Por Flore Olive
(Tomado de Paris Match. Traducción del francés, de Félix Ramos Gamiño).
El momento es solemne: en la mitad de una botella de plástico, Federico prepara el urucú, la mixtura que nos aplicará en el brazo: una mescolanza de plantas, de raíces y de tinte natural azulado. En un cuaderno dibujó previamente los motivos que se han de reproducir. Estas pinturas nos deben proteger de los espíritus de la selva en la que nos vamos a internar.
De la bolsa de su pantalón corto, Federico saca el arreglo de plumas de cotorro que se acomoda en la cabeza. Arco y flechas al hombro, fusil al otro, machete en la cintura, él abre la marcha. El camino ya ha sido desbrozado. A la salida de la aldea, campos de mandioca, finos arbustos que la exuberante vegetación amenaza con devorar. Son éstos los únicos cultivos de los guajajara. Federico y sus vecinos venden las flores de estas plantas, que sazonan todos los platillos brasileños.
Desde que se ha tenido que tratar con los blancos, imposible vivir sin dinero. El camino es angosto; las hierbas hieren las piernas, pero todavía no nos encontramos en la selva virgen. Para llegar a ella, hay que caminar más de seis horas
Igual que una ola, la selva se ha retirado. Después de varios kilómetros, una brecha importante: damos con una pista. En la arena roja, vemos las marcas dejadas por un camión hace unas cuantas horas. A la orilla de este camino, se ve la tierra quemada y troncos cortados. Los leñadores lo utilizan para transportar por él, de manera absolutamente ilegal, los árboles que acaban de talar. Los árboles caen y los hombres engordan sus carteras gracias a ellos.
Visto desde el aire, el territorio de Arariboia es un confeti, un islote de vegetación tropical en una extensión en que la selva ha desaparecido desde hace ya mucho tiempo. En su lugar se ven praderas invadidas por millares de cabezas de ganado de los grandes terratenientes, y plantaciones de eucalipto hasta donde alcanza la vista. Las fundiciones de mineral de hierro, en las que se consume carbón de los bosques escupen un humo negro. Una carretera se despliega paralelamente a la vía férrea sobre la cual circulan los trenes 24 horas diarias. Estas largas serpientes de asfalto y de metal parten en dos, como una herida, el territorio indio. Los guajajara viven ahí desde la noche de los tiempos. Y su lucha nos parece tan antigua.
Esta era la tierra de nuestros ancestros. No estamos en una reservación
Ya desde el año 1985, el jefe indio, héroe de la “Selva de Esmeralda”, la cinta de John Boorman, exclamaba ante el seco cauce del río, a causa de la construcción de una enorme presa: “Ellos arrancan la piel al mundo. ¿Cómo respirará? Aquí, antes había un río…”
Los guajajara sobreviven al borde de nuestra civilización, que poco a poco los ha rodeado. Sentado en una hamaca, con las piernas colgando, Federico se protege del sol bajo la sombra de la única casa de ladrillo de la aldea de Jucaral, mientras muerde una caña, cuyo jugo aspira ruidosamente entre sus dientes. Las otras viviendas están hechas de paredes de adobe y techos de palma.
Cerca de él, está Silvio, el amigo de su infancia. Federico tiene 31 años; Silvio, un año más y cuatro hijos. Portavoz de la Coapima, una asociación que trata de federar a los Indios del Estado de Maranhäo, Silvio nació en esta aldea, lo mismo que su madre antes que él. Su padre era “un descendiente de esclavos”, dice él. “Hasta los 10 años, jamás había usado camiseta. Yo vivía desnudo, sin influencia exterior; sabía cazar, pescar, y todos éramos más unidos”.
Silvio y Federico hablan aún la lengua tupi, pero han aprendido también el portugués. Desde que el gobierno de Lula otorgó becas a las familias que ponen a sus hijos a estudiar, los niños guajajara frecuentan más la escuela, construida en la confluencia de las tres aldeas vecinas. Silvio ha apreciado “el descubrimiento del exterior”, dice; “pero mi cultura está en lucha con la cultura moderna, cuyas reglas nos han sido impuestas, y ya no sabemos cómo luchar”.
