Indira Kempis
He escuchado a más de un automovilista decir que los peatones deberían cruzar con precaución las calles a sabiendas que vivimos en una ciudad en donde las vías rápidas son para el flujo que depende de la velocidad de los autos. Punto que es defendible en la medida que depende del peatón usar los espacios disponibles en donde se cede el paso. En un semáforo, un puente, a las líneas de cebra. Un ciudadano responsable de su propia cultura vial debe, efectivamente, atender a lo que está previsto.
Sin embargo, debemos considerar el “otro lado de la moneda”, aquel en donde la responsabilidad recae en los conductores de automóviles. Porque, si bien es cierto, que no todos los peatones atienden a los señalamientos para cruzar la calle, también hay automovilistas que no respetan esos señalamientos.
Es común observar conductas evidentes como cuando el semáforo se pone en señal de alto (color rojo) y se detienen justo sobre las líneas de cebra, dejando al peatón expuesto a la vía continua, orillándolo por lo mismo a un accidente. Seguido de esto, una vez que se indica la señal de siga (color verde) la mayoría de los automovilistas pisan el acelerador con prisa, igualmente, dejando expuestos a los peatones que han cruzado en los penúltimos segundos.
Hay detalles mínimos de la cotidianidad que deben ser observados en tiempos y movimientos para establecer mecanismos por medio de la infraestructura, la legalidad y la comunicación que tengan como finalidad moldear nuevos hábitos de cultura vial que, al final del día, es un indicador de qué tan humana es la ciudad como para que los peatones puedan cruzar una calle. No necesita ser una avenida grande, basta con calles estrechas como las que hay alrededor de la Macroplaza en el centro de Monterrey. Haga el ejercicio de cruzar la calle. Quizá no se sorprenda del todo, pero podemos con base en la experiencia proponer qué hacemos para que esa acción que parece tan simple, deje de convertirse en un acto casi heroico para quienes las tienen que cruzar a diario.
