Indira Kempis
De acuerdo con el investigador español Manuel Castells, una ciudad es una obra de la imaginación colectiva. Por tanto, más allá de haberse creado para la fuerza laboral aglutinada en un asentamiento o territorio, debe ofrecer soluciones de la civilidad y calidad de vida común en la que queremos vivir.
Lamentablemente, la ciudad creada a partir de nuestra cotidianidad parece ser tan atractiva para explorar sus oportunidades educativas, laborales o recreativas, como un “dolor de cabeza” que a sus habitantes nos invade con una serie infinita de problemas que parecen cada día más agudos en la administración de servicios, la gerencia de los presupuestos, las políticas públicas, sin contar los graves focos de atención como la violencia urbana y el caos vial.
A pesar de que los modelos de ciudad han variado conforme el tiempo y el espacio, la única certeza es que tanto los casos positivos y negativos dependen de esa imaginación colectiva para que las exigencias de la ciudadanía de esa ciudad se conviertan en demandas específicas. Todavía más: que cualquiera que sean las características de ella, es el lugar en donde vivimos y, por tanto, sería difícil que nos mudáramos.
Es por esa razón, que en términos de sustentabilidad de las ciudades se debe considerar tanto el imaginario colectivo como el hecho de que quienes las habitamos somos seres humanos diferentes. De ahí que, por ejemplo, el programa ONU Hábitat Colombia en una de sus publicaciones llamada “Urbanización para el Desarrollo Humano. Políticas para un mundo de ciudades”, en su introducción, hace hincapié en que la ciudad es, además de esa gran y compleja infraestructura, un lugar en el que debemos aprender a vivir juntos. En ese camino, no se puede darle la vuelta a los problemas sin tener en mente como individuos que existen los otros y esos otros y otras coexisten en el mismo territorio aunque a veces no los tomemos en cuenta.
Queda en cada uno de nosotros concebir la imagen colectiva lo que queremos, pero también de lo que podemos contribuir para intervenir justo en esos procesos que necesitan con urgencia una demanda participativa que se enfoque con mayor precisión a combatir las torpezas de este “pequeño-gigante” monstruo citadino, de tal forma que podamos convertir a la ciudad que habitamos en una ciudad-solución.