Sobre una banca de la casa vecina, se ve un hombre tendido. Se ha quedado varios días en la aldea, solo para beber. El alcohol hace estragos entre los indios, lo mismo que las enfermedades venéreas o las enfermedades virales contra las cuales no están –o si acaso muy poco- protegidos. Incapaces de adaptarse, muchos caen en profundas depresiones, y algunos se suicidan.
Cerca del ebrio, unos jóvenes ríen alrededor de una motocicleta, sobre la cual han colocado una bocina que les divierte. En realidad, ellos jamás han cazado. El mundo moderno se los ha tragado poco a poco. Con el plan “Luz para todos”, ha llegado la electricidad y, con ella, la televisión. Los últimos pueblos nómadas se han establecido. Sus perspectivas han cambiado.
“Esta tierra era la de nuestros ancestros; no estamos en una reservación”, dice Federico. Este suelo, en el que reposan sus abuelos, ya no les pertenece. El gobierno les permite disfrutar de él. Pero todos los recursos naturales que extraen de él, a él han de regresar. A los indios solo se les autorizan los cultivos que les permiten sobrevivir.
Un decreto pretendía modificar el Código Forestal, y reducir aún más su territorio. Sin embargo, el 25 de mayo anterior, la presidenta Dilma Rousseff lo vetó parcialmente. Los grandes terratenientes tienen la obligación de dejar el 20 por ciento de sus tierras en estado primitivo, pero esto prácticamente nunca se respeta.
La deforestación reseca los suelos; los escurrimientos de las aguas de lluvia provocan la sedimentación de los ríos, contaminados ya por los excrementos del ganado. Los ancestrales sitios en que se bañaban son ahora frecuentados por trabajadores agrícolas que acuden ahí para beber. Desde 1970, miles de millones de dólares financian la explotación del hierro y el aluminio en la región. Para transformar el hierro en arrabio, las empresas utilizan el carbón como combustible.
Tatiana de Carvalho, especialista de Green Peace en el tema de la deforestación, dice que “La madera de estas selvas es la más popular, y el carbón de madera agota y contamina las zonas protegidas. El arrabio será exportado principalmente a los Estados Unidos, donde será utilizado para la fabricación de automóviles BMW, Ford o Mercedes”.
El Estado responde: en lugar de la selva sacrificada al dios del carbón, el gobierno financia la plantación de millones de eucaliptos. Pero las compañías han untado la pata de ciertas comunidades indias, para apoderarse de este territorio protegido. La región ha experimentado la llegada de delincuentes comunes; matones que han venido a ponerse a la sombra del toldo; cabezas calientes que dominan una mano de obra de siervos: hombres, mujeres y niños, de los más pobres de Brasil, reducidos a la esclavitud.
Líderes de compañías y de sindicatos han sido asesinados. La prostitución es una gangrena en los campamentos. Jefes de aldeas son corrompidos por los taladores. “Hasta 150 camiones diarios pueden salir de este territorio, explica Joao, de la Cimi, una asociación para la protección de los indios. Algunos jefes exigen diez reales por árbol, y cada camión transporta diez troncos. Cada metro cúbico de madera será vendido en 300 reales en el aserradero.
Al oeste de la aldea, en otro mundo, la aldea de Amaranto, la más cercana, se ha convertido en refugio de traficantes de mariguana, cuyos campos se extienden más al sur.
Atrapados entre estos dos terrenos hostiles, donde las cuentas se dirimen a tiros de fusil, los guajajara pagan con su sangre la defensa de esta frontera convertida en campo de combate. A fines del mes de abril, el jefe indio Mario Amelio fue asesinado frente a su familia. En enero, Federico y sus amigos encontraron en la selva los restos calcinados de un niño awa-guaja (indio nómada).
Según la Funai, el organismo gubernamental para la protección de los autóctonos, estos indios habrían entrado sin querer en contacto con forasteros. “Estamos muy preocupados por ellos, explica Federico. Los awa-guaja rehúsan ser contactados. Después de este drama, no sabemos dónde están. Los hemos perdido”.
Se trata de unos 60, los últimos nómadas. En cuanto a los indios awa, quedan unos 350, repartidos en aldeas más al norte. “Es por ellos por quienes también luchamos, dice Federico. Si el gobierno tiene dinero para plantar eucaliptos y financiar minas, ¿por qué no lo tiene para protegernos? Este progreso, tal como se nos propone, no lo queremos. Queremos nuestra tierra y nuestra selva. Sin ellas, solo sufrimos”.
