El discurso de 1847, que predijo el cambio climático inducido por el hombre

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Un casi olvidado pronunciamiento, hecho por un congresista de los Estados Unidos advertía sobre el calentamiento global y el mal manejo de los recursos naturales

(Tomado de The Guardian.co.uk. Traducción de Félix Ramos Gamiño)

George Perkins Marsh, 1801-1882, un diplomático americano, es considerado por algunos como el primer ambientalista de los Estados Unidos. Fotografía: Biblioteca del Congreso.

Cuando pensamos en el nacimiento del movimiento de conservación ambiental en el siglo XIX, los nombres que por lo general se nos vienen a la mente son los de John Muir y Henry David Thoreau, quienes escribieron sobre la necesidad de proteger las áreas silvestres en una época en la que causaba furor la noción del “destino manifiesto” de la humanidad.

Sin embargo, un norteamericano menos renombrado –contemporáneo de Muir y de Thoreau- puede reclamar el mérito de haber sido la primera persona en publicitar la ahora ampliamente divulgada idea de que los humanos pueden influir de manera negativa en el medio ambiente que los soporta.

Ciertamente, George Perkins Marsh (1801-1882) tenía una carrera polifacética. He aquí cómo lo describe la Universidad Clark, de Massachusetts, que, para honrar su memoria, ha puesto su nombre a un instituto:

A lo largo de sus 80 años de vida, Marsh tuvo diversas carreras, como abogado (aunque, de acuerdo con sus propias palabras, “un practicante indiferente”); editor periodístico, criador de ovejas, propietario de un molino, conferencista, político y diplomático. También incursionó en diversos negocios, pero fracasó estrepitosamente en todos ellos: canteras de mármol, inversiones en carreteras, manufactura de lana.

Estudió lingüística, sabía veinte idiomas, escribió un libro definitorio sobre el origen de la lengua inglesa, y fue conocido como el erudito escandinavo más importante de Norteamérica. Inventó herramientas y diseñó edificios, entre ellos el Monumento a Washington.

Como congresista en Washington (1843-49), Marsh ayudó a fundar y dirigir la Smithsonian Institution. Se desempeñó cinco años como embajador de Estados Unidos en Turquía, donde ayudó a los refugiados y abogó por la libertad religiosa. Pasó los últimos 21 años de su vida (1861-82) como embajador de Estados Unidos en el recientemente unificado Reino de Italia.

En otras palabras, se mantenía ocupado, pero yo argumentaría que su momento definitorio llegó el 30 de septiembre de 1847, cuando, como congresista del Partido Whig, precursor del Partido Republicano, pronunció un discurso ante la Sociedad Agrícola del Condado Rutland, en Vermont. (La pieza oratoria fue publicada un año después). Y fue su brillo intelectual lo que le llevó a publicar, en 1864, su obra más conocida: Hombre y Naturaleza: la Geografía Física Modificada por la Actividad Humana.

HAN PASADO MÁS DE 160 AÑOS

Más de 160 años más tarde, vale la pena leer este discurso, notablemente profético. También demuestra que Perkins Marsh les llevaba décadas de ventaja a otros pensadores en este tema. Después de todo, pronunció su discurso una década o más antes de que John Tyndall empezara a explorar la tesis de que ligeros cambios en la atmósfera podrían causar variaciones climáticas. Y tuvo lugar un siglo antes de que Svante Arrhenius sentenciara que el dióxido de carbono emitido por la “enorme combustión de carbón de nuestros establecimientos comerciales podría calentar el mundo (lo que él consideraba sería beneficioso).

Pues bien, en su discurso, Marsh habla de “el hombre civlizado” y los salvajes”, y el lenguaje que utiliza es ampuloso en determinados pasajes; pero no seamos tan severos: después de todo, estamos hablando del año 1847. Es más o menos  a la mitad de su intervención cuando llega al meollo de los asuntos que más nos interesan en la actualidad:

El hombre no puede ordenar a su gusto la lluvia y los días de sol, la escarcha y la nieve, pero es muy cierto que el clima mismo ha cambiado gradualmente en algunas instancias, y ha mejorado o se ha deteriorado por la actividad humana. El drenado de pantanos y la tala de bosques afectan de manera perceptible la evaporación de la tierra y, desde luego, la cantidad de humedad suspendida en el aire. Las mismas causan modifican las condiciones eléctricas de la atmósfera y la capacidad de la superficie para reflejar, absorber e irradiar los rayos del Sol y, consecuentemente, influir en la distribución de la luz y del calor, así como en la fuerza y dirección de los vientos.

