona, Ciudad de México y Bogotá han puesto el tema en las prioridades de la agenda pública, pero en el municipio más rico de México… Es hora de que sea así o nos quedemos rezagados en estructuras que distan de ser de clase mundial.

 

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