Frente a la adversidad, ingenio, esfuerzo y carácter
Capital humano, el único que siempre rinde dividendos
Patricia Liliana Cerda Pérez
Ingenio, esfuerzo y carácter templado son las tres palabras que cotidianamente asociamos a nuestra entidad y a su capital, Monterrey.
Aquí, con temperaturas extremas de hasta 45 grados a la sombra, con poca agua y menos lluvias, el semidesierto ha enseñado por generaciones enteras que la creatividad no tiene límites y, pese a la adversidad geográfica, se han formado hombres y mujeres de ciencia, industrias, ofertas educativas, y un pueblo que hace del trabajo su credo, su himno y hasta su dogma.
PROVINCIANA CANDOROSA
Escribir de la ciudad donde hemos nacido no es cosa fácil. Casi siempre perdemos la objetividad, porque el amor al terruño nos ciega y nos absorbe. Grande y cosmopolita, como se ha convertido en las últimas décadas, preferimos pensar en ella como en una candorosa provinciana que siempre nos espera; optamos por verla como el cerro de La Silla, majestuosa e imponente, y hacemos a un lado las grandes transformaciones y urgencias que el Tercer Milenio nos plantea.
En esta tierra, donde la industria local juega en las ligas internacionales; don-de la oferta educativa es amplísima y los avances jurídico-sociales están a la orden del día, existen múltiples desafíos, y de ellos nos habla nuestra realidad cotidiana.
Es cierto que industrias símbolo como Fundidora fueron cerradas; empero, también lo es que nuestra gente sabe que el mejor capital, aquél que siempre rinde dividendos es el humano. Ese capital está presente en el industrial que se arriesga e invierte; en el obrero que a las cinco de la mañana toma su autobús -almuerzo en mano- para irse a” su industria” o a “chambear”; en el ama de casa que, pese a la crisis, hace milagros que debieran ser reconocidos por el Vaticano para hacer rendir su gasto.
CAPITAL HUMANO
Este capital humano creó más de una docena de universidades, innumerables instituciones de servicios y comercios. Es el mismo capital que no ignora la existencia del desempleo y de la inseguridad pública; de la escasez de recursos para investigar más y depender menos; de un clima que en el verano nos sofoca y altera, y durante el invierno nos hiela, pero que aun así todos los años lo toleramos “porque es nuestro”.
En un mundo tan cambiante, el dólar y el patrón oro definen la riqueza económica de las naciones. Sabemos que hoy, el acceso a esta abundancia material depende en gran medida de la información que tengamos a la mano para la toma de decisiones acertadas; del conocimiento y su propagación hacia todos, como fórmula para abatir el subdesarrollo y la pobreza; de la tecnología que seamos capaces de crear y de vender, aun cuando los mercados internacionales sean manejados por unos cuantos.
LA RAZÓN DE LA INTELIGENCIA
Es una realidad absoluta: el mercado, está abierto y lleno de riesgos, pero también de posibilidades. Así lo pensaron los ancestros de los actuales capitanes de la industria local; así también lo entendemos y comprendemos todos.
Aquí, en la tierra de Alfonso Reyes y de soles resplandecientes, hemos asumido que la inteligencia tiene su razón, y que la razón de la inteligencia es la que por siglos -desde Diego de Montemayor a la fecha-, ha guiado el espíritu de esta gran ciudad y de su pueblo.
