Tecnología y Estado

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José Leal

La tecnología no es cosa nueva. Prendida como el abrojo, acompaña al ser humano ésta asombrosa capacidad para transformar los elementos y su entorno, consecuencia de poderosas aptitudes para contemplar, clasificar, relacionar y -sobre todo- imaginar. De tal suerte, y en un plazo increíblemente corto, la humanidad ha logrado  (dicho sin ningún sarcasmo) prodigios tecnológicos asombrosos a lo largo de los siglos. La línea genealógica que conecta la cuchilla de pedernal -tallada por el homo hábilis hace millón y medio de años- con la tableta electrónica desde la que se transmite éste artículo puede parecer demasiado sinuosa o prolongada, pero en términos evolutivos resulta francamente inmediata. Es novedosa en cambio la ‘democratización’ -por no encontrar mejor término- en la forma como la tecnología y el Estado se relacionan en nuestros tiempos.

La vida urbana trajo consigo un conflicto casi permanente entre ciudades-estado y naciones entorno de recursos naturales siempre limitados, por ello la necesidad de los monarcas de mantener una carrera constante de desarrollo tecnológico para fines militares. De tal suerte, se observa a lo largo de la historia un matrimonio entre los estados y los grandes inventos de cada época. En esa relación ha sido frecuente que monarcas u oligarquías ejerzan gran influencia sobre el quehacer de inventores y científicos; así el desarrollo tecnológico de cada nación resultó favorecido o sofocado según los intereses y visión de cada estado.

La Modernidad favoreció el liberalismo cultural y científico  -en Occidente al menos- sin embargo, y a pesar de los avances que ello trajo, la amenaza nuclear que dominó  la segunda mitad del siglo XX fue pretexto de una carrera armamentista sin precedentes en la historia, y consolidó la alianza capital-estados que dominó la escena del mundo bipolar. Ésta simbiosis prevalece casi intacta hasta bien entrada la guerra fría, pero a partir de la revolución cultural de los años sesenta el desarrollo tecnológico de orientación especulativa adquirió una vida nueva y vertiginosa.

La privatización del conocimiento a través de patentes sobre todo lo concebible (especies biológicas, cromosomas, etc.) y el integrismo económico global han creado dinámicas tan poderosas como la misma carrera armamentista, que junto con ésta sirven de motor a una nueva vertiente de investigación privada orientada a esa otra carrera, tan febril y destructiva como la militar: la del consumismo. Hoy el Estado ya no determina la suerte o dirección de la tecnología e incluso, tal vez, esté empezando a suceder al contrario. La nueva economía red, cuyo centro cabal está en los mercados financieros internacionales, se ha convertido en impulso vital del desarrollo tecnológico. El poder para auspiciar o sofocar la tecnología ya no es opción de los estados solamente, y éstos más bien parecen ir a la saga de los mercados en momentos de transformación social determinantes.

En el nuevo juego de poderes los capitales llevan la delantera, navegando, a veces con demasiada libertad, entre mercados laborales avasallados y estados cada vez más débiles e impopulares. Sin embargo la sociedad civil muestra claros signos de vida y, por su parte, se reorganiza repentinamente aprovechando las plataformas tecnológicas que la misma economía red ha creado: Facebook, Twitter y otros medios similares sirven como catalizadores de una ciudadanía que resurge para defender su parte en el pacto social: «indignez-vouz» (indignaos), es el clamor que recorre las calles y chats de Europa, y hace temblar al stablishment mundial, al tiempo que el hackerismo se convierte en una forma de tecnología por si mismo, una ‘antitecnología’ capaz de allanar los bastiones informáticos de cualquiera: Google, CitiBank, el FMI, la CIA. Asistimos a una reestructuración social de escala y alcance nunca antes vistos, en que la tecnología deja de estar sometida al Estado y se convierte en elemento de su propia transformación.

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