Ismael Vidales
Los obreros de la ciudad de Chicago, en vista de la inmoderada explotación de que eran víctimas, iniciaron un movimiento con el propósito de reducir las horas de trabajo para evitar el agotamiento físico y dar a los desocupados la oportunidad de ingresar a las factorías y otras negociaciones.
El Congreso de Sindicatos y Sociedades Obreras Federales de los Estados Unidos, que celebraba sus reuniones en Chicago, tomó el acuerdo de pedir la jornada máxima de ocho horas, en la inteligencia de que si no les era concedida, el 1 de mayo de 1866 estallaría una huelga general; fue ésta de tal importancia que sólo en la ciudad de Chicago pararon 110,000 trabajadores.
Los obreros de la fábrica McCormick se veían constantemente hostilizados por la policía, y al efectuar el día 3 una manifestación de protesta, fueron atacados y muchos de ellos resultaron muertos y heridos.
El sacrificio no fu inútil. En julio de 1889 los delegados de 21 naciones, reunidos en el congreso de la Segunda Internacional celebrado en París, acordaron que a partir del año siguiente, los obreros de todo el mundo celebrarían el 1 de mayo como el día de la victoria del proletariado mundial. Se recuerda así a los obreros muertos en Chicago que fueron: Alberto R. Parsons, Augusto Spies, Jorge Engel, Samuel Fielden, Adolfo Fisher, Luis Lingg, Miguel Schwab, Oscar W. Nebee, quienes han pasado a la historia como los “Mártires de Chicago”.
