Microacciones por la ciudad

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Indira Kempis

Construir una ciudad ha sido la frase favorita para la metáfora que implica ese imaginario en donde nos imaginamos a ciudadanos como ingenieros o arquitectos que con herramientas en mano, casco, guantes, lentes protectores, en posición de “estamos listos para el trabajo”. Sin embargo, lamentablemente, la construcción de una ciudad rebasa al lenguaje o a la imaginación.

¿Qué implica la construcción de una ciudad? Más allá de la infraestructura que, como hemos visto en temas abordados en esta sección, es factor determinante para la creación de comportamientos sociales o el reforzamiento de los hábitos, la ciudad necesita ciudadanía, es decir, personas que asuman su papel de actores transformadores de esa infraestructura.

Desde la teoría, las aportaciones de Quim Brugué, Nuria Cunill, Guillermo O’Donell, entre otros autores, nos muestran la importancia de generar desde los gobiernos y la sociedad civil mecanismos de participación ciudadana en donde los habitantes puedan involucrase activamente en los problemas públicos de las ciudades.

Para un país como el nuestro, después de un sinfín de cambios políticos y económicos de los últimos años, esto representa un gran reto, ¿cómo hacer que la gente tenga esa actitud y acciones para cambiar? Parece demasiado grande si se presenta en esas dimensiones. Prácticamente, imposible.

No obstante, como si se tratara de subir una escalera, hay que comenzar por los primeros peldaños. En esa base se encuentran las microacciones, que no son más que aquellas pequeñas cosas que en la cotidianidad facilitan la vida social con cambios que parecen ligeros, pero que en realidad son profundos porque implican transformaciones inmediatas en los lugares que habitamos, laboramos, nos recreamos, comemos, entre otras actividades.

Las microacciones para construir esa ciudad son sencillas, es como establecer el mínimo acuerdo de todo lo que queremos ver a largo plazo y más entidades de la ciudad. Saludar a los vecinos, separar la basura, recoger las heces de las mascotas, usar los espacios públicos inmediatos, reportar las fugas de agua o las lámparas con focos rotos, involucrarse en las asociaciones de vecinos, de padres de familia o similares. Definitivamente, la ciudad no puede cambiar sólo con infraestructura de grandes magnitudes, necesita cada vez más de una ciudadanía atenta, participativa, propositiva, paciente y entusiasta. No todo necesita ser tan grande al punto de que se quede en lo inalcanzable, puede ser tan real como el ejemplo barcelonés o bogotano, basta con que la ciudad cuente con esa ciudadanía.

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