Ismael Vidales
Hasta fines del siglo XV se creía que la Tierra tenía forma plana, a pesar de que Galileo Galilei ya había dejado asentado que era redonda y se movía sobre su eje en rotación y se trasladaba en otro movimiento alrededor del Sol.
Los navegantes temían alejarse de las costas por temor a ser devorados por monstruos o caer al mar infinito donde la Tierra terminaba. Lo europeos se abastecían de especias principalmente de la India y de otra tierras asiáticas llegando a estos lugares mediante largos rodeos, pues desconocían aún el canal de Suez.
Entonces surgió el navegante genovés Cristóbal Colón, quien tenía confianza en las idea de Galileo y de Nicolás Copérnico, además de haber leído ya los libros de navegación de Marco Polo, por lo cual se encontraba confiado en poder realizar un viaje distinto que encontraría la ruta corta para llegar a la India, navegando hacia el occidente en vez de hacia el oriente.
Colón encontró muchas dificultades en su país, en Francia y en Portugal. En dos ocasiones presentó su proyecto a España y fue en la segunda, con la intervención de un fraile del convento de la Rábida (Puerto de Palos), cuando consiguió que la reina Isabel (la Católica) financiara su empresa mediante la venta de sus joyas y parte del tesoro real. Colón se asoció con los navegantes Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón y juntos equiparon tres carabelas: la Pina, La Niña y la Santa María y salieron del Puerto de Palos hacia el “Mar de las Tinieblas” (Océano Atlántico).
Navegaron varios meses hasta que el marinero Rodrigo de Triana avistó tierra desde su puesto de vigía, el 12 de octubre de 1492 en que llegaron a la isla de Cuanhaní, a la que pusieron por nombre San Salvador.
En ese momento se había descubierto un nuevo mundo: ¡América!
