La violencia familiar: un efecto más allá del amor

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Maestra Maribel Sáenz Elizondo

Coordinadora de Servicios Psicológicos / Facultad de Psicología / UANL

msaenzel@gmail.com

 

“Le dan 36 años por estrangular a su mamá”

(Artículo) / www.el norte.com / 01-04-2006 Seguridad.

“Va al Penal por golpear a su madre”

(Artículo) / www.el norte.com / 08-05-2007. Seguridad.

Las notas periodísticas anteriores parecen haber sido sacadas de una novela de terror policiaco: pero lo cierto es que son hechos recientes y cotidianos en nuestra comunidad. Hablamos de un fenómeno tan común como las relaciones humanas; un evento en ocasiones tan naturalizado que ni los mismos miembros de esa comuna familiar pueden percibir; un evento que se da tras la puerta, en la intimidad del hogar; un suceso invisible para la sociedad ciega al dolor; un evento de violencia familiar.

La violencia familiar produce efectos en el ámbito individual, familiar y social, que se manifiestan a corto, mediano y largo plazo, y afectan diferentes áreas de la vida. No es un concepto que tenga que ver con la moda, sino más bien con el modo de relacionarse entre sí los miembros de esa familia; es una situación que va más allá del amor entre sus integrantes.

TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO

En general, la violencia familiar deja repercusiones físicas, alteraciones en la salud, afectación emocional y daños a la sexualidad y sociabilidad de las víctimas que la viven. Además, estas consecuencias se han relacionado con la aparición, el desencadenamiento y la consolidación de problemas de salud mental, como depresión, disfunciones sexuales, baja autoestima, autolesiones, sexualidad temprana y adicciones, y como consecuencia del mismo, una grave perturbación denominada trastorno de estrés postraumático. Asimismo, se manifiestan consecuencias graves, como homicidio y suicidio (como con los que se inicia el tema).

En los casos de menores adolescentes que han sido testigos de maltrato a su madre, e incluso en donde ellos han sido víctimas de agresión por parte de su padre, quien es figura central en el desarrollo de sus potencialidades psíquicas, el impacto emocional es aún de mayores consecuencias para el adecuado desarrollo de su personalidad, así como para el de su sentimiento de confianza y seguridad en el mundo y en las personas que los rodean.

La toma de conciencia, por parte del menor, de tales circunstancias, frecuentemente produce la destrucción de todas las bases de su seguridad. El menor queda entonces a merced de sentimientos como la indefensión, el miedo o la preocupación sobre la posibilidad de que la experiencia traumática pueda repetirse; todo lo cual se asocia a una ansiedad que puede llegar a ser paralizante.

Desafortunadamente, en el caso de la violencia familiar, la experiencia temida se repite de forma intermitente a lo largo de muchos años, por lo que constituye una amenaza continua y muchas veces percibida como incontrolable.

Los efectos producidos por la experimentación de un acontecimiento traumático de forma crónica pueden ser mucho más profundos, puesto que llevan asociados la afectación, en mayor o menor medida, de los significados cruciales de la vida de una persona, y más si ese ser se encuentra en momento de cambios, de crisis, todas propias de su etapa de desarrollo.

DEFINICIÓN DEL PROBLEMA

El término violencia familiar hace referencia a cualquier forma de abuso, ya sea físico, psicológico o sexual, que tiene lugar en la relación entre los miembros de una familia. Como todo abuso, implica un desequilibrio de poder, ejercido de parte del más fuerte en perjuicio del más débil, con el fin último de ejercer un control sobre la relación. Tradicionalmente, en nuestra sociedad, dentro de la estructura familiar jerárquica actualmente predominante, los dos principales ejes de desequilibrio los han constituido el género y la edad, y las mujeres, los menores y los ancianos son las principales víctimas de la violencia dentro de la familia, sin olvidar las personas con capacidades diferenciadas o de diversidad sexual.

Esta temática ha sido de sumo interés político, social, jurídico, e institucional, debido principalmente a su incidencia cada vez más acrecentada, y a la gravedad de las consecuencias a las que se enfrentan cotidianamente las personas que son víctimas. Afortunadamente, grupos legislativos, instituciones sociales y de asistencia, así como organizaciones gubernamentales y no gubernamentales se han dado a la tarea de dar respuesta a las mujeres víctimas de esa columna invisible que lleva la violencia familiar; pero aún no es suficiente para los menores que viven en lo cotidiano los avatares de la misma y sobre todo las consecuencias mayúsculas que desencadena dicha agresión.

CONDUCTAS AGRESIVAS Y ANTISOCIALES

La exposición a la violencia familiar constituye un grave riesgo para el bienestar psicológico de los menores, especialmente si, además de ser testigos, también han sido víctimas de ella. Los menores expuestos a la violencia en la familia presentan más conductas agresivas y antisociales conjuntamente con conductas de inhibición y miedo, que los que no sufrieron tal manifestación de agresión. También presentan menor capacidad de competencia social, y más bajo rendimiento académico que los muchachos que no experimentaron una vida violenta, además de síntomas de ansiedad, depresión y trastornos de estrés postraumático. Es importante destacar que, a pesar de la heterogeneidad de los sucesos violentos traumáticos, los individuos jóvenes que directa o indirectamente han experimentado este tipo de situaciones muestran un perfil psicopatológico común etiquetado en la actualidad bajo el rótulo de trastorno por estrés postraumático, y en algunas ocasiones se presentan otros trastornos asociados, como depresión, trastorno de ansiedad generalizada, ataques de pánico o abuso de sustancias.