“En un ámbito de más estrechos límites, los fuegos domésticos y las estructuras artificiales crean y difunden un incremento de calor que puede afectar la vegetación. La temperatura media de Londres es uno o dos grados más alta que la de la comarca que la rodea, y Pallas creía que incluso el clima de un país tan escasamente poblado como Rusia, se había visto sensiblemene modificado por causas semejantes”.

Algunos de los términos que utiliza pudieran sonar un poco arcaicos para nuestros oídos; pero, ampliamente hablando, ha quedado probado que su corazonada era correcta. Y lo podemos ver lidiando con conceptos que en la actualidad conocemos como: el efecto isla del calor urbano y el efecto invernadero.

APROVECHAMIENTO SENSATO DE LOS RECURSOS NATURALES

Pero en su discurso también hizo un llamado a un más sensato aprovechamiento de los recursos naturales, a pesar de la abundancia, prácticamente ilimitada de ellos en las grandes extensiones de América del Norte.

Como claramente lo establece la Universidad Clark, no era él un ambientalista sentimental. Más bien, él creía que todo consumo debe ser razonado y considerado, siempre con la mente puesta en el impacto que repercutirá en las futuras generaciones: se estaba pronunciando a favor de lo que ahora llamamos “desarrollo sustentable”. En particular, decía a su auditorio que debería reconsiderar el valor de los árboles:

“El creciente valor de la madera y del combustible deberían enseñarnos que los árboles no son ya lo que eran en los tiempos de nuestros padres, un estorbo. Indudablemente, en Vermont tenemos una mayor proporción de tierras despejadas de las que necesitaríamos, con una cultura adecuada, para el sustento de una población más grande de la que ahora tenemos, y cada acre adicional disminuye tanto nuestras posibilidades de una agricultura completa, por la extensión desproporcionada de esa área, y priva a las futuras generaciones de lo que, aunque comparativamente menos valioso para nosotros, sería de enorme valor para ellos. Las funciones del bosque, aparte de brindarnos madera y combustible, son muy variadas. Los poderes conductores de los árboles los hacen altamente útiles para restaurar el disturbado equilibrio del fluido eléctrico; son de enorme valor para abrigar y proteger los vegetales tiernos contra los efectos de los vientos sombríos o secanos, y el depósito anual del follaje de los árboles de hoja caduca, y la desintegración de los troncos en descomposición, forman una acumulación de abono vegetal, que les da la más grande fertilidad a los muchas veces originalmente suelos estériles en los que crecen, y enriquece las tierras  bajas, por el lavado que hacen las lluvias y las nieves derretidas.

Los problemas derivados de una falta de previsión en la economía del bosque ya se resienten de manera severa en muchas partes de Nueva Inglaterra, e incluso en algunas de las más viejas ciudades de Vermont. Las inclinadas laderas de las colinas y los salientes rocosos están bien acondicionados para el crecimiento permanente de madera; pero cuando, en el afán de mejorar el hombre, imprudentemente los despoja de esta protección, la acción del sol, del viento y de la lluvia pronto los privan de su delgada capa de abono vegetal, y éste, cuando se agota, no puede ser restaurado por la agricultura ordinaria. Por lo mismo, quedan manchones estériles y antiestéticos, que ni producen grano ni pasto, y no dan cultivos, sino una cosecha de hierbas nocivas, para infestar, al esparcir sus semillas, las ricas tierras arables de planos más bajos.

Pero ésta no es, de ninguna manera, la más grave resultante de la poco juiciosa destrucción de los bosques. Éstos funcionan como reservas y ecualizadores de la humedad. En las estaciones húmedas, las hojas caducas y el suelo esponjoso de las tierras forestales retienen gran parte del agua de las lluvias, y regresan la humedad en tiempos de sequía, ya sea por evaporación o por medio de arroyos. Lo que es más, unas y otros conducen el agua de la superficie a los arroyos y las tierras bajas, y evitan que la sequía del verano agoste nuestros pastos y seque las corrientes que los alimentan.

