Ismael Vidales Delgado
Víctor era un muchacho campesino que vivía en la “Estación de Golondrinas”, (Lampazos de Naranjo, N.L.). Un día decidió viajar a Nuevo Laredo en busca de trabajo. Mientras esperaba el tren, se metió en el pequeño restaurante y ordenó un par de huevos rancheros mismos que se comió con especial apetito. Todavía no terminaba de tomar el café, cuando el tren apareció y Víctor trepó de inmediato, olvidando pagar su desayuno, pues sabía que el tren sólo se detenía en la estación escasos minutos. Cuando el tren arrancó, escuchó los gritos del restaurantero: ¡Ladrón, págame el desayuno!
Víctor no era ladrón ni había tenido la intención de no pagar su desayuno, eso lo sabía él, y se sintió avergonzado, pero ya no podía regresar. En Nuevo Laredo trabajó duro por espacio de cinco años, ahorró dinero y compró algo de ropa para él y para sus hermanos.
Un día regresó a Golondrinas, y tan luego se bajó del tren, lo primero que hizo fue dirigirse al restaurante para pagar aquel desayuno. El dueño se negó a recibir el dinero, argumentando que si no le hubiera preparado aquel desayuno, habría incubado aquellos huevos, de éstos habrían salidos pollos, que habrían dado lugar a más gallinas… así que haciendo cuentas, le debía pagar 7 mil pesos y no 25 que costaba el desayuno. Víctor estaba dispuesto a pagarle hasta 100 pesos, pero se negaba a pagar los 7 mil que pedía el restaurantero. Así que el caso llegó hasta el Juez Auxiliar.
Víctor contó lo sucedido a su viejo maestro que todavía enseñaba en la escuelita del pueblo, quien se ofreció a defenderlo en aquel juicio. El día fijado por el juez para escuchar a las partes, estaban el restaurantero y Víctor, pero el maestro no llegaba y el tiempo estaba transcurriendo, por lo que el Juez advirtió que de no presentarse el maestro, dictaría sentencia.
De pronto apareció el maestro con una bolsa de papel en la mano.
-Perdonen la tardanza, dijo el maestro, me retracé porque estaba tostando estas semillitas de calabaza porque las voy a sembrar y así tendré plantas que me den semillitas ya tostadas.
El Juez soltó una sonora carcajada al tiempo que decía, pero mi querido maestro ¿en verdad usted piensa que las semillitas tostadas pueden germinar?
A lo que el maestro contestó: -¿Y usted cree señor Juez, que de los huevos rancheros pueden salir pollos?
El Juez, no contestó la pregunta, simplemente sentenció: -¡Aquí no hay delito que perseguir, señor restaurantero, acepte la oferta del muchacho y váyanse en paz!
Y usted, mi querido maestro, la verdad nunca desaprovecha una oportunidad para enseñarnos algo aunque sea afuera de la escuela.