Los síntomas más frecuentes que se pueden encontrar se pueden ubicar en las siguientes categorías: Repetición de la vivencia. Los menores frecuentemente tienen recuerdos o pesadillas repetidas sobre el evento que les causó tanta angustia. Algunos pueden tener “flashbacks”, alucinaciones u otras emociones vívidas de que el evento está sucediendo o va a suceder nuevamente. Evasión. Muchas personas jóvenes con trastorno de estrés postraumático sistemáticamente evitan las cosas que les recuerdan el evento traumático. Esto puede llegar a causar evasión de todo tipo: pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el incidente y también actividades, lugares o personas que les recuerdan el incidente.

Otras personas parecen no responder a las cosas o situaciones relacionadas con el evento y no recuerdan mucho sobre el trauma. Pareciera que todo el recuerdo traumático así como todo lo asociado, se va en “bloque”.

Aumento de efectos emocionales. Los síntomas de las personas en las que se ve un aumento en la excitación emocional pueden incluir dificultades para dormir o para despertar; irritabilidad o desplantes de rabia, dificultad para concentrarse, volverse muy alertas o cautelosos sin una razón clara, nerviosismo o facilidad para asustarse.

Los eventos más comunes asociados al Trastorno de estrés postraumático en jóvenes víctimas de algún evento violento son:

ATAQUES DE PÁNICO.

Los jóvenes que han experimentado un trauma tienen posibilidades de experimentar ataques de pánico cuando son expuestos a situaciones relacionadas con el evento traumático. Asociemos a esto el hecho de que el evento traumático es efectuado dentro del hogar, de donde se esperaría la seguridad y la paz. Estos ataques incluyen sensaciones intensas de miedo y angustia, acompañadas de síntomas como taquicardias, sudoración, nauseas, temblores, etcétera.

DEPRESIÓN.

Muchos adolescentes sufren episodios depresivos posteriores, pérdida de interés, descenso de la autoestima e incluso, en los casos de mayor gravedad, ideaciones suicidas recurrentes.

IRA Y AGRESIVIDAD.

Se trata de reacciones comunes y hasta cierto punto lógicas entre las víctimas de un trauma. Sin embargo, cuando alcanzan límites desproporcionados, interfieren de forma significativa con la posibilidad de éxito terapéutico, así como en el funcionamiento diario del sujeto. Pueden llegar a casos extremos tales como al homicidio.

ABUSO DE DROGAS.

Es frecuente el recurso a drogas como el alcohol para tratar de huir/esconder el dolor asociado. En ocasiones, esta estrategia de huida aleja al sujeto adolescente de recibir la ayuda adecuada y no hace más que prolongar la situación de sufrimiento.

CONDUCTAS EXTREMAS DE MIEDO / EVITACIÓN.

La huida/evitación de todo aquello relacionado con la situación traumática es un signo común en la mayoría de los casos; no obstante, en ocasiones este intenso miedo y evitación se generaliza con otras situaciones en principio no directamente asociadas con la situación traumática, lo que interfiere de forma muy significativa con el funcionamiento diario del muchacho o la muchacha. Por último, el cuadro definido del síndrome de estrés postraumático tiene otra connotación, esta vez relacionada con el tiempo y referida al post. El planteamiento del síndrome de estrés postraumático define los “estresores” o las situaciones traumáticas a partir de un modelo que delimita muy claramente en el tiempo el acontecimiento que produce los intensos desajustes psicológicos. El suceso traumático es uno, y parecería que sucede una sola vez. Sin embargo, la violencia en la familia es cotidiana y en ocasiones crónica. Acceder a un tratamiento ayuda a elaborar el trauma. Éste se integra en la personalidad previa y los síntomas que presenta el paciente siempre son una mezcla de las convicciones inconscientes y del hecho traumático. Por lo tanto, el trauma despierta angustias inconscientes previas, que pueden mitigar o magnificar su efecto. Es indicado el tratamiento psicoterapéutico y en ocasiones psicofarmacológico.

La duración del tratamiento depende de la magnitud del trauma y de la personalidad previa. La intervención inmediata en los pacientes con una personalidad sana es muy efectiva, y tiene el efecto de una intervención en crisis.

 

Referencias

Aberasturi, A. La adolescencia normal, un enfoque psicoanalítico. Ed. Paidos México 1978

Salgado, N. y Cols. Cálmese, son sus nervios, tómese un tecito. La salud mental de las mujeres

mexicanas. Ed. Pax México 2001

Sullivan, D. Personas en crisis, intervenciones terapéuticas estratégicas.. ed. Pax México 2000

 

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