Por otra parte donde una gran cantidad de la superficie está desnuda de madera, la acción del sol veraniego y del aire resecan las colinas que ya no están sombreadas o protegidas por los árboles, y el campesino se ve obligado a utilizar sus praderas para el ganado, el cual ya no puede encontrar alimento, y en ocasiones lo tiene que llevar en busca de agua a varios kilómetros.

Una vez más, las lluvias de primavera y otoño, y las nieves derretidas del invierno, ya no interceptadas y absorbidas por las hojas del suelo abierto de los bosques, sino esparcidas por todas partes, en una superficie relativamente dura y plana, se deslizan rápidamente por el suelo liso; se llevan el abono vegetal mientras buscan sus salidas naturales, y convierten cada barranco en un torrente, y cada río en un océano. La rapidez y violencia de las crecidas aumenta en proporción con lo despejado del suelo; los puentes son destruidos y arrastrados por la corriente; las praderas son despojadas de sus cultivos y de sus cercas, y cubiertas por arena estéril, y gastadas por la furia de la corriente, de modo que hay motivo para temer que los valles de muchos de nuestros ríos se conviertan muy pronto, de sonrientes praderas, en amplios desechos de guijarros, grava y piedras, desiertos en el verano y mares en otoño y primavera.

MODIFICACIONES GEOGRÁFICAS

Los cambios que estas causas han provocado en la geografía física de Vermont, en el lapso de una generación, son demasiado impactantes como para escapar a la atención de cualquier persona observadora; y cada hombre de edad mediana que revisita el lugar de su nacimiento después de algunos años de ausencia, observa un paisaje muy diferente del que fue teatro de sus trabajos y placeres de juventud.

Las señales de mejora artificial se mezclan con las muestras de gasto imprudente; y las colinas pelonas y áridas, los lechos secos de los arroyos más pequeños, los barrancos forrados sólo por los torrentes de primavera, y el disminuido hilo de agua que fluye por el ampliado canal de los ríos parecen tristes sustitutos para las agradables arboledas y arroyos, y amplias praderas de su vejo dominio paterno.

Si el valor actual de la madera y de la tierra no justifican la replantación artificial de las tierras despejadas de manera imprudente, la naturaleza debería ser capaz de volverlas a vestir con un crecimiento espontáneo del bosque, y en nuestra agricultura futura deberemos hacer una más cuidadosa selección de la tierra para su mejoramiento permanente. Desde hace mucho tiempo, ha sido práctica común en muchas partes de Europa, así como en nuestros asentamientos más antiguos, talar los bosques constituidos en reserva para madera y combustible. Es tiempo ya de que esta práctica se introduzca entre nosostros.

Tras la primera caída del bosque original, pasa mucho tiempo antes de que sea suplementado, porque las raíces de los árboles viejos y crecidos rara vez son profundas; pero cuando se establece el segundo crecimiento, puede ser talado con gran ventaja, en períodos de aproximadamente 25 años, y produce un material muy superior, en todos los aspectos, menos en el tamaño, a la madera del árbol primitivo. En muchos países europeos, la economía forestal es regulada por la ley; pero aquí, donde la opinión pública determina, o más bien, donde la práctica constituye la ley, no podemos sino hacer un llamado a un renovado autointerés para introducir las reformas, verificar los abusos, y preservarnos a nosotros mismos de los males que he mencionado.

NOTA: Han pasado más de 150 años desde que Marsh fue nonmbrado personalamente por Abraham Lincoln para ser el primer embajador de Estados Unidos en Italia. (Marsh fue enterrado en Roma). Exactamente tres años más tarde, Lincoln aprobó la legislación que llevaría a la creación del Parque Nacional Yosemite, en California. Éste ha servido como un precedente a lo largo y ancho del mundo, para los gobiernos estatales y federales, para comprar o preservar áreas silvestres, a fin de que sean protegidas a perpetuidad de desarrollos o explotación. Desde luego que se trata de especulación; pero siempre me he preguntado si Marsh y Lincoln discutieron alguna vez este asunto, ya sea personalmente o por correspondencia. ¿Habrá por ahí algún historiador que conozca la respuesta.

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