Pablo Neruda
Cuando arreciaron los dolores
en la tierra, y los espinares desolados
fueron la herencia de los campesinos,
y como antaño, las rapaces
barbas ceremoniales, y los látigos,
entonces, flor y fuego galopado…
se encabritó en el alba transitoria
la tierra sacudida de cuchillos,
el peón de sus amargas madrigueras
cayó como un elote desgranado
sobre la soledad vertiginosa.
Zapata entonces fue tierra y aurora.
En todo el horizonte aparecía
la multitud de su semilla armada.
En un ataque de aguas y fronteras
el férreo manantial de Coahuila,
las estelares piedras de Sonora:
todo vino a su paso adelantado,
a su agraria tormenta de herraduras.
Reparte el pan, la tierra, te acompaño.
Yo renuncio a mis párpados celestes.
Yo, Zapata, me voy con el rocía
de las caballerías matutinas,
en un disparo desde los nopales
hasta las casas de pared rosada.
La luna duerme sobre las monturas.
La muerte amontonada y repartida
yace con los soldados de Zapata.
El sueño esconde bajo los baluartes
de la pesada noche su destino,
su incubadora sábana sombría.
La hoguera agrupa el aire desvelado;
grasa, sudor y pólvora nocturna.
Pedimos patria para el humillado,
tu cuchillo divide el patrimonio
y tiros y corceles amedrentan
los castigos, la barba del verdugo.
La tierra se reparte con un rifle.
No esperes, campesino polvoriento,
después de tu sudor la luz completa
y el cielo parcelado en tus rodillas.
Levántate y galopa con Zapata.
México, huraña agricultura, amada
tierra entre los oscuros repartida;
de las espadas del maíz, salieron
al sol tus centuriones sudorosos.
De la nave del sur vengo a cantarte.
Déjame galopar en tu destino
y llenarme de pólvora y arados.

