Paty Cerda
La educación para la salud mental es un proceso arduo y complejo que exige la coordinar esfuerzos en los ámbitos personal, familiar e institucional.
Organizar servicios de intervención en crisis depresivas es una tarea harto compleja que reclama la presencia de todos los núcleos sociales.La familia, el Estado, las instituciones educativas y las no gubernamentales, así como las asociaciones religiosas o las empresas privadas deben y pueden colaborar en este compromiso a través de diversas formas y medios que respalden a los profesionales de la salud mental, en el logro de mayor estabilidad y bienestar en nuestras familias.
Hoy, cuando estadísticamente se determina que entre un 10 y un 25 por ciento de la población mundial vive o vivirá un episodio depresivo en su vida se requieren cambios culturales para asimilar que este mal que aqueja a nuestro siglo debe llevarnos a pensar en la salud mental no como un lujo que sólo unos cuantos pueden solucionar a cambio de terapias con alto costo, sino como una enfermedad presente en todos los estratos sociales y por ende, como un tema a incluirse en la agenda sanitaria nacional y local.
La depresión es un trastorno que nos afecta a todos y, puede ser causada por una combinación de diversos factores que abarcan desde las experiencias personales; la química cerebral; las pérdidas afectivas o económicas ; los padecimientos derivados de enfermedades crónicas; los cambios hormonales y hasta las dependencias toxicológicas que eventualmente puedan tener las personas.
Estar atentos a los síntomas y a las posibles causas que generan la depresión para saber afrontarla y manejarla es una responsabilidad que inicia en la familia, como primera comunidad educadora pero que debe respaldarse con la ayuda de los educadores, los médicos, la seguridad social y el resto de instituciones e instancias presentes en todos los círculos de nuestra cultura y sociedad, incluidos por supuesto los grandes medios de comunicación social.